jueves 14 de mayo de 2009

La desaparicion de la homosexualidad - Perlongher

Archipiélagos de lentejuelas, tocados de plumas iridiscentes (en cada vertebración de la cadera trepidante, las galas de cien flamencos que flotan en el aire tornado un polvo rosa), constelaciones de purpurinas haciendo del rostro una máscara más, toda una mampostería kitsch, de una impostada delicadeza, de una estridencia artificiosa, se derrumba bajo el impacto (digámoslo) de la muerte. La homosexualidad (al menos la homosexualidad masculina, que de ella se trata) desaparece del escenario que tan rebuscadamente había montado, hace mutis por el foro, se borra como la esfumación de un pincelito en torno de la pestaña acalambrada, acaramelada. Toda esa melosidad relajante de pañuelitos y papel picado irrumpiendo en la paz conyugal del dormitorio, por ellas (o por ellos: ah, las elláceas), a gacelas subidas y por toros asidas y rasgadas, convertido en un campo de batallas de almohadones rellenos de copos de algodón hecho de azúcares pero en el fondo, siempre, como un dejo de hiel, toda esa parafernalia de simulaciones escénicas jugadas normalmente en torno de los chistes de la identidad sexual, derrumbase –diríamos, por inercia del sentido, con estrépito, pero en verdad casi suavemente–, en un desfallecimiento general. La decadencia sería romántica si no fuese tan transparente, tan obscena en su traslucidez de polietileno alcanforado Desvanécese, pero sin descender a los abismos de donde supónese emergida gracias al escándalo de la liberación, sino yéndose, deshilachándose en un declive casi horizontal continuando cierta existencia menor –de una manera, claro está, atenuada, levísima como la difuminación de un esfumino– en una suerte de callado cuarto al lado –el cuarto de Virginia Wolf, tal vez, pero en silencio, habiendo renunciado a los célebres y conmovedores parties.
Es preciso aclarar: lo que desaparece no es tanto la práctica de las uniones de los cuerpos del mismo sexo genital, en este caso cuerpos masculinos (y de la parodia, renegación y franeleo de ésta dada –en el sentido de don– masculinidad, trata en abundancia su imaginario), sino la fiesta del apogeo, el interminable festejo de la emergencia a la luz del día, en lo que fue considerado como el mayor acontecimiento del siglo XX: la salida de la homosexualidad a la luz resplandeciente de la escena pública, los clamores esplendorosos del –dirían en la época de Wilde– amor que no se atreve a decir su nombre. No solamente se ha atrevido a decirlo, sino que lo ha ululado en la vocinglería del exceso. Acaba, podría decirse, la fiesta de la orgía homosexual, y con ella se termina (¿acaso no era su expresión más chocante y radical?) la revolución sexual que sacudió a Occidente en el curso de este tan vapuleado siglo. Se cumple, de alguna manera, el programa de Foucault, enunciado –para sorpresa de la mayoría y duradera estupefacción de los militantes de la causa sexual– en el primer volumen de la Historia de la sexualidad. El dispositivo de sexualidad, vaciado, saturado, revertido, vive –aun cuando sea posible vaticinarle el vericueto de alguna treta, alguna sobrevivencia en la adscripción forzada y subsunción a otros dispositivos más actuales y más potentes–, acaso en la cúspide de su saturación, un manso declive.
Un declive tan manso que si uno no se fija bien no se da cuenta es el de la homosexualidad contemporánea. Porque ella abandona la escena haciendo una escena patética y desgarradora: la de su muerte. Debe haber algún plano –no el de una causalidad– en que esa contigüidad entre la exacerbación desmelenada de los impulsos sexuales ("verdaderos laboratorios de experimentación sexual", diría Foucault) y la llegada de la muerte en masa del Sida, algún espacio imaginario, o con certeza literario, donde esa contigüidad se cargue de sentido, sin tener obligatoriamente que caer en fáciles exorcismos de santón. Sea como fuere, hay una coincidencia. Cabrá a los historiadores determinar la fuerza y la calidad de la irrupción morbosa en el devenir histórico, comprenderlas. A los que ahora la sentimos no se nos puede escapar la siniestra coincidencia entre un máximo (un esplendor) de actividad sexual promiscua particularmente homosexual y la emergencia de una enfermedad que usa de los contactos entre los cuerpos (y ha usado, en Occidente, sobre todo los contactos homosexuales) para expandirse en forma aterradora, ocupando un lugar crucial en la constelación de coordenadas de nuestro tiempo, ep parte por darse allí la atractiva (por misteriosa y ambivalente) conclusión de sexo y muerte.
Se puede pensar que nunca la orgía llegó a tal exceso como bajo la égida de la liberación sexual (y más marcadamente homosexual) de nuestro tiempo. El libro de Foucault puede anticipar esa inflexión –que ahora parece verificarse ya no en el plano de las doctrinas, sino en las prácticas corporales–, porque él nos muestra cómo la sexualidad va llegando a un grado insoportable de saturación, con la extensión del dispositivo de sexualidad a los más íntimos poros del cuerpo social.
El dispositivo social desarrollado en torno de la irrupción del Sida lleva paradójicamente a su máxima potencia la promoción planificada de la sexualidad –tratada ésta como un saber por un poder– y marca de paso el punto de inflexión y decadencia. Es curioso constatar cómo estamos a tal punto imbuidos de los modernos valores de la revolución sexual que nuestro primer impulso es denunciar coléricamente su reflujo. No vemos la historicidad de esa revolución, no conseguimos relativizar la homosexualidad tal como ella es dada (o era dada hasta ahora), enseñada y transmitida por médicos, psicólogos, padres, medios de comunicación, amantes y amantes de los amantes –siendo esa ilusión de ahistoricidad intemporal incentivada por buena parte del movimiento homosexual, que defiende la tesis de una esencia inmutable del ser homosexual. Nuestra homosexualidad es un sexpol, o al menos se presenta y maneja, a pesar de la homofobia de Reich, como uno de sus resultados. Un elemento político, un elemento sexual. Parece El Fiord de Osvaldo Lamborghini (pero un Lamborghini sin éxtasis). A decir bien, ¿sin éxtasis?
Sabemos gracias a Bataille que la sexualidad (el "erotismo de los cuerpos") es una de las formas de alcanzar el éxtasis. En verdad, Bataille distingue tres modos de disolver la mónada individual y recuperar cierta indistinción originaria de la fusión: la orgía, el amor, lo sagrado. En la orgía se llegaba a la disolución de los cuerpos, pero éstos se restauraban rápidamente e instauraban el colmo del egoísmo, el vacío que producen en su gimnasia perversa resulta ocupado por el personalismo obsceno del puro cuerpo (cuerpo sin expresión, o, mejor, cuerpo que es su propia expresión, o al menos lo intenta...). En el sentimentalismo del amor, en cambio, la salida de si es más duradera, el otro permanece tejiendo una capita que resiste al tiempo en el embargo de la sublimación erótica. Pero sólo en la disolución del cuerpo en lo cósmico (o sea, en lo sagrado) es que se da el éxtasis total, la salida de sí definitiva.
Estamos demasiado aprisionados por la idea de sexualidad para poder entender esto. La sexualidad vale por su potencia intensiva, por su capacidad de producir estremecimientos y vibraciones (¿sería, en esta escala, el éxtasis una suerte de grado cero?) que se sienten en el plano de las intensidades. Pero no quiere decir que sea la única forma, menos aún la forma obligatoria, como nos quieren hacer creer Reich y toda la caterva de ninfómanos que lo siguen, aún discutiéndole algo, pero imbuidos del espíritu de la marcha ascendente del gozo sexual. Nos suena ya una antigualla. Pero pensemos cuánto se ha luchado por llegar, por conseguir, por alcanzar, ese paraíso de la prometida sexualidad. Con el Sida se va dando, sobre todo en el terreno homosexual (pienso más en el brasileño, muy avanzado, ello es, donde se llegó a un grado de desterritorialización considerable en las costumbres; en otros países menos osados ese proceso de reflujo tal vez no se pueda ver con tanta claridad; es que es ta desaparición de la homosexualidad está siendo discreta como una anunciación de suburbio, a muchos lugares la noticia tarda un poco en llegar, aún no se enteraron...), otra vuelta de tuerca del propio dispositivo de la sexualidad, no en el sentido de la castidad, sino en el sentido de recomendar, a través del progresismo médico, la práctica de una sexualidad limpia, sin riesgos, desinfectada y transparente. Con ello no quiero postular un viva la pepa sexual, dios nos libre, tras todo lo que hemos pasado (sufrido) en pos de la premisa de liberarnos, sino advertir (constatar, conferir) cómo se va dando un proceso de medicalización de la vida social. Esto no debe querer decir (confieso que no es fácil) estar contra los médicos ya que la medicina evidentemente desempeña, en el combate contra la amenaza morbosa, un papel central.
El pánico del Sida radicaliza un reflujo de la revolución sexual que ya se venía insinuando en tendencias como la minoritariamente desarrollada en los Estados Unidos que postulaban el retorno a la castidad. En verdad la saturación ya venía de antes. La saturación parece inherente al triunfo del movimiento homosexual en Occidente, al triunfo de la homosexualidad, que viene de un proceso bastante ajetreado y conocido que no hace falta repetir aquí. Recordemos que la homosexualidad es una criatura médica, y todo lo que se ha escrito sobre el pasaje del sodomita al perverso, del libertino al homosexual. Baste ver que la moderna homosexualidad es una figura relativamente reciente, que, puede decirse, y al enunciarlo se lo anuncia, ha vivido en un plano de cien años su gloria y su fin.
¿Qué pasa con la homosexual idad, si es que ella no vuelve a las catacu mbas de las que era tan necesario sacarla, para que resplandeciese en la provocación de su libertinaje de labios refulgentemente rojos? Ella simplemente se va diluyendo en la vida social, sin llamar más la atención de nadie, o casi nadie. Queda como una intriga más, como una trama relacional entre los posibles, que no despierta ya encono, pero tampoco admiración. Un sentimiento nada en especial, como algo que puede pasarle a cualquiera. Al tornarla completamente visible, la ofensiva de normalización (por más que estemos tratando de cambiar la terminología, más después de que Deleuze lanzó la noción de sociedades de control, como sustituyente de las sociedades de disciplina de que habla Foucault, no es fácil llamar de una manera muy diferente a tan profunda reorganización, o intento de reorganización de las prácticas sexuales, indicada sensiblemente por la introducción obligatoria del látex en la intimidad de las pasiones) ha conseguido retirar de la homosexualidad todo misterio, banalizarla por completo. No dan ganas, es cierto, de festejarlo, al fin y al cabo fue divertido, pero tampoco es cuestión de lamentarlo. Al final, la homosexualidad (su práctica) no ha sido una cosa tan maravillosa cuanto sus interesados apologistas proclamaran. No hay, en verdad, una homosexualidad, sino, como dirían Deleuze y Guattari, mil sexos, o por lo menos, hasta hace bien poco, dos grandes figuras de la homosexualidad masculina en Occidente. Una, de las locas genetianas, siempre coqueteando con el masoquismo y la pasión de abolición; otra, la de los gays a la moda norteamericana, de erguidos bigotitos hirsutos, desplomándose en su condición de paradigma individualista en el más abyecto tedio (un reemplazo del matrimonio normal que consigue la proeza de ser más aburrido que éste). Me arriesgaría a postular que la reacción de gran parte de los homosexuales frente a las campañas de prevención está siendo la de dejar de tener relaciones sexuales en general, más que la de proceder a una sustitución radical de las antiguas prácticas por otras nuevas "seguras", o sea con forro.
La homosexualidad se vacía de adentro hacia afuera, como un forro. No es que ella haya sido derrotada por la represión que con tanta violencia se le vino encima (sobre todo entre las décadas del 30 y del 50, y, en el caso de Cuba, todavía ahora se la persigue: una forma torturante de que conserve actualidad y alguna frescura). No: el movimiento homosexual triunfó ampliamente, y está muy bien que así haya sido, en el reconocimiento (no exento de humores intempestivos o tortuosos) del derecho a la diferencia sexual, gran bandera de la libidinosa lidia de nuestro tiempo. Reconozcámoslo y pasemos a otra cosa. Ya el movimiento de las locas (no sólo político, sino también de ocupación de territorios: un verdadero Movimiento al Centro) empezó a vaciarse cuando las locas se fueron volviendo menos locas y tiesos los bozos, a integrarse: la vasta maroma que fundía a los amantes de lo idéntico con las heteróclitas, delirantes (y peligrosas) marginalidades, comenzó a rajarse a medida que los manflorones ganaron terreno en la escena social. El episodio del Sid a es el golpe de gracia, porque cambia completamente las líneas de alianza, las divisorias de aguas, las fronteras. Hay sí discriminación y exclusión con respecto a los enfermos del Sida, pero ellos –recuérdese– no son solamente maricones. Ese estigma tiene más que ver, parece, con el escándalo de la muerte y su cercanía en una sociedad altamente medicalizada. Su promoción aterroriza y sirve para terminar de limpiar de una vez por todas los antiguos poros tumefactos y purulentos que la perversión sexual ocupaba, en los cuales reía con la risa de los Divine (la loca de "Nuestra Señora de las Flores", la inmensa travesti norteamericana). Asimismo, con la llegada de la visitante inesperada (así se llama la última pieza de Copi), los antiguos vínculos de socialidad, ya resquebrajados por la quiebra de los lazos marginales de que hablábamos, terminan de hacer agua y de venirse abajo. Es que con el Sida cambian las coordenadas de la solidaridad, que dejan de ser internas a los entendidos, como sucedía cuando la persecución, para pasarle por encima al sector homosexual y desbo rd arlo por tod as partes . Así, se nota que son de un modo general las mujeres (las mujeres maduras) las que se solidarizan con los sidosos, mientras que sus colegas de salón huyen aterrados.
Toda esa promoción pública de la homosexualidad, que ahora, por abundante y pesada, toca fondo, no ha sido en vano. Ha dispersado las concentraciones paranoicas en torno de la identidad sexual, trayendo la remanida discusión sobre la identidad a los salones de ver TV, hasta que todos se dieran cuenta de su idiotez de base; al hacerlo, ha acabado favoreciendo cierto modelo de androginia que no pasa necesariamente por la práctica sexual. Dicho de otra manera: las locas fueron las primeras en usar arito; ahora se puede usar arito sin dejar de ser macho. Aunque ser macho ya no signifique mucho. De últimas, la desaparición de la homosexualidad no detiene el devenir mujer que el feminismo (otro fósil en extinción) inaugurara, lo consolida y asienta, más que radicalizarlo, y lima romando sus aristas puntiagudas.
Ahora, la saturación (por supuración) de esta trasegada vía de escape intensivo que significó, a pesar de todo, la homosexualidad, con su reguero de víctimas y sus jueguitos de desafiar a la muerte (pensemos en la pieza de Copi, víctima de Sida, Les Escaliers de lçotre Dame: una cohorte de travestis, chulos, malandras y policías juegan a desafiar a la muerte en las escalinatas de la catedral, que hace de fondo lejano; desafio que la llegada de la muerte masiva ha vuelto innecesario, entre macabro y ridículo), favorece que se busquen otras formas de reverberación intensiva, entre las que se debe considerar la actual promoción expansiva de la mística y las místicas, como manera de vivir un éxtasis ascendente, en un momento en que el éxtasis de la sexualidad se vuelve, con el Sida, redondamente descendente.
Con la desaparición de la homosexualidad masculina (la femenina, bien valga aclararlo, continúa en cierto modo su crecimiento y extensión, pero en un sentido al parecer más de corporación de mujeres que de desbarajuste dionisíaco), la sexualidad en general pasa a tornarse cada vez menos interesante. Un siglo de joda ha terminado por hartarnos. No es casual que la droga (aunque sean sus peores usos) ocupe crecientemente el centro de las atenciones mundiales. Mal que mal, la droga (o por lo menos ciertas drogas, los llamados alucinógenos) acerca al éxtasis y llama, mal que les pese a los cirqueros históricos, a algún tipo de ritualización que la explosión de los cuerpos en libertinaje desvergonzado nunca se propuso (aunque ya una heroína sadiana avisaba: "Hasta la perversión exige cierto orden").
Abandonamos el cuerpo personal. Se trata ahora de salir de sí.

publicado en El Porterño nº 119, en noviembre de 1991.
(fotos: R. Mapplethorpe)

Matan a un marica - Perlongher


Lo primero que se ven son cuerpos: cuerpos charolados por el revoleo de una mirada que los unta; cuerpos como películas de tul donde se inscribe la corrida temblorosa de un guiño; la hiedra viboresca de cuerpos enredados (drapeado en erección) al poste de una esquina; cuerpos fijos los unos, en su dureza marmoleante donde se tensa, preámbulo de jaba, jadeo en jade, la cuerda certera de una flecha; cuerpos erráticos los otros, festoneando el charol aceitoso con rieles en almíbar caricias arañescas que se yerguen al borde de la vereda pisoteada.
Cuerpos que del acecho del deseo pasan, después, al rigor mortis. En enjambre de sábanas deshechas las ruinas truculentas de la fiesta, de lo festivo en devenir funesto: cogotes donde las huellas de los dedos se han demasiado fuertemente impreso, torsos descoyuntados a bastonazos, lamparones azules en la cuenca del ojo, labios partidos a que una toalla hace de glotis, agujeros de balas, barrosas marcas de botas en las nalgas.
Transformación, entonces, de un estado de cuerpos. ¿Cómo se pasa de una orilla a la otra? ¿Cómo puede el deseo desafiar (y acaso provocar) la muerte? ¿Cómo, en la turbulencia de la deriva por la noche, aparece la trompada adonde se la quiso –sin restarle potencia ni espamento– tomar caricia? ¿Cómo el taladro del goce –al que se lo prevé desgarrando en la fricción los nidos (nudosos) del banlon– realiza, en un fatal exceso, su mitología perforante? Volutas y voluptas: una multiplicidad de perspectivas reclaman ser movilizadas para asomarse a la oscura circunstancia en que el encuentro entre la loca y el macho deviene fatal.
"Homosexual asesinado en Quilmes". De vez en cuando, noticias de la muerte violenta de las locas ganan, con macabro regodeo, pringan de lama o bleque los titulares sensacionalistas, compitiendo en fervor, en columna cercana, con las cifras de las bajas del Sida. Ambas muertes se tiñen, al fin, de una tonalidad común. Lo que las impregna parece ser cierto eco de sacrificio, de ritual expiratorio. La matanza de un puto se beneficiaría, secreto regocijo, de una ironía refranera: "el que roba a un ladrón..."
Pocos meses atrás, una ola de asesinatos de homosexuales recorrió el Brasil. Entre noviembre del 87 y febrero de este año, una veintena de víctimas, un verano caliente. Quiso la fatalidad que los muertos se reclutaran entre personalidades conocidas ("Zas, la loca era famosa", prorrumpió un comisario ante el hallazgo de un cadáver en bombacha): un director de teatro, algunos periodistas, modistas, peluqueros... No bastaba, al parecer, el Sida con su campaña altisonante –una verdadera promoción de hades. Era necesario recurrir a métodos más contundentes. Así, ametrallamiento de travestis en las callejas turbias de San Pablo, achacado fabulosamente por portavoces policiales a un paciente de Sida deseoso de venganza –pero de inequívocos rasgos paramilitares. Del mismo modo que la muerte de los homosexuales se liga, en el actual contexto, casi ineludiblemente al Sida, la represión policial se asocia, en la producción de esos cadáveres exquisitos, a lo que los ideólogos liberacionistas del 60 llamaban homofobia: una fornida fobia a la homosexualidad dispersa en el cuerpo social. Se mezclan las cartas, sale culo, sobreviene la descarga.
Lejos de ser algo exclusivo de las veredas tropicales, la sangre de las locas suele salpicar también los adoquines sureños. Se recordará la serie de ejecuciones desatadas cuando los estertores de la última dictadura, a la luz odiosa del perdido fiord. O, asimismo, el ametrallamiento de los travestis que exhibían, en la Panamericana la audacia de sus blonduras. En ambos casos, se impone la pregunta: ¿se trata, en verdad, de conspiraciones de inspiración fascista (estilo Escuadrón de la Muerte o Triple A)? ¿O, más bien, de cierto clima de terror contagioso que tensa hacia la muerte los ya tensos enlaces del submundo ("cuando uno mata, matan todos", condenó un taxiboy durante la ola de crímenes porteños)?
En un librito recientemente publicado en San Pablo, El pecado de Adán, dos jóvenes periodistas, Vinciguerra y Maia, se aventuran con argucia por los entretelones del ghetto, investigando las relaciones entre los asesinos y sus víctimas. Si bien algunos de los homicidas eran policías o soldados –y varios de los crímenes citaban, en su metodología (manos atadas a la espalda, bocas entoalladas, emasculaciones o inscripciones en la carne, a la manera de la máquina kafkiana), el estilo de los Escuadrones de la Muerte (comandos parapoliciales de exterminio de lúmpenes y de intervención en las guerras del hampa)–, ninguna conspiración, ningún plan organizado, sino a lo sumo una ligera cita, la referencia al sacrificio justiciero. ¿De qué justicia, en este caso, trátase?
Primero, ¿de qué se habla cuando se habla de violencia? Más allá de la indignación de los robos –que no llega a compensar, con todo, el no tan secreto regocijo de los más–, no resulta fructífero pensar la violencia en tanto tal, como hecho en sí. La violencia –dice Deleuze hablando de Foucault– "expresa perfectamente el efecto de una fuerza sobre algo, objeto o ser. Pero no expresa la relación de poder, es decir, la relación de la fuerza con la fuerza". ¿De qué fuerzas, en el caso de la violencia antihomosexual, se trata? Dicho de otra manera: ¿cuáles son las fuerzas en choque, cuál el campo de fuerzas que afecta su entrechoque?
Para decirlo rápido, estas fuerzas convergen en el ano; todo un problema con la analidad. La privatización del ano, se diría siguiendo al Antiedipo, es un paso esencial para instaurar el poder de la cabeza (logo-ego-céntrico) sobre el cuerpo: "sólo el espíritu es capaz de cagar". Con el bloqueo y la permanente obsesión de limpieza (toqueteo algodonoso) del esfínter, la flatulencia orgánica sublímase, ya etérea. Si una sociedad masculina es –como quería el Freud de Psicologia de las Masas– libidinalmente homosexual, la contención del flujo (limo azul) que amenaza estallar las máscaras sociales dependerá, en buena parte, del vigor de las cachas. Irse a la mierda o irse en mierda, parece ser el máximo peligro, el bochorno sin vuelta (el no llegar a tiempo a la chata desencadena, en El Fiord de Osvaldo Lamborghini, la violencia del Loco Autoritario; Bataille, por su parte, veía en la incontinencia de las tripas el retorno orgánico de la animalidad). Controlar el esfínter marca, entonces, algo así como un "punto de subjetivación": centralidad del ano en la constitución del sujetado continente.
Cierta organización del organismo, jerárquica e histórica, destina el ano a la exclusiva función de la excreción –y no al goce. La obsesión occidental por los usos del culo tiene olor a quemado; recuérdese el sacrificio (¿previo empalamiento?) de los sodomitas descubiertos por el ojo de Dios. Si el progresivo desplazamiento de la Teología a la Medicina como ciencia y verdad de los cuerpos ha de modificar el tratamiento, pasando por ejemplo del fuego a la inyección, no por desinfectante la histeria de sutura amenguará el picor de su insistencia, envuelta en fino, transparente látex. Así, si los argumentos sesentaochescos de Hocquenghem en Le Desir Homosexual que entendían la incansable persecución a los homosexuales a través de un trasluz esfinterial ("Los homosexuales son los únicos que hacen un uso libidinal constante del ano"), parecían, a juzgar por la inflación orgiástica del gay liberation y sus "verdaderos laboratorios de experimentación sexual" (Foucault), haber perdido, a costa del relajo, el rigor de su vigencia, el fantasma del Sida habrá, en los días de hoy, de actualizar el miedo ancestral a la mixtura mucosa, al contacto del semen con la mierda, de la perla gomosa de la vida con la abyección fecal. De reactualizar, en una palabra, el problema del culo.
"Para un gorila / no hay nada mejor / que romperle el culo / con todo mi amor": "romper el culo". O, en su defecto, "dejarse tocar el culo": la grosería chongueril –andando siempre "con el culo en la boca": si cuando digo la palabra carro, un carro pasa por mi boca, al decir culo... –insiste en posar en las asentaderas el punto de toque del escándalo (...yo no diría del deseo...) Insistencia en el chiste pesado, cuya concreción, en la "llanura del chiste" lamborghiana, desata la violencia (irresistible contar el argumento de "La Causa Justa": dos compañeros de oficina se la pasan todo el día diciéndose : "Si fuera puto, me la meterías hasta el fondo"; "si fueras puto, te acabaría en la garganta", y otras lindezas por el estilo hasta que un japonés, que nada entiende sino literalmente, presentifica, recurriendo a la piña y al cuchillo, el subjuntivo).
La producción de intensidades, afirman Deleuze y Guattari en Mil Mesetas, desafía, mina, perturba, la organización del organismo, la distribución jerárquica de los órganos en el organigrama anatómico de la mirada médica. Si a alguien se le escapa un pedo, ¿en qué medida ese aroma huele a una fuga del deseo? Si el deseo se fuga , construyendo su propio plano de consistencia, es en el plano de los cuerpos, en el estado de cuerpos del socius, que habrán de verse molecularmente las vicisitudes de esa fuga.
Resumiendo, la persecusión a la homosexualidad escribe un tratado (de higiene, de buenas maneras, de manieras) sobre los cuerpos; sujetar el culo es, de alguna manera, sujetar el sujeto a la civilización, diría Bataille, a la "humanización". Retener, contener. Y si esta obsesión anal, liga o ligamen en el lingam, pareció ante el avance de la nueva "identidad" homosexual, disiparse, es porque esta última modalidad de subjetivación desplaza hacia una relación "persona a persona" (gay/gay) lo que es, en las pasiones marginales de la loca y el chongo, del sexo vagabundo en los baldíos, básicamente una relación "órgano a órgano": pene/culo, ano/boca, lengua/ verga, según una dinámica del encaje; esto entra aquí, esto se encaja allí... La homosexualidad, condensa Hocquenghem, es siempre anal. Puto de mierda.
En el orondo deambuleo de las maricas a la sombra de los erguidos pinos, mirando con el culo –ojo de Gabes el anillo de bronce–, escrutando la pica en Flandes glandulosos, se modula, en el paso tembloroso, en la pestaña que cautiva, hilo de baba, la culebra, el collar de una cuenta a pura pérdida. Perdición del perderse: en el salir, sin ton ni son, al centro, al centro de la noche, a la noche del centro; en el andar canyengue por los descampados de extramuros; en el agazaparse –astucia de la hidra o de la hiedra– en el lamé de orín de las "teteras"; en la felina furtividad abriendo transversales de deseo en la marcha anodina de la multitud facsimilizada; si toda esa deriva del deseo, esa errancia sexual, toma la forma de la caza, es que esconde, como cualquier jungla que se precie, sus peligros fatales. Es a ese peligro, a ese abismo de horror ("Paciencia, culo y terror nunca me faltaron", enuncia el Sebregondi Retrocede), a ese goce del éxtasis –salir: salir de sí– estremecido, para mayor reverberancia y refulgor, por la adyacencia de la sordidez, por la tensión extrema, presente de la muerte, que el deambuleo homosexual (¡curiosa seducción!) el yiro o giro, se dirige de plano –aunque diga que no, aunque recule: si retrocede, llega– y desafia, con orgullo de rabo, penacho y plumero.
Busquemos un ejemplo alejado del frenesí de neón del yiro furioso: El lugar sin Límites, de Donoso. En un polvoso burdel chileno, la loca (la Manuela) se deja seducir, aún a sabiendas de su peligrosidad, por un chongo camionero, para el cual, tras intentar rehuirle, se pone su mejor vestido rojo, cuyos volados le hacen, por ensuciar irresistiblemente con su mucílago el bozo del macho, de corona y sudario. El deseo desafia –por pura intensidad– la muerte; es derrotado.
Más acá de este extremo –constante como fijo– de la ejecución final, la tentación de abismo no deja de impulsar –sus revoleos, sus ondulaciones– la nómade itinerancia de las locas. ¿No habrá algo de "salir de sí" en ese "salir a vagar por ahí", a lo que venga? La transición –imposición especular de la ley– intercepta esta fuga peregrina, y la hace aparecer como negación de aquello de que huye, disuelve (o maquilla) la afirmación intensiva de la fuga haciéndola pasar por un mero reverso de la ley. Estamos cerca y lejos de Bataille: cerca, porque en él la ley esplende como instauradora de la transgresión; lejos, porque el "desorden organizado" que la ruptura inaugura no se termina de encajar, con sus vibraciones pasionales, su pérdida en el gasto de la joya en el limo, en algún supuesto reverso de la ley –con relación a la cual afirma la diferencia de un funcionamiento irreductible.
No por ser fugas las vicisitudes de los impulsos nómades tienen que ser románticas, sino más bien lo contrario: la fuga de la normalidad (ruptura en acto con la disciplina familiar, escolar, laboral, en el caso de lúmpenes y prostitutos; quiebra de los ordenamientos corporales y, en ocasiones, incluso personológicos, etc.) abre un campo minado de peligros. Veamos el caso de los taxiboys (michés en el Brasil), practicantes de la prostitución viril, que elevan el artificio de una postura hipermasculina como certificado de chonguez, siendo esa recusa a la "asunción homosexual" demandada, por otra parte, por los clientes pederastas, que buscan precisamente jóvenes que no sean homosexuales. Entre michés, taxiboys, hustlers de Norteamérica, chaperos de España, tapins de Francia y toda la gama de vividores, lúmpenes, desterrados, fugados o simplemente confundidos, pasajeros en tránsito por las delicias del infierno, suelen reclutarse los propios ejecutores de maricas. Es como si el empeño en mantener el peso de una representación tan poderosa –el centro del machismo descansando en el miembro de un fresco adolescente–, se grabase –a la manera más del tajo de Lamborghini que del tatuaje de Sarduy– con tanta profundidad en los cuerpos, que les ritmase el movimiento. Así, Genet opone –observa Sartre–la dura rigidez del cuerpo del chongo, a la fragorosa seda de la loca: "La misma turgencia que siente el macho como el endurecimiento agresivo de su músculo, la sentirá Genet como la abertura de una flor".
El maquillado virilismo que el chonguito despliega en un campeonato de astucias libidinosas –la inflexión de la curva de la nalga, la cuidada inflación de la entrepierna, la voz que sale de los huevos..., toda esa disposición de la superficie intensiva en tanto película sensible, estaría, por así decir, "antes", o más acá, de los procedimientos de sobrecodificación que, en su nombre, se internan y funcionan. Si ese rigor marmóreo, tenso, de los músculos del chulo, es proclive a favorecer –el suave desliz de una mano en lo alto del muslo hacia las hondonadas de la sagrada gruta, o un abrazo demasiado afectuoso, o el asomo de un cierto amor...– eclosiones microfascistas, ataques a sus clientes y proveedores en los que el afán de confiscación expropiatoria no alcanza a justificar las voluptuosidades de crueldad, también se puede pensar que el microfascismo está contenido en cada gesto, en cada detalle de la mampostería masculina "normal" –de cuyo simulacro los michés extraen, para impulsarla suelta por las orgías sucesivas del mundo de la noche, una calidad libidinal, habitualmente oculta en el figurín sedentario de los adultos heteros. Machismo-Fascismo, rezaba una vieja consigna del minúsculo Frente de Liberación Homosexual. Tal vez en el gesto militar del macho está ya indicado el fascismo de las cabezas. Y al matar a una loca se asesine a un devenir mujer del hombre.

Se publicó originalmente en la revista Fin de Siglo nº 16, en octubre de 1988

lunes 11 de mayo de 2009

Retóricas del género. Políticas de identidad, performance, performatividad y prótesis.

http://www.uia.es/artpen/estetica/estetica01/frame.html
INTRODUCCIÓN
Durante la década de los noventa, diversas autoras feministas y lesbianas, como Judith Butler o Sue-Ellen Case, proponen una definición del género en términos de performance en reacción tanto a la afirmación del feminismo esencialista de una verdad natural o pre-discursiva de la diferencia sexual como a la imposición normativa de ciertas formas de masculinidad y feminidad. Más tarde, la propia Butler y Eve K. Sedgwick, caracterizarán la identidad de género como el resultado de la "repetición de invocaciones performativas de la ley heterosexual". Esta doble intervención crítica que podría caracterizarse como "giro performativo" ha dado lugar a nuevas interpretaciones de las representaciones de género y de la sexualidad, tanto en el espacio estético como político. Este seminario-taller pretende trazar una genealogía de las retóricas del género que permita explicar cómo la noción artística y teatral de "performance" llega a ser utilizada en los noventa por la "teoría queer" para desnaturalizar la diferencia sexual. ¿Cuáles son los lazos entre estética y política en las performances de género? ¿Puede considerarse la identidad sexual como un "producto de diseño" performativo? ¿Cómo intervenir en la producción de esta identidad performativa?
RESUMEN DE LA SESIONES DE TRABAJO (I) BEATRIZ PRECIADO

¿De qué hablamos cuando hablamos de género?


Para explicar y contextualizar el profundo "giro performativo" que ha supuesto este cambio en la noción de género, Beatriz Preciado analizó durante la primera jornada de este seminario la transformación histórica que ha experimentado el concepto de sexualidad. "El sentido del título de este curso, señaló Beatriz Preciado, hace referencia a la multiplicidad de caminos y discursos teóricos (retóricas) que han contribuido a pensar y reflexionar sobre el género". El feminismo clásico y esencialista (una de esas retóricas) se estructura a partir de una especie de ontología biológica de la diferencia sexual que defiende la existencia de una línea de continuidad entre tres nociones diferenciadas: sexo, género y orientación sexual. Desde esta perspectiva teórica, el sexo sería algo natural, un imperativo biológico que se identifica con los genitales, mientras la diferencia de género derivaría de una construcción social y simbólica vinculada a un proceso dialéctico de dominación y opresión (en el que los opresores serían los hombres y las oprimidas las mujeres). Beatriz Preciado considera que esa visión no se puede entender al margen del periodo histórico y de la tradición teórica y científica en la que se gesta.
En su intento de aproximación analítica al concepto de género, Preciado recurre a la tipología de Foucault que establece una diferencia histórica entre sociedades soberanas, disciplinarias y de control. Según Foulcault en las sociedades soberanas (hasta el SXVIII) hay una equivalencia jurídico-simbólica entre el crimen y el castigo, y el poder (un poder negativo puesto que sólo puede decidir de la muerte) se articula en torno a la figura de un soberano único que decide sobre la muerte de sus súbditos. Por el contrario, en las sociedades disciplinarias y de control, el poder depende de la capacidad de producir la vida (demografía, políticas de control de la reproducción,...), no en darla o quitarla, el soberano se transforma en una instancia colectiva y desaparece la equivalencia directa entre la falta y el castigo. En estas sociedades que tienen su origen en la revolución francesa, hay una dinámica institucional de corrección y regulación sistemática de los espacios (por ejemplo, la prisión, el hospital, la escuela, la caserna militar, etc.), cuyo objetivo es la regulación del cuerpo y la transformación de los hábitos de conducta.
Según Beatriz Preciado se puede realizar una correspondencia entre estas formas de división del poder y un análisis histórico de los regímenes de producción de la sexualidad en la civilización occidental. En este sentido Preciado considera que se podría hablar de una sexualidad premoderna, moderna y posmoderna. Las fronteras entre los distintos periodos de esta historia de la sexualidad son difusas, aunque para la autora de Manifiesto contrasexual sí existen algunos puntos de inflexión (marcados por una serie de "fechas-fetiches") en los que se producen cambios muy significativos que determinan la transformación de las identidades de género.
En este sentido, Thomas Laqueur señala en su libro Making sex que hasta el siglo XVII existía un sólo sexo, el masculino, con una variable débil y decadente que se asociaría a la feminidad. Esta certeza era fruto de los estudios médicos de la época que creían en la existencia de una especie de órgano sexual universal que se representaba en forma U (derivando en masculino si estaba para afuera y en femenino si se encontraba hacia adentro). Posteriormente apareció un nuevo régimen visual de la sexualidad, un nuevo paradigma epistemológico, para el que los órganos genitales constituían el elemento clave de la diferencia sexual. "Hasta entonces, recuerda Beatriz Preciado, el criterio que determinaba la feminidad o la masculinidad de una persona era la capacidad reproductiva y no se consideraba importante la morfología de los genitales". La diferencia sexual y la diferencia entre homosexualidad y heterosexualidad son regímenes de representación de la sexualidad relativamente recientes. No es hasta el siglo XVII cuando la representación médica de la anatomía sexual produce la diferencia sexual entre lo masculino y lo femenino. Del mismo modo que no es hasta finales del siglo XIX, cuando diversos estudios asociados a la ciencia médica fijaron por primera vez la distinción lingüística y conceptual entre homosexualidad y heterosexualidad, entre perversión sexual y normalidad. Los "sujetos sexuales" aparecen así como una invención moderna que comenzará a cuestionarse hacia mediados de 1950.
A mediados del siglo XX, comenzó a gestarse una noción de la sexulidad que ponía en duda la relación causal entre sexo y género, esto es, que cuestionaba la idea de que el sexo es una instancia biológica predeterminada y fija que sirve como base estable sobre la que se asienta la construcción cultural de la diferencia de género. Según Beatriz Preciado, si extendemos los análisis del poder y la sexualidad de Foucault al siglo XX, podemos señalar un punto de inflexión fundamental (otra fecha-fetiche) en torno a 1953, coincidiendo con la aparición pública de Christine Jorgensen, la primera transexual mediática estadounidense. Ese año, John Money, un pediatra norteamericano especializado en el tratamiento de niños con problemas de indeterminación de la morfología sexual, utilizó por primera vez la noción de género (palabra castellana que deriva del término anglosajón gender) para referirse a la posibilidad quirúrgica y hormonal de transformar los órganos genitales durante los primeros 18 meses de vida. "Esto suponía un cuestionamiento absoluto, subrayó Beatriz Preciado, del régimen sexual bipolar de la modernidad, de la epistemología visual sobre la que se había construido el conocimiento de la sexualidad". Además para Preciado es muy significativo el hecho de que el concepto de género no apareció en el ámbito de los estudios sociológicos y humanistas, sino asociado a la medicina y a las tecnologías de intervención de la sexualidad.
John Money justificaba estas intervenciones quirúrgicas en los bebés con problemas de indeterminación sexual como el único medio para posibilitar su adaptación a la vida familiar y a la lógica productiva de la sociedad. Lo llamativo es que esta práctica (que supuso la aplicación artificial y cruel de un proceso de selección sexual de corte darwinista) sólo comienza a ponerse en cuestión hacia finales de los años 90 cuando se constituyeron las primeras asociaciones de intersexuales en los EE.UU que exigían poder acceder a sus historiales médicos y reclamaban el derecho de todo cuerpo a elegir las transformaciones que se lleven a cabo sobre su morfología genital. Para Preciado este hecho ilustra como los dispositivos institucionales de poder de la modernidad (desde la medicina al sistema educativo, pasando por las instituciones jurídicas o la industria cultural) han trabajado unánimemente en la construcción de un régimen específico de construcción de la diferencia sexual y de género. Un régimen en el que la normalidad (lo natural) estaría representado por lo masculino y lo femenino, mientras otras identidades sexuales (transgéneros, transexuales, discapacitados,...) no serían más que la excepción, el error o el fallo, monstruoso que confirma la regla.

Las teorías y prácticas queers
"Las teorías queers, subrayó Beatriz Preciado, ponen en cuestión la distinción clásica entre sexo y género, haciendo hincapié en el hecho de que la noción de género apareció en el contexto del discurso médico como un término que hacía referencia a las tecnologías de intervención y modificación de los órganos genitales y cuyo único objetivo era llevar a cabo un proceso de normalización sexual". Para Preciado es necesario y urgente desde un punto de vista político re-pensar el auténtico sentido de la dicotomía sexo-género (presentada convencionalmente como una relación natural), y entender dicha dicotomía como el resultado de aplicar un conjunto de dispositivos políticos e ideológicos. La sexualidad no sería algo biológico, sino una construcción social, una tecnología, y sólo trascendiendo la dicotomía entre sexo y género se puede articular un discurso y una acción política que rompa con la labor normalizadora y mutiladora de la diferencia sexual.
Queer en sentido literal significa maricón, bollera, aunque por extensión designa todo lo que sexualmente no es normativo (desde l@s trabajador@s sexuales a los sadomasoquistas). El movimiento queer apareció a principios de los 90 en el seno de la comunidad gay y lesbiana de los EE.UU. En ese contexto, una minoría (no en su connotación cuantitativa, sino en el sentido que este término adquiere en el pensamiento de Gilles Deleuze como potencial revolucionario frente a la norma institucionalizada) decidió autodenominarse con este término despectivo para diferenciarse (establecer una distancia política) de las iniciativas que buscaban la construcción de una identidad estable (una normalización) para los gays y lesbianas. "Unas iniciativas, recordó Beatriz Preciado, que con frecuencia se olvidan del resto de las variantes posibles de la sexualidad y terminan limitando su lucha a la obtención de derechos y privilegios".
La cultura queer (que engloba a grupos como Queer Nation, Radical Furies o the Lesbian Avangers) plantea una posición crítica con respecto a los efectos normativos de toda formación identitaria, no sólo la sexual sino también las referidas a la raza o a la clase. Así, frente a los análisis feministas clásicos y de los grupos de gays y lesbianas más liberales que aplican un enfoque dialéctico para valorar la opresión, las teorías queers consideran como su objetivo prioritario llevar a cabo un acercamiento transversal a los dispositivos sociales de sumisión y dominio.
Se trata de un movimiento postidentitario, pero que ante una situación de opresión concreta decide poner en marcha estrategias hiperidentitarias que hagan visible la posición de ciertas minorías. "Pero siempre, señaló Beatriz Preciado, desde la conciencia de que la configuración de esa hiperidentidad no es fruto de un proceso natural sino algo construido que además puede generar exclusión". Es decir, las teorías queers deben enfrentarse y resolver ciertas paradojas ya que al mismo tiempo que reivindican una identidad propia, critican la supuesta naturalidad de las identidades. Por ello no tratan de crear espacios de dualidad y dicotomía (en los que el enemigo y el objetivo a alcanzar está claro) sino de aplicar un análisis transversal y cruzado que complica mucho las estrategias políticas a desarrollar pero dotan a su acción discursiva de una gran complejidad teórica y de un enorme potencial subversivo.
Según Beatriz Preciado el movimiento queer converge con el postfeminismo al implicar una revisión crítica de las luchas feministas. Frente al feminismo liberal, heterosexual y de clase media que busca la igualdad del sujeto político mujer con el sujeto político hombre (la normalización), el postfeminismo incorpora otros elementos identitarios como las reivindicaciones de clase y raza. Frente al feminismo de la diferencia que ya integra la noción de cuerpo pero define a la mujer en clave esencialista (y habla de una identidad femenina natural con una serie de rasgos intrínsecos: instinto maternal, sensibilidad,...), el postfeminismo concibe el cuerpo (y no sólo el cuerpo de la mujer) como el efecto de un conjunto de tecnologías sexuales.
Pero las teorías y prácticas queers no representan un movimiento de emancipación que pide la adquisición de derechos en vías de un reconocimiento social y de un progreso económico (principal y casi única reivindicación de muchos movimientos feministas y de homosexuales), sino que plantean una contestación integral de la categoría de sujeto de la modernidad. "Por ello, subrayó Beatriz Preciado, para la teoría queer es necesario no asumir los discursos/dispositivos de poder de la hegemonía". Por el contrario, debe intentar reapropiarse de nociones abyectas (como el propio nombre que designa al movimiento) que no pueden ser asimiladas con rapidez por el sistema capitalista.

Perfomances de género en el feminismo radical de los años 70
A partir de los trabajos de Teresa de Lauretis, Judith Butler o Eve K. Sedgwick, las teorías queers cuestionan la idea de un sujeto político mujer (y de un sujeto político homosexual) para poner el acento en la idea de subjetividad performativa. En El género en disputa, Butler utiliza la noción de performance para desnaturalizar el género y mostrar que el sexo es un efecto performativo (realizativo en una traducción más literal) de los discursos de la modernidad (desde la medicina a la institución educativa). Es decir, la noción de performance adoptada por la teoría queer cuestiona el origen biológico de la diferencia sexual.
Según Beatriz Preciado los antecedentes de la apropiación del concepto de performance para explicar, re-pensar y parodiar la identidad de género hay que buscarlo tanto en las primeras apariciones de las Drag Queens como en las intervenciones en los espacios públicos a través del cuerpo de una serie de grupos feministas radicales norteamericanos de la década de los 70. Algunas de estas intervenciones están recogidas en el filme Not for sale de Laura Cottingham (proyectado durante la primera y quinta jornada del seminario), un documental que se acerca al arte feminista y lesbiano de los EE.UU con imágenes de propuestas de colectivos como Woman House Project y artistas como Adrian Piper, Nancy Buchanam, Ana Mendieta o Martha Rosler.
Hay dos técnicas fundamentales en el discurso estético-político de este grupo de artistas feministas:
- Las performances del cuerpo que se conciben como un medio para llevar a la práctica el eslogan "lo privado es político". Para estas creadoras, el cuerpo y la experiencia personal es el espacio político por excelencia, por ello sus performances no tienen como objetivo producir una representación para que el espectador la vea de forma pasiva, sino generar una "experiencia" que posibilite la transformación social y personal, una experiencia que el feminismo de los años 70 concibe como un proceso de aprendizaje, un modo de producción de conocimiento que hace posible la acción política.
- La "toma de conciencia" como método de acción política que consiste en sacar al espacio público la palabra que hasta ese momento había quedado relegada al espacio privado (algo parecido a lo que quiso hacer el psicoanálisisa principios del siglo XX). En este sentido resultan muy significativas las propuestas de Sarachild que dotan a estas prácticas de un valor terapéutico y político. Son proyectos de carácter colectivo en el que grupos de mujeres se reunían haciendo circular la palabra unas veces sobre asuntos aparentemente banales otras relacionadas con la intimidad, o el cuerpo, mientras algunas de las participantes realizaban una teatralización de lo que se estaba contando. "Gracias a esta escenificación, indicó Beatriz Preciado, se producía una especie de liberación colectiva, una auténtica catarsis política cuyo objetivo era modificar las estructuras de conocimiento y de afecto. En definitiva, se trataba de producir un nuevo sujeto político".
Woman House Project surge de un grupo de trabajo que se formó en el Fresno College (California) en torno a Judith Chicago y Mryam Shapiro para luchar contra las implicaciones sexistas de los sistemas de producción, distribución y representación del arte. El contexto social y político de la época hizo posible que Judith Chicago y su grupo de trabajo pudiese disponer durante un breve periodo de tiempo (6 meses) de una casa con 16 habitaciones donde podían producir y exhibir arte sin ningún tipo de mediación ni control. A través de instalaciones (transformaron integralmente todas las habitaciones de la casa), sesiones de tomas de conciencia (las propuestas de Sarachild), performances que muestran el trabajo doméstico como un proceso de repetición regulado (por ejemplo, una escenificación de un planchado a tiempo real) o representaciones ritualizadas que releen la vida de la mujer en términos de espera pasiva (Waiting de Faith Wilding), estas artistas feministas articularon una profunda crítica de las estrategias de territorialización del género que asocian lo femenino con el espacio doméstico, privado, interior, cerrado y lo masculino con el espacio político, público, profesional, exterior.
Una de las performances del Woman House Project que mejor conecta con el análisis de género de la teoría queer es The Cunt and Cock Play en la que los órganos genitales representan por metonimia todo el cuerpo masculino y femenino a través de la escenificación de un desconcertante e irreverente diálogo entre una polla y un coño. "En esta performance, aseguró Beatriz Preciado, se lleva a cabo una deconstrucción no sólo del género sino también de la sexualidad al presentarla como un proceso de repetición regulado, lo que conecta directamente con los planteamientos de la teoría queer". En esta misma línea de politización del espacio doméstico se sitúan las propuestas de otras artistas estadounidenses de la época como Martha Rosler (su performance Semiotic of kitchen descoloca a los espectadores invirtiendo el uso aparentemente natural de una serie de útiles de cocina) o Ilene Segalove (su obra Advice from home pone de manifiesto la existencia de unos métodos y de un saber doméstico que atesoran las mujeres pero que socialmente no se valora como una fuente de conocimientos).

La feminidad como mascarada en la interpretación psicoanalítica de Joan Rivière
A partir de las reflexiones de Ernest Jones sobre la sexualidad femenina, Joan Rivière, una de las primeras mujeres que consiguió hacerse un hueco en los círculos académicos psicoanalíticos, publicó en 1929 un artículo (Womanliness as a Mascarade) en el que definía la feminidad como mascarada. E. Jones había establecido un esquema de desarrollo de la sexualidad femenina subdividido en dos grandes grupos - homosexual y heterosexual - a los que Jones añadía perplejamente varias formas intermedias. De esas formas intermedias había una que interesaba especialmente a Joan Riviére: la de aquellas mujeres que, pese a su orientación heterosexual, presentaban rasgos marcados de masculinidad (y a las que denominaba "mujeres intermedias"). "Un tipo de mujer hetero-masculina, puntualizó Beatriz Preciado, que rompía con la causalidad aparentemente natural que enlaza sexo, género y orientación sexual."
Para el psicoanálisis de aquella época, la diferencia entre desarrollar una orientación homosexual y heterosexual estaba determinada por el grado variable de la angustia. Tomando como referencia la idea de S. Ferenczi de que ciertos hombres homosexuales luchan contra su orientación exagerado su heterosexualidad, Rivière cree que estas mujeres intermedias utilizan la máscara de la feminidad para "alejar la angustia y evitar la venganza de los hombres". En este sentido se refiere a un tipo específico de mujer heterosexual que intenta abrirse camino en ámbitos académicos y profesionales (espacio público y político reservado a los hombres) y a la vez participa de los roles clásicos de la feminidad (buena ama de casa, esposa atenta, marcado instinto maternal,...). Y toma como ejemplo el caso de una paciente (donde podemos encontrar una evocación narrativa de su propia biografía) que debe utilizar el habla y la escritura (algo impropio de las mujeres de su época) en el desarrollo de su labor profesional. La angustia de esta paciente se manifestaba tras sus intervenciones en el espacio público y le llevaba a sentir un deseo de coquetear histéricamente con todos los hombres que podía (especialmente con aquellos que le recordaban a su padre).
Según Riviere esta paciente pertenecería al grupo de mujeres homosexuales, aunque no estuviera interesada por otras mujeres. Es decir, una mujer cuya orientación sexual sería la homosexualidad, pero no así sus prácticas sexuales. "Siempre teniendo en cuenta, aclaró Beatriz Preciado, que hasta mediados del siglo XX la homosexualidad se entendía como inversión de género y no como relación entre individuos del mismo sexo". Esta inversión le generaba a su paciente una terrible angustia (pues provocaba la censura del resto de los hombres) que sólo lograba sortear si utilizaba la feminidad como una máscara, como un disfraz que camuflara sus rasgos marcados de masculinidad y evitara las represalias de los hombres por haber entrado en su territorio (el ámbito público, el espacio político y de la palabra).
Esta noción de la feminidad como máscara formulada hace más de 70 años nos remite ya, como puso de manifiesto Butler, al concepto de performance, a la idea de que el género es una construcción cultural, una elaboración política y no algo natural. Pero Rivière y todo el aparato discursivo psicoanalítico posterior mantiene la dicotomía entre masculinidad y feminidad, otorgando a lo masculino un valor originario (natural) y subrayando de lo femenino su carácter de máscara. "La cultura queer, aseguró Beatriz Preciado, va mucho más allá, al plantear que no existe tal dicotomía, ni siquiera diferencia entre una feminidad/masculinidad verdadera y otra impostada, sino que toda identidad de género es una perfomance, una mascarada".

Performances de género y políticas del performativo: la aportación de la teoría queer
Una definición genérica de performance como proceso de repetición regulada (que abarca desde el ritual a la mascarada, pasando por el travestismo o las representaciones paródicas) permite asociar este concepto con la idea de performatividad como acto lingüístico y a su vez evitar la excesiva estetización que ha adquirido el término en el mundo del arte (donde se ha neutralizado su carga política). Las teorías queers, que nacen de un cruce metodológico y disciplinario, han explicado el género en términos de performance, una tesis que en los textos fundacionales de Judith Butler se desarrolla a partir del análisis de la cultura Drag Queen.
"Pero Judith Butler, indicó Beatriz Preciado, se basa exclusivamente en el análisis de las performances de la feminidad, y se apoya todavía en el discurso psicoanalítico que concebía la feminidad como mascarada y la masculinidad como algo natural". Para la autora de Manifiesto contrasexual las teorías queers deben articular una visión sobre el amor, el placer y la sexualidad completamente alternativa al psicoanálisis, una disciplina que surge de una cosmovisión burguesa y fundamentalmente colonial y que se sustenta sobre la noción del sujeto (masculino) de la modernidad. Según Beatriz Preciado, a partir de los años 60 se ha abierto un espacio político y social en el que los presupuestos psicoanáliticos no encajan.
Uno de los problemas de la teoría queer, al menos en su formulación butleriana, es que intenta conciliar dos planteamientos filosóficos distintos sobre el sujeto y el poder. Por un lado, los textos psicoanalíticos que describen el poder como censura, como instancia de represión, y ven la relación entre el sujeto y el discurso en términos dialécticos (planteando que existe un deseo que antecede al sujeto, una pulsión anterior al lenguaje y al discurso). Por otro lado, los análisis de Foucault sobre la sexualidad (que Preciado completaría y matizaría con las reflexiones de Monique Wittig y los trabajos de Deleuze y Guattari) en los que se concibe el sujeto como producto del discurso y el poder como producción.
En su libro The straight mind (1980) Monique Wittig, activista y ensayista lesbiana fallecida recientemente, definía el sexo y el género como una construcción y consideraba las actividades asociadas a lo femenino (la reproducción, el matrimonio, el cuidado de los hijos,...) como elementos de una cadena de producción social y demográfica destinada a la reproducción de la vida. Wittig calificaba la heterosexualidad no ya como una práctica sexual sino como un régimen político (un sistema de producción capitalista), un análisis que conecta con la noción foulcatiana de biopolítica. Para Wittig, que sustituye la dualidad dialéctica de la opresión hombre/mujer por la de hetersosexualidad/homosexualidad, "la mujer" no es una identidad natural, sino una categoría política que surge en el marco de un discurso heterocentrado. En este sentido la autora de The straight mind consideraba que las lesbianas no son mujeres, ya que no participan en el régimen político (productivo y reproductivo) de la heterosexualidad.
Desmarcándose de la dialéctica binaria de la opresión marxista y en continuidad con el pensamiento de Foucault y de su coetánea Monique Wittig, las teorías queers hablan de un poder productivo, transversal, complejo. "Frente a una estructura de dominación vertical y sin fisuras, puntualizó Beatriz Preciado, donde a un lado están los hombres y al otro las mujeres (o a un lado los poderosos y al otro los oprimidos), las teorías queers piensan que existe un sistema complejo que pone en marcha múltiples relaciones de poder y en el que, por tanto, es siempre posible intervenir, crear espacios de resistencia y desarrollar una lucha política".
En los textos teóricos queers es muy importante la reflexión sobre el sujeto de la enunciación. En la película Paris is burning (proyectada parcialmente durante la tercera jornada del seminario) el sujeto de la enunciación es Jeannie Livingstone, una persona blanca, judía, neoyorquina y de clase media-alta (lo que determina su mirada e interpretación de la realidad) que dirige un filme sobre transexuales, travestíes y trabajadoras sexuales de clase baja (en su mayoría chicanos, negros o white trash) participando (como autores o como espectadores) en actuaciones de Drag Queens. El filme presenta las performances de género de estas Drag Queens no como una mera representación escénica (para la que bastaría colocarse una peluca y un traje) sino como el resultado de un proceso de aprendizaje performativo muy determinado por una serie de condiciones personales, materiales y sociales.
"Pero lo interesante de Paris is burning, subrayó Beatriz Preciado, es que no sólo articula un sugerente análisis del género, sino que además lleva a cabo una exploración de las políticas de identidad en el mundo capitalista al mostrarnos los accesorios de las Drag Queens como productos de consumo que simbolizan todo un conjunto de roles económicos y políticos". Gracias a la creación de un espacio performativo donde se sienten respaldadas, estas drags marginales pueden acceder a la cultura y a los sistemas de representación consumistas a través de performances que les permiten realizar no sólo la performance de la feminidad, sino también la performance del hombre de negocios o del alumno de un colegio privado (identidades que no pueden o no han podido desempeñar por un conjunto de imposiciones políticas de género, clase y raza). En este sentido, las parodias de los habitantes del mundo paralelo del Ball Room de Paris is Burning, ponen de manifiesto la producción performativa no sólo del género, sino también de la clase y de la raza.
RESUMEN DE LA SESIONES DE TRABAJO (II) BEATRIZ PRECIADO
Estéticas Camp: performances pop y subculturas "butch-fem". ¿Repetición y trasgresión de géneros?


Los análisis de Judith Butler han contribuido a poner en cuestión que la relación entre sexo y género es algo natural (como ha establecido históricamente el discurso médico). Butler definirá esta relación entre sexo y género como performativa, y normalizada de acuerdo a reglas heterosexuales. Por ello, señala Butler, si las acciones de las Drag Queens suscitan risas o censuras es porque ponen de manifiesto los mecanismos performativos a través de los cuales se produce una relación estable (un proceso de repetición regulado) entre sexo y género.
Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con las estéticas camp? El término "camp", que significa afeminado en inglés clásico, se comenzó a utilizar a partir de los años 60 para referirse a la teatralización hiperbólica de la feminidad en la cultura gay, sobre todo en relación a una serie de prácticas performativas que adquirieron un carácter colectivo y político (drag queens, demostración pública de la homosexualidad,...). Estas prácticas tenían un enorme potencial subversivo al poner de manifiesto la artificiosidad de las diferencias de género y romper la frontera entre el ámbito cerrado de la representación escénica (o de la recreación doméstica) y el espacio público de la reivindicación política.
Coincidiendo con los primeros documentos sobre las prácticas Drag Queens (entre otros el documental The Queen de Andy Warhol) la escritora estadounidense Susan Sontag publicó en 1964 un influyente artículo sobre la cultura camp (Notas sobre el Camp) en el que redefine el término (que en su nueva acepción vendría a designar el amor/gusto hacia lo antinatural, artificioso y exagerado) y lo incorpora como criterio de análisis de la historia y la teoría del arte. Un gesto que, según Beatriz Preciado, implicó una excesiva estetización del concepto, descargándolo de su original potencialidad política. Para Sontag el camp es un conjunto de técnicas de resignificación - donde convergen la ironía, lo burlesco, el pastiche y la parodia - que simboliza la nueva sensibilidad posmoderna. La autora de ensayos como Sobre la fotografía o El sida y sus metáforas, vincula el camp con el pop, ya que ambos movimientos hacen un uso paródico de las representaciones y objetos de la cultura popular.
Frente a Sontag, Linda Hutcheon en Theory of Parody (1985) define la parodia como una manipulación intertextual de una multiplicidad de convenciones de estilos (por ejemplo, los códigos de masculinidad). En este sentido, podríamos decir que desde un punto de vista queer el género sería una convención de estilos y las prácticas camp (como las de la cultura butch-fem o del SM) su manipulación intertextual. Y si esa convención no existiera, la manipulación sería imposible (esto es, si el género no existiera no habría lugar para el camp). La teoría queer aplica estos presupuestos paródicos en su interpretación de la cultura butch-fem (prácticas lesbianas en las que una parte de la pareja es aparentemente femenina y la otra aparentemente masculina) que ha sido tradicionalmente deslegitimizada por el feminismo al considerar que suponía la repetición de normas heterosexuales. Según la teoría queer la cultura butch-fem entiende la masculinidad como una convención de estilos (habitualmente asociada al poder y la autoridad) que se puede citar, manipular, descontextualizar y deformar para provocar efectos no previstos.
Hutcheon frente a Sontag concibe el camp no sólo como una operación del gusto (como un criterio estético) sino como un complejo proceso de resignificación que a través de un mecanismo paródico transforma los códigos de género en el momento de su recepción (no en su producción). En un régimen heterosexual que produce los códigos dominantes de la masculinidad y la feminidad asignándole su estatuto de identidad sexual original (mientras el resto de las variantes sexuales como la homosexualidad serían consideradas sólo una imitación, una "mala copia"), la resignificación paródica que realiza la cultura camp supone el acceso a un cierto dispositivo de poder. Es decir, según Hutcheon, las prácticas camp pueden entenderse como un camino a través del cual los márgenes de la cultura sexual en un sistema heterocentrado (gays, lesbianas, transexuales, deformes, trabajadores del sexo,...) intervienen en los procesos de construcción y significación de las convenciones e identidades de género, introduciendo sus propios códigos en el momento de la recepción. "Y no hay que olvidar, subrayó Beatriz Preciado, que este proceso de resignificación tiene un enorme potencial subversivo".
Desde un punto de vista queer, Moe Meyer en su obra Poetics and politics of camp define el camp como el uso político de la performance, a diferencia del kitsch donde la parodia y la ironía están ya vaciadas de intencionalidad política. La noción de camp, por tanto, cuestionaría la relación excluyente entre política y arte que ha promovido el discurso de la modernidad, al considerar la representación estética como un mecanismo de producción política. Moe Meyer califica como camp todas aquellas prácticas de resignificación que desenmascaran la construcción normativa de las convenciones de género (entendidas siempre en relación a otros factores como la clase o la raza), desde las prácticas Drag Queens y Drag Kings a la cultura butch-fem.
Las culturas camp y queers entendidas como procesos de contestación política de minorías de gays, lesbianas y transgéneros a los mecanismos sociales de normalización de la identidad sexual (o en otras palabras, como movimientos que se oponen a la globalización normativa de las categorías de género y sexo) también llevan a cabo una profunda redimensión ética. "No es anecdótico, aseguró Beatriz Preciado, la elección de un término despectivo para autodenominarse (camp en su acepción original significa afeminado y queer maricón y bollera), sino que implica una inversión, tan consciente como radical, de todo un sistema de valores éticos y morales".

Sobre la noción de performatividad
Para entender y contextualizar la concepción de la identidad de género como el resultado de la "repetición de invocaciones performativas de la ley heterosexual" que han desarrollado teóricas queers como Judith Butler o Eve K. Sedgwick, es necesario analizar la noción de performatividad lingüística formulada por Austin y la relectura que hizo de la misma Jacques Derrida.
Desde un análisis pragmático del lenguaje (es decir, en términos de contexto e historicidad) el británico J.L Austin llegó a la conclusión de que cada vez que se emite un enunciado se realizan al mismo tiempo acciones o "cosas" por medio de las palabras utilizadas. Ese es el punto de partida de su "teoría de los actos de habla" que apareció publicada en su libro póstumo How To Do Things With Words (1953), traducido al español como Cómo hacer cosas con palabras. Palabras y acciones. En esta obra Austin clasifica los actos de habla en dos grandes categorias:
- Constatativos: enunciados que describen la realidad y pueden ser valorados como verdaderos o falsos.
- Performativos: actos que producen la realidad que describen. Estos a su vez se pueden dividir en:
* Locutivos. Producen la realidad en el mismo momento de emitir la palabra (lo que les dotaría de un poder absoluto). Por ejemplo, la declaración de matrimonio de un sacerdote.
* Perlocutivos. Intentan producir un efecto en la realidad, pero ese efecto no es inmediato sino que está desplazado en el tiempo (y, por tanto, existe una posibilidad de error).
Derrida duda de la naturaleza ontológica de los actos performativos que plantea la teoría de Austin en la que la fuerza del lenguaje para producir la realidad parece proceder y depender de una especie de instancia teológica (de una voz originaria anterior al discurso). Para el autor de Márgenes de la filosofía la efectividad de los actos performativos (su capacidad de construir la realidad/verdad) deriva de la existencia de un contexto previo de autoridad. Esto es, no hay una voz originaria sino una repetición regulada de un enunciado al que históricamente se le ha otorgado la capacidad de crear la realidad. En este sentido, la performatividad del lenguaje puede entenderse como una tecnología, como un dispositivo de poder social y político.
A su vez, los textos de Judith Butler, Teresa de Lauretis y otras teóricas queers subrayan la aplicación de esas tecnologías (la existencia de ese contexto previo de autoridad) en enunciados concebidos como actos constatativos del habla. Desde esta perspectiva, los enunciados de género (es niño o niña) aparentemente describen una realidad, pero en realidad (valga, en este caso, la redundancia) son actos performativos que imponen y re-producen una convención social, una verdad política. Todo esto conduce a la re-definición de la noción de género en términos de performatividad postulada por Judith Butler, intentando desmarcarse de la connotación prioritariamente estética que ha adquirido el término performance. Según la ensayista estadounidense, la identidad de género no sería algo sustancial, sino el efecto performativo de una invocación de una serie de convenciones de feminidad y masculinidad. "Una invocación, precisó Beatriz Preciado, que necesita repetirse constantemente para hacerse normativa, por lo que se puede operar una inversión y generar la subversión del efecto performativo". Así, con la apropiación de un término originalmente insultante como queer, se produce una inversión performativa que subvierte el orden discursivo de la ley heterosexual.

Perfomances de la masculinidad
Las primeras manifestaciones públicas de la cultura Drag King (y sus performances de la masculinidad) datan de mediados de la década de los 80, coincidiendo con la emergencia de un cuestionamiento queer de la cultura gay y lesbiana, así como de la introducción de un nuevo discurso post-pornográfico a cerca de la representación del sexo. Según Beatriz Preciado existen tres fuentes fundamentales en la génesis de este movimiento, cada una de ellas asociada a una ciudad específica y determinada por tradiciones culturales y presupuestos políticos diferentes: Shelley Mars y el club BurLEZK (San Francisco) cuyo principal propósito era promover la visualización de experiencias lesbianas en la práctica de la sexualidad en el espacio público; Del La Grace Volcano (Londres), que documenta la evolución estético-política de la cultura lesbiana en los últimos 20 años (de las representaciones teatralizadas de las prácticas butch-fem que conectan con la cultura camp, a las prácticas transgénero); y Diane Torr (Nueva York), muy vinculada a las performances feministas estadounidenses de los años 70 y a la crítica postfeminista de la industria sexual (junto con Annie Sprinkle una de las fundadoras del grupo PONY-prostitutas de New York) que concibe las propuestas Drag Kings como el fruto de un proceso de aprendizaje político (de toma de conciencia) de los mecanismos a través de los cuales los hombres adquieren autoridad y poder.
Pero además podemos encontrar antecedentes históricos de esta cultura Drag King en una serie de manifestaciones en las que ya se articula (aunque sólo sea a nivel embrionario) una performance de la masculinidad, como la garçon de los años 20 (que supuso la aplicación de un proceso de desidentificación de los códigos convencionales de la feminidad) o la cristalización de las prácticas butch-fem en la década de los 60.
Al concebir toda identidad de género como una tecnología, Beatriz Preciado establece un continuum entre las prácticas Drag King y las iniciativas de transformación y recodificación corporal de transexuales y transgéneros. En ambos casos hay una resistencia a las estrategias de normalización y construcción de la masculinidad y la feminidad, ya sea a través de la performance (Drag King) o del propio cuerpo (transexuales/transgéneros). .
En un momento en el que proliferan los ejemplos de transformación quirúrgica tanto F2M (de mujer a hombre) como M2F (de hombre a mujer), Beatriz Preciado cree que es imprescindible re-pensar la filosofía y metodología que aplica la medicina contemporánea en el tratamiento de estos casos. Las investigaciones recientes han demostrado que es posible la producción de un órgano a partir de cualquier otro (por muy diferentes que sean las funciones que desempeñan). Es decir, no hay una esencialidad biológica de los órganos, ni siquiera de los genitales. "Sin embargo, recalcó Beatriz Preciado, la práctica médica y quirúrgica se sigue esforzando por re-naturalizar la diferencia sexual".
Las llamadas operaciones de cambio de sexo siguen implicando en muchos casos el sometimiento a técnicas quirúrgicas muy agresivas (a veces mutiladoras), pero no por falta de conocimientos técnicos, sino por la vigencia, tanto a nivel médico como legislativo, de un posicionamiento discursivo que niega (o en el mejor de los casos, parodia) la multiplicidad genérica. Por ejemplo, actualmente se considera que la reconstrucción de un pene se ha llevado a cabo con éxito si el operado cumple tres requisitos: orinar de pie ("un auténtico acto performativo de la masculinidad", subrayó Beatriz Preciado), poder alcanzar una erección y tener apariencia masculina (un mero criterio estético de representación del cuerpo en el espacio político).

Prótesis de género: los límites materiales de la performance y la performatividad
"La elección, señaló Beatriz Preciado, de la noción de prótesis para explicar el género (frente a los conceptos de performance y performatividad) está basada en una re-lectura de la historia de la sexualidad desde las ciencias y tecnologías de control y transformación del cuerpo". Preciado utiliza la idea de prótesis (que tiene que ver con lo monstruoso, lo feo, lo inasimilable, lo abyecto) para re-pensar el cuerpo como tecnología y responder así a algunas de las cuestiones que los conceptos de performance y performatividad dejan sin resolver.
A su vez se interesa por la función, significación y origen histórico del dildo (el vibrador, el consolador), una modalidad de prótesis que puede estar presente en muchos tipos de relaciones sexuales (no sólo en las lésbicas) y que pone en cuestión la creencia de que el placer sexual sólo procede del cuerpo. Y en consonancia con la estrategia de las teorías queers de reapropiarse de nociones abyectas para desenmascarar los dispositivos de poder de la hegemonía, Beatriz Preciado establece un eje de relación entre dildo y ano que representa lo grotesco, lo paródico, el desecho, la no re-producción, la mierda.
Para entender como se ha constituido la relación entre el espacio del cuerpo y la noción del sujeto en la cultura occidental, Beatriz Preciado propone una genealogía del dildo analizando tanto su evolución formal como su presencia en distintas prácticas (médicas y sexuales) y periodos históricos. En este sentido, la autora de Manifiesto contrasexual considera que hay tres tipos de tecnologías (con sus correspondientes instrumentos) que han dado forma y función al dildo contemporáneo y que a su vez son claves para entender la definición del género y del cuerpo como "incorporación prostética".
- Tecnologías de represión de la sexualidad. El primer antecedente del dildo estaría, según Preciado, en los métodos y artilugios de represión de la masturbación inspirados en las teorías de un médico suizo del siglo XVII llamado Tissot. Tissot, que hizo un análisis de la sexualidad desde una óptica capitalista, concebía el cuerpo como un circuito cerrado de energía que no debía desaprovecharse en tareas ajenas al trabajo productivo y reproductivo. A partir de esta noción del cuerpo como capital, Tissot identificaba un órgano sexual que podía irrumpir en el circuito cerrado de la energía corporal y provocar un gasto superfluo: la mano. Para evitar esos cortocircuitos diseño una serie de objetos (guantes, hebillas, manoplas,...) que limitaban el movimiento de las manos.
Las teorías de Tissot reflejan y potencian el cambio en la manera de pensar y vivir la sexualidad que se produjo en Europa durante el siglo XVII. "Hasta entonces, recordó Preciado, la sexualidad era un acto social, con sus tiempos y rituales específicos, pero desde la consolidación de la concepción del sexo como capital comenzó a influir en todos los aspectos y momentos de la vida de los individuos, a ser parte consustancial del sujeto de la modernidad".
Los objetos concebidos por Tissot a la vez que trataban de regular (dirigir y reprimir) la utilización de los órganos sexuales también demarcaban (y, por tanto, destacaban) el espacio del cuerpo donde se genera placer. Por ello, no es extraño que estas técnicas de represión hayan terminado transformándose en tecnologías que producen identidad sexual y generan placer. De este modo, prácticas contemporáneas de transformación y manipulación del cuerpo como el piercing se asemejan a algunas de las técnicas que se utilizaron en los siglos XVII y XVIII para impedir la masturbación.
- Tecnologías de producción de las crisis histéricas. Desde el punto de vista de la psicología del siglo XIX, el orgasmo femenino se consideraba una crisis histérica que debía ser analizada, vigilada y controlada por especialistas médicos (masculinos). Así, primero se crearon unos "vibradores" hospitalarios que permitían producir (bajo supervisión médica) estas crisis y después se desarrollaron otros aparatos con la misma función pero que ya estaban concebidos para su uso en el ámbito doméstico (a los que Beatriz Preciado denomina "máquinas butler"). A su vez, para luchar contra la impotencia en los hombres, la medicina de la época utilizaba artilugios similares que se "administraban" a través del ano.
- Tecnologías de las manos prostéticas. Desde la I Guerra Mundial, las técnicas de construcción de prótesis que cumplieran y perfeccionaran la función de las manos (y de otras partes del cuerpo, como las piernas) han desempeñado un papel fundamental en la constitución de la identidad masculina. Según Beatriz Preciado hay una relación directa entre masculinidad y guerra que está muy vinculada a esta noción de construcción prostética. En este sentido se explica el hecho de que los soldados, meras herramientas de una arrolladora máquina de guerra, estén "suplementados" por una serie de accesorios prostéticos, como muestran de forma muy ilustrativa las imágenes del ejército estadounidense y británico en su actual ataque a Irak.
"Hay que tener en cuenta, precisó Beatriz Preciado, que tras la I Guerra Mundial numerosos soldados regresaron a sus casas con algún miembro amputado, en muchos casos, la(s) mano(s) (que es, desde el punto de vista de la antropología, el órgano masculino por excelencia, ya que permite transformar la naturaleza a través de los instrumentos)". Desde el convencimiento de que existía una correspondencia entre los hombres que habían perdido una mano (inútiles para la economía productiva) y los que se habían quedado sin órganos genitales (inútiles para la economía re-productiva), un médico militar francés llamado Jules Amar diseñó un conjunto de manos prostéticas que permitían reincorporar a esos soldados al sistema laboral. "Es decir, subrayó Beatriz Preciado, Jules Amar asocia la pérdida de la mano a la pérdida de la masculinidad, estableciendo una correspondencia entre mano y pene".
Pero frente a la teoría médica renacentista que concebía la prótesis como una imitación lo más fiel posible del órgano que intentaba suplementar, para Jules Amar el objetivo era que se adecuara e incluso perfeccionara su función original (lo que supone un cambio drástico en la manera de pensar el cuerpo). Por ejemplo, diseñó una prótesis en forma de pinza (con sólo dos dedos) que se adaptaba mejor que unas manos naturales a una serie de tareas específicas como atornillar. Jules Amar ve el cuerpo como tecnología no como algo natural y estable, y por tanto cree que existen múltiples maneras de pensarlo y de reconstruirlo.
Todo esto puede hacernos pensar, según Beatriz Preciado, que el origen del dildo esté más relacionado con las manos prostéticas de Jules Amar que con una sustitución mimética del pene, al menos desde el punto de vista de la sexualidad lésbica. No hay que olvidar que la importancia de la prótesis para entender el cuerpo contemporáneo pone en cuestión la idea del sujeto autónomo de la modernidad y privilegia la noción del sujeto como puerto. "O en su sentido literal, apuntó Beatriz Preciado, como aquello que está sujeto por un arnés, algo a lo que se pueden enchufar e incorporar prótesis".
Para Beatriz Preciado es muy revelador analizar este proceso de deconstrucción de la noción de cuerpo y de sujeto a partir de la diferencia histórica que establece Foulcault entre sociedades disciplinarias y de control. Mientras en las primeras, la regulación del cuerpo sigue dependiendo de un objeto o de una técnica externa, en las sociedades de control la tecnología se integra en el cuerpo (ya sea a través del ritual, la performance o la incorporación prostética), hasta el punto de que se hace plenamente visible y se re-naturaliza. "Ya no necesitamos un guante que impida la masturbación, advirtió Beatriz Preciado, porque cada vez que acercamos la mano a los órganos genitales hay una estructura de culpa que nos corroe".













RESUMEN DE LA CONFERENCIA DE JUDITH HALBERSTAM
NUEVAS SUBCULTURAS PERFORMATIVAS: DYKES, TRANGÉNEROS, DRAG KINGS, ETC.


Con la intención de realizar un análisis transversal sobre la cultura Drag King (donde además de la noción de género se tenga en cuenta otros factores como la raza o la clase), Judith Halberstam, una de las teóricas y activistas más importante del movimiento queer y bollero de los Estados Unidos, ha explorado las relaciones entre masculinidad y representación desde una perspectiva histórica. Sus investigaciones sobre estas performances de la masculinidad se encuadran en un contexto teórico determinado por una doble preocupación:
- Por un lado, la diferencia entre las nociones de representación y representatividad. Fruto de una relectura de la teoría de los actos de habla de J.L Austin, el concepto de representatividad (performatividad) que ha desarrollado la teoría queer se utiliza para referirse a los actos a través de los cuales el sujeto puede producir la realidad. Pero, ¿cuál es la relación entre esta concepción de la representatividad (relacionada con la creación de identidad) y las representaciones teatralizadas que articulan las escenificaciones de los drag kings?
- Por otro lado, la férrea resistencia de la cultura hegemónica a aceptar la masculinidad en términos de performance. Así, históricamente se ha concebido la feminidad como una representación (como una mascarada), sin embargo se ha negado u obviado la posibilidad de que la masculinidad se pudiera representar (identificándola como una identidad no performativa o antiperformativa).
Durante su intervención en el seminario Retóricas del género dirigido por Beatriz Preciado, Judith Halberstam señaló que uno de los grandes problemas a los que deben hacer frente los análisis académicos es la dificultad de trasladar sus lenguajes y puntos de vistas fuera de los círculos de especialistas e iniciados. Esto, evidentemente, es aplicable a los estudios teóricos sobre las prácticas y políticas queers que han llevado a cabo autoras como Judith Butler, Eve K. Sedgwick, Teresa de Lauretis o la propia Judith Halberstam. En este sentido, Halberstam recordó las numerosas objeciones que plantearon los editores antes de publicar The Drag King Book, una obra de formato poco convencional donde una serie de imágenes de drag kings tomadas por el fotógrafo De La Grace Volcano aparecen contextualizadas y comentadas por textos teóricos de Judith Halberstam en los que reflexiona sobre las implicaciones culturales y políticas de las performances de la masculinidad. "El objetivo principal de este libro, precisó, era doble: por un lado, dar un testimonio directo y lo más completo posible de una cultura emergente; y por otro, intentar que las prácticas drag kings se hicieran más visibles y entraran en el espacio público".
La portada del libro es un drag king emulando la figura de James Dean en la película Gigante, mientras a sus pies se extiende una vista panorámica de un parque donde se reúne la comunidad gay y lesbiana de San Francisco. "Uno de los grandes méritos de Del La Grace Volcano, señaló Judith Halberstam, es su capacidad de transformar a personas pertenecientes a sectores marginales de la sociedad en auténticos iconos culturales". Para Halberstam es muy importante subrayar la dimensión estética de estas fotografías, frente al interés meramente testimonial y/o morboso (como si fueran muestrarios de gente rara) con el que a veces se presentan las imágenes de drag kings. Hay que tener en cuenta que los drag kings suelen ser muy conscientes de la dimensión política y teórica de sus acciones performativas.
En sintonía con los presupuestos teóricos de los estudios queers, Halberstam considera necesario integrar otros criterios como la clase o la raza en cualquier acercamiento analítico a estas representaciones de la masculinidad. "No podemos olvidar, subrayó la autora de Female Masculinity, que unos drag kings que salen a las calles de Nueva York vestidos de chicos negros corren mucho más peligro que si fueran como mujeres negras". Otro ejemplo representativo de esta interacción entre el género, la clase y la raza puede apreciarse en el caso de dos drag kings de origen latino (fotografiados por Del La Grace Volcano en San Francisco) que trabajan con registros de masculinidad propios de la comunidad mexicana.
Para remarcar el juego de espejos sobre el que se construye la identidad de género, Halberstam hizo referencia al caso de un drag king que imita a otro drag king que a su vez emula a Elvis Presley. Una vuelta de tuerca más del concepto de representación que nos coloca ante una performance de la masculinidad que ya no se inspira en un supuesto "original masculino", sino en una escenificación anterior de la masculinidad. En esta misma línea se enmarcan las propuestas drag kings que llevan a cabo representaciones de la masculinidad gay o el fenómeno del grupo Bad Street Boys, chicas jóvenes disfrazadas de los Back Street Boys cuyas actuaciones están dirigidas a un público eminentemente femenino.
Del La Grace Volcano, que desde hace muchos años lucha para que no se consideren las performance drag kings una desviación, ha llevado a cabo un proceso de transformación trangenérica que le ha convertido en "hermafrobollera". Así, una vez ha empezado a vivir como un hombre, se presenta con frecuencia vestida de mujer (con faldas, aunque musculosa y con las axilas sin depilar), en un gesto que cuestiona radicalmente (en su sentido etimológico, es decir: de raíz) las políticas de identidad de género. Al igual que Del La Grace Volcano, Judith Halberstam asume la existencia de una fuerte conexión entre el sujeto de la enunciación y el objeto de estudio en sus investigaciones sobre las prácticas performativas de la masculinidad. En este sentido recordó la sinceridad y valentía de Esther Newton - una antropóloga norteamericana que ha estudiado la cultura drag queen a pesar del rechazo de muchos compañeros de disciplina - quien ha reconocido sentirse a menudo atraída por personas implicadas en sus investigaciones.
Hasta el momento, las performances de los drag kings no se han convertido en un elemento característico de la vida nocturna de las comunidades homosexuales femeninas, y desde luego están muy lejos de tener la audiencia heterosexual que han alcanzado los espectáculos de drag queens. Esto se explicaría, según Judith Halbertsam, por la resistencia cultural a parodiar e ironizar la masculinidad blanca (frente a la noción de la feminidad como mascarada). "Parece que las mujeres existen, señaló Judith Halberstam, para burlarse y reírse de ellas, sin embargo no se admite que se haga lo mismo con los hombres". No obstante habría que tener en cuenta algunos (muy pocos) casos de inferencia de la subcultura Drag King en el universo mediático (siempre de un modo edulcorado que desactiva la dimensión política de esta masculinidad femenina), como las escenas en las que Cameron Díaz, Drew Barrymore y Lucy Liu se visten de hombres en la última entrega de Los Ángeles de Charlie o la actuación de la drag king de Nueva York, Mo B. Dick en el film Pecker de John Waters.
Pero, ¿existen precedentes históricos de estas performances de la masculinidad? En cierta medida se puede establecer una conexión directa con la cultura camp (y la consolidación de las prácticas butch-fem) desarrollada a partir de la década de los 60 y, sobre todo, con la aparición, ya en los años 90, de las primeras comunidades de trangéneros. "La distinción entre drag kings y trangéneros, señaló Judith Halberstam, es muy ilustrativa para entender la diferencia entre representatividad y representación". Así, mientras las primeras buscan una escenificación teatralizada de la identidad masculina que incluso presupone una audiencia, los trangéneros optan por una vivencia de la masculinidad más orgánica e integrada en su vida cotidiana".
Hay otros muchos antecedentes que, según Judith Halberstam, nos ayudan a entender el tipo de cultura de la representación en el que se situarían las prácticas drag kings. Un primer antecedente en los EE.UU podría ubicarse en el Harlem neoyorquino de los años 30 y 40, donde existía una cultura drag king en estado embrionario, con mujeres negras vistiéndose de hombres y actuando para otras mujeres. Existen ejemplos más antiguos, como las garçon de los años 20 o las representaciones de la masculinidad en la sociedad victoriana inglesa de finales del siglo XIX. "El problema, lamentó Judith Halberstam, es que apenas se conservan documentos que puedan darnos una idea más clara de cómo eran las representaciones de esas primeras drags".
Para Judith Halberstam es muy importante propiciar un contacto entre el mundo académico y otros ámbitos culturales y sociales, y de este modo posibilitar que se trabaje con personas y no sólo se teorice con textos. Pero ¿que pueden aportar los análisis teóricos y académicos a la subcultura Drag King? Según la autora de Shows: Gothic Horror and the Technology of Monsters, proporcionan un contexto que teoriza, interpreta y difunde sus performances, haciendo circular los significados y sentidos de esta cultura a una audiencia más amplia. Asimismo, los estudios teóricos sobre las prácticas drag kings, a la vez que cumple una función archivística-documental (imprescindible para mantener con vida cualquier movimiento político y cultural), articulan un análisis complejo y generoso que tiene muy en cuenta el contexto y no se preocupa únicamente por los datos anecdóticos y meramente cuantitativos.







RESUMEN DE LA CONFERENCIA DE MARIE HÉLÈNE BOURCIER
PORNO-POLÍTICAS PERFORMATIVAS, POSTFEMINISMO Y PORNOGRAFÍA QUEER


Con el propósito de desarrollar un análisis deconstrutivo de la pornografía moderna, la socióloga y activista queer Marie-Hélène Bourcier remarcó durante su intervención en el seminario Retóricas del género/Políticas de identidad (celebrado entre el 17 y el 23 de marzo en la sede de La Cartuja de la Universidad Internacional de Andalucía) la necesidad de re-pensar la historia de la representación de la sexualidad. Para la autora del libro Queer Zones, el hecho de que haya una régimen pornográfico dominante y monopolizador (apoyado en un poderoso y cerrado sistema de creencias culturales y psicológicas), no debe hacernos olvidar que pueden existir otros muchos modos de entender la vivencia y representación de las prácticas sexuales.
En este sentido, Bourcier cree que está emergiendo un nuevo tipo de discurso pornográfico - que ella denomina post-pornografía - en el que encuentra conexiones con los planteamientos desarrollados por las prácticas y teorías queers. "Me gusta aplicarle el sufijo post, afirmó Bourcier, porque subraya la idea de que la pornografía ha llegado a una fase de reflexión, a un momento en el que es necesario revisar los presupuestos sobre los que se asienta". A partir de la noción de la sexualidad como performance, Marie-Hélène Bourcier identifica elementos post-pornográficos en propuestas como la novela-film Fóllame (de Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi) o las acciones de Annie Sprinkle, que, a su juicio, rompen con el régimen de producción sexual hegemónico e intentan crear una nueva cultura del sexo (una resignificación de la experiencia sexual) mucho más rica, flexible y donde la mujer tenga un papel activo.
Según Marie-Hèlene Bourcier, la pornografía ha existido siempre, pero la que nosotros conocemos es fruto de un régimen de producción visual que surge en la época de la ilustración (Siglo XVIII) y se desarrolla con el positivismo. Es decir, en un momento histórico en el que alcanzan una gran difusión los análisis taxonómicos de los comportamientos humanos, empiezan a publicarse detalladas tipologías sobre la obscenidad y las perversiones sexuales, y se ponen de moda las colecciones privadas de contenido erótico. También en esa época comenzaron a aparecer las primeras publicaciones que, siempre desde una óptica masculina, intentaban descodificar y descifrar la sexualidad femenina (promoviendo tópicos aún vigentes como la tendencia al exhibicionismo), en un primer paso del intenso proceso de cosificación del cuerpo de la mujer que ha caracterizado la historia de la pornografía moderna. "Se trata, subrayó Marie-Hélène Bourcier, de un fenómeno de carácter político, pues sólo los hombres (varones) de las clases más privilegiadas podían tener acceso a esas representaciones obscenas que además narraban sus propios deseos y obsesiones".
En la configuración de la mirada pornográfica moderna han jugado un papel decisivo la psicología y la medicina del siglo XIX, una influencia que, a juicio de Marie-Hélène Bourcier, puede explicarse desde un análisis deconstructivo de la película El exorcista (William Friedkin, 1973). Según Bourcier en El exorcista podemos encontrar un subtexto que hace referencia a lo que la psicología del siglo XIX llamó crisis histérica (un modo político de entender el orgasmo femenino), en un claro ejemplo del esfuerzo de la ciencia moderna por vigilar, controlar y reprimir la sexualidad de las mujeres. En el film de William Friedkin, no sólo se muestran los síntomas y efectos que se asociaban a esta "patología" femenina, sino que hay escenas que recuerdan a las sesiones hospitalarias en las que se provocaban y analizaban (con un supuesto interés médico cargado de voyeurismo) estas crisis histéricas.
"La niña de El exorcista, señaló Bourcier, en realidad no está poseída por el demonio, sino por su sexo, por una excitación incontrolable que es percibida como una amenaza y que debe ser regulada desde la institución médica". Los experimentos de Charcot para estimular la emergencia de estas crisis histéricas se preparaban de tal forma que pudiesen tomarse fotografías y en un marco que recalcaba su carácter de representación ritualizada (performativa). No hay que olvidar que a estas sesiones acudía siempre un grupo de observadores médicos masculinos que se comportaban como si fuesen espectadores de un espectáculo pornográfico.
Al gual que en los laboratorios donde se analizaban las reacciones y comportamientos de las mujeres histéricas, en las cintas pornográficas hay una despersonalización absoluta del objeto de estudio - las mujeres - que muestran y colocan sus cuerpos como si se les fuese a realizar una exploración ginecológica. Para Marie-Hélène Bourcier en la pornografía moderna se representan muchas de las teorías desarrolladas por la psiquiatría y la medicina del siglo XIX. Así, en una película tan emblemática del género como Garganta profunda, una mujer conoce la razón de su insatisfacción sexual (nunca alcanza el orgasmo) gracias a un hombre (médico) que descubre que tiene el clítoris en la garganta, lo que remite a la tesis (desarrollada por el psicoanalisis freudiano ) de la confesión involuntaria a través de la hipnosis y la terapia. Algo parecido ocurre en El exorcista, donde sólo la intervención médica y/o religiosa (ámbitos eminentemente masculinos de producción de la verdad), ya sea a través de radiografías o de la "penetración" de diversos aparatos quirúrgicos, puede librar a la niña de sus demonios (siendo el más peligroso de dichos demonios su desenfrenado deseo sexual).
En la pornografía moderna hay un interés especial por subrayar la presunta veracidad de lo que se muestra y borrar cualquier huella de interpretación y simulación (de performance). Incluso existen subgéneros específicos donde se recalca que los protagonistas son amateurs (es decir, no son profesionales que están interpretando un papel), se incorpora al cámara en la escena o se destacan momentos como la eyaculación masculina (cumshot) que, en principio, no se puede simular. En relación a estos cumshots Marie-Hélène Bourcier releyó desde una óptica post-pornográfica la escena de El exorcista en la que la "niña poseída" (Linda Blair) vomita una sustancia verde sobre uno de los protagonistas masculinos, ya que, según ella, supone una inversión del régimen de producción visual de la pornografía dominante que no se cansa de mostrar eyaculaciones masculinas sobre las caras y cuerpos de la mujeres.
Otro motivo recurrente del imaginario pornográfico masculino, las mujeres que se dejan penetrar analmente, también estaría relacionado con esta obsesión por la veracidad. "Cuando se trata de exhibir la sexualidad femenina, señaló Bourcier, resulta más fácil hacer creíble el dolor que el placer (de hecho, en el cine pornográfico abundan los planos-detalles de chicas con la expresión dolorida durante escenas de penetración anal)". Esa narrativa de la violencia y del dolor está también presente en El exorcista, un film que en su promoción publicitaria jugó con la idea de veracidad (incluso inventando que la voz cavernosa de la niña poseída pertenecía a su joven actriz - 12 años - o que la escena del vómito no era fingida).
Pero más allá de la puesta en escena pretendidamente naturalista, en el discurso pornográfico contemporáneo hay muchas influencias del psicoanálisis, una disciplina que cree en la existencia de pulsiones sexuales incontrolables y que ha extendido ideas como la de que toda mujer inconscientemente desea ser violada. Así, otro filme pornográfico de los años 70, Detrás de la puerta verde, narra la historia del rapto y violación de una mujer que al principio se opone a los deseos de sus secuestradores, pero finalmente cede y llega a gozar como antes nunca lo había hecho. "Pero el tópico, advirtió Marie-Hélène Bourcier, de que la mujer necesita ser forzarla para que se anime a iniciar una relación sexual no es patrimonio exclusivo del cine porno, sino que está presente en muchos otros tipos de narraciones y propuestas estéticas". .
A diferencia de las teorías psicoanalíticas, Foulcault cree que la función de la pornografía no es liberar pulsiones, sino contribuir a la construcción de identidades sexuales. Siguiendo a Foulcault, Bourcier concibe la pornografía moderna como un régimen de producción de verdad sobre el sexo (muy codificado) que sigue re-produciendo los planteamientos y las categorizaciones de médicos, psiquiatras y sexólogos del siglo XIX.
Dirigido por Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, la película Baise-Moi (Fóllame) es para Marie-Hélène Bourcier un ejemplo de post-pornografía porque plantea una ruptura de los códigos de la mirada pornográfica tradicional y propone un cambio integral de los roles sexuales. "En Fóllame, señaló Marie-Hélène Bourcier, autoras y actrices son agentes de producción sexual, no sólo objetos, rompiendo así con el prejuicio de que la narración y la mirada pornográfica es un territorio reservado para los hombres". El film - que protagonizan Rafaëlla Anderson y Karen Bach (dos actrices pornos profesionales) y se inspira en la novela homónima escrita por la misma Virginie Despentes - generó una enorme polémica en Francia donde no llegó a las salas comerciales hasta mucho después de su estreno e incluso fue calificado como "fascista" por algunos medios de comunicación.
Fóllame toma prestado mucho de los códigos y recursos narrativos propios de la pornografía moderna, pero desde una mirada que neutraliza sus efectos previstos y los vacía del sentido que tradicionalmente se les ha otorgado. Esto es, desnaturaliza el discurso pornográfico a través de una inversión total de los roles de género y de una furiosa relectura de algunos de sus motivos temáticos habituales (por ejemplo, la confesión involuntaria o el deseo inconsciente que tiene toda mujer de ser violada). Tanto el título de la película (Baise-Moi/Fóllame) como el modo en que se describe a la dos protagonistas, puede interpretarse como un gesto político que conecta con la estrategia de las teorías queers de reapropiarse de nociones abyectas para otorgarles un nuevo sentido y significado.
Este proceso de desnaturalización que lleva a cabo la pornografía queer pueden encontrarse en otro tipo de propuestas estéticas como las fotografías de De La Grace Volcano (con imágenes de clítoris de transexuales que no se han sometido a operaciones quirúrgicas pero sí a un aumento de hormonas) o los trabajos de Annie Sprinkle. Esta última, que se autodefine como artista multimedia y autora de porno posmoderno, ha realizado re-lecturas de espectáculos eróticos como los streptease (con actuaciones en las que a la vez que se desnudaba se dirigía al público, haciendo visible la mirada masculina), demoledoras de-construcciones de mitos sexuales como las pin-ups (presentando análisis anatómicos sobre fotografías de chicas voluptuosas) o collages visuales que subrayan la artificiosidad de la pornografía (mostrando imágenes de las mismas mujeres antes y después de posar para revistas X).

Guerra, masculinidad hegemónica y poder - Lic. Irene Fridman

“Hasta que los leones tengan (...) historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”.
Eduardo Galeano.
En la Segunda Guerra mundial murieron 50.000.000 de personas, dos veces casi la población de toda la Argentina; el régimen de Pol Poth mató aproximadamente a 1.000.000 de personas, cifra similar a los muertos durante el genocidio armenio perpetrado por los turcos ¿Pero que podemos decir de las guerras privadas de género?
. Mutilaciones: Son 2 millones las niñas y muchachas víctimas, cada año de mutilaciones genitales.
. Homicidios: Entre 1,5 y 3 millones de niñas y mujeres son asesinadas cada año por el sólo hecho de ser mujeres.
. Violación: Un quinto de las mujeres del planeta es víctima de violación o tentativa de violación en el curso de su vida.
. Prostitución: Entre 700 mil y 4 millones de mujeres están obligadas a prostituirse cada año.
.. “Después de haber corroborado que las grandes guerras han disminuido en un 40% entre 1992 y 2003, la pregunta es: ¿podemos decir que la disminución de las guerras logró un mundo más seguro para todos? En parte sí, es la respuesta del Dcaf (Centro para el control democrático de las fuerzas armadas)
Pero no para las mujeres que ven aumentar cada año el nivel de esclavitud y de violencia.
Hoy sabemos, a través de los instrumentos de medición de datos cada vez más sofisticados y extendidos, que cada año entre un millón y medio y tres millones de mujeres y muchachitas son torturadas y asesinadas por 'violencia de género'. No se les perdona haber nacido mujeres, diferentes, dotadas de una sexualidad propia, de una necesidad de independencia que evidentemente produce miedo. "Mujeres entre los 15 y 44 años tienen mucha más probabilidad de ser asesinadas o violadas que morir de Sida, de accidentes de auto, de malaria o de guerra" (Palabras del Dcaf, aparecidas en el Economist del 26 de noviembre).
La trata es el tercer modo de ingreso de capitales junto con la droga y el tráfico de armas. Si bien en el tráfico de seres humanos hay también varones, no nos olvidemos que gran parte del tráfico incluye la trata de mujeres para prostitución.
¿Podemos pensar que las guerras han terminado o tenemos que distinguir entre guerras públicas y guerras privadas?
Dice Ana Elena Obando M. en su página del Women´s Humans Rigth.Net “Las guerras están ligadas a una imagen colectiva de masculinidad hegemónica, una masculinidad que depende del ejercicio del poder y control. Y sabemos que la competitividad, el poder, el dominio y la represión de la emocionalidad son elementos inherentes a ese ejercicio. Ese patrón sistemático de violaciones, torturas, esclavitud y otros crímenes sexuales y de género contra las mujeres durante las guerras y en los llamados tiempos de paz está directamente relacionado con la construcción de la masculinidad. Pues aunque algunas mujeres participen de las guerras o de los ejércitos como agentes activas, estén de acuerdo con las guerras o ejerzan la violencia contra otras mujeres o contra algunos hombres, las guerras son una construcción patriarcal alimentada por los valores masculinos que a su vez refuerzan el sistema capitalista neoliberal.
Por supuesto que los hombres también experimentan violaciones a sus derechos humanos, aunque en diferente forma. Ellos mueren durante las batallas, y si quedan vivos, son encarcelados y reclutados forzosamente. Es obvio que durante las guerras se exacerban las desigualdades de género y por ende, se triplican las violaciones a los derechos humanos de las mujeres, porque al exaltarse la masculinidad tradicional, su polo opuesto se convierte en campo abierto de las violaciones y abusos más atroces tanto en la vida privada como en la pública” y continua citando a Marcela Lagarde “cuando se quiere destruir una cultura, o una subcultura, las mujeres son el medio a través del cual se logra. Sus cuerpos y su identidad se convierten en escenario de guerra (Poderes, p. 18).
Theodore Winkler sociólogo norteamericano, en el informe que presentó ante el DCaf describió en “Mujeres en un mundo inseguro “lo que él denominó “el genocidio escondido” en el cual devela en cifras escalofriantes los millones de mujeres que son víctimas de violencia con daño físico permanente o muerte.
Cuando se trabaja en violencia sexual y se observa la circulación de la violencia entre los integrantes de una familia o cuando se analiza lo que ocurre en una violación callejera, cabe interrogarse de manera inquietante y terrorífica si esto es posible en las relaciones entre varones y mujeres todos los días ¿porqué no
debería haber guerra?
La observación de la desmesura que ocurre en los vínculos entre varones y mujeres nos hacen preguntarnos, entre otras cuestiones, si lo que acontece en las guerras tanto públicas como privadas es el resultado directo de un sistema jerárquico en el cual la mujer han quedado en el estatuto de lo otro y sobre el cual ha habido consenso en naturalizar la violencia, así como ha habido consenso histórico en naturalizar la violencia sobre otros colectivos subordinados que se han inscrito en la representación de la alteridad.
Así como se habla de un espacio público y de un espacio privado históricamente asignado a las mujeres, podemos pensar que cuando hablamos de las guerras, que estas también se dividen en públicas y privadas, unas íntimamente relacionadas con las otras.
Pensar las guerras en función de lo que acontece con las relaciones entre los géneros puede parecer una extrapolación peligrosa, porque personalmente creo que no hay una monocausalidad que deriva en un conflicto armado, y que no podemos dejar de lado las causas económicas, políticas, raciales, etc. que desencadenan estos conflictos. Pero lo que si creo que debemos pensar es acerca de los modos de tratamiento de la diferencia que se convierten en discursos y en prácticas tanto en la violencia contra las mujeres de todos los días como en las violencias perpetradas en las guerras.
Trabajando con violencia sexual tanto en violación como en lo que se denomina abuso de larga data, he llegado a la conclusión que si Auschwitz, fue posible en realidad es porque a nivel privado las prácticas de violencia y de desubjetivaciòn se asemejan horrorosamente a lo que se conoce como prácticas durante las guerras. Tortura sistemática, odio generalizado, daño irreparable y junto con esto la sensación por parte de muchas de las víctimas de no ser escuchadas o ayudadas ya que como dice el viejo adagio popular “por algo habrá sido”.
Desde hace algunos años que vengo estudiando la similitud de lo acontecido con las victimas del Holocausto y de la dictadura militar con lo que ocurre con las sobreviventes de incesto paterno–filial. Creo necesario analizar en relación con lo antedicho, no solamente los modos subjetivación de varones y mujeres dentro de nuestra cultura, sino indagar acerca de los más íntimos entrecruzamientos entre masculinidad y violencia. Teniendo la caución teórica, cada vez que hablo de este tema lo hago explícito, de no pensar que los varones son los seres violentos por naturaleza, sino que ciertos modos de subjetivaciòn avalan la posibilidad de ejercer una violencia demencial sin vivencia de culpa. También aclaro que no creo que las mujeres no puedan estar en esta situación, sino que no tienen el poder social consensuado para hacerlo y que si las oscilaciones del poder derivasen en algún momento en que estas lo detentasen de alguna manera, no dudo en suponer que podrían ser violentas de modos semejantes.
El análisis de lo acontecido en el Holocausto me permitió entender algunas cuestiones de este holocausto silenciado. Considero que si Auschwitz fue posible, es porque los modos de violencia política que llevaron a la muerte a 6 millones de personas muchas veces se repiten en pequeña escala en las prácticas de vinculación entre los géneros que habilita el patriarcado ( Fridman 2006).
Es por esto que me parece esencial entender los paralelismos entre una forma demencial de régimen político que tuvo su sentido, y esta otra forma de tramitar el poder dentro de los vínculos entre varones y mujeres que también adquiere sentido en ese contexto.
¿Porqué pensar el Holocausto para pensar estos temas? Porque la comprensión de un sistema de poder de desmesura se asemeja en cierto sentido a los modos de relación entre los géneros. Ricardo Forester en su escrito “Después de Auschwitz” dice: “Intentar recortar lo específico de Auschwitz no significa aislarlo de aquellas otras formas de la destructividad que han venido asolando la vida humana; se trata, por el contrario, de indagar por su particularidad como un modo de encontrar, si ello es posible, sus correspondencias, sus cruces, lo que a partir del exterminio nazi se vuelve un ejemplo mayúsculo de ciertos proyectos biopolíticos que siguen habitando la escena de nuestra época; pero es también recorrer hacia atrás, hacia el fondo de la cultura occidental
En su texto Modernidad y Holocausto, Zygmunt Bauman reflexiona acerca de si fue el odio a los judíos el motor del Holocausto o simplemente pero de modo más terrible, fue la indiferencia que avala el horror lo que permitió la posibilidad de esta acción política. Alemania hasta ese momento era el país en el cual mejor vivían los judíos. A diferencia del resto de Europa, era el país de mejor nivel cultural y en el cual los judíos se habían instalado en las ciencias y en las artes, así como en la economía, sin los grandes problemas que padecían durante esa época en Polonia Rusia y Austria. Dice Bauman: “Los judíos consideraban a
Alemania como el país de mayor igualdad y tolerancia tanto religiosa como nacional, era el lugar donde había mas judíos universitarios y de profesiones liberales, no había progroms como en otros países”. “El antisemitismo popular no fue nunca durante el proceso de destrucción una fuerza activa. Como mucho contribuyó indirectamente a que se cometieran asesinatos en masa porque produjo apatía con la que la mayor parte de los alemanes contempló el destino de los judíos cuando lo conocían o bien se resignó a ignorarlo” y continua citando a un especialista en el tema: “Norman Cohon dice :La gente no deseaba moverse a favor de los judíos . La indiferencia general y la facilidad con que la gente se disociaba de los judíos y de su destino era en parte consecuencia de una vaga sensación de que los judíos eran de un modo y otro misteriosos y peligrosos”..Podemos admitir que la aversión no es en sí misma una explicación satisfactoria de ningún genocidio.
No puede quedar exento nuestro análisis de que para la Iglesia la existencia de la judeidad permite y demarca una diferenciación que le permite tener identidad.” Podríamos decir que así como el judío ha sido el límite donde se reconoce la raza aria (Bauman,1997) la feminidad es el límite de la masculinidad.
Pero esa noción de feminidad tanto como la noción de judaísmo, son un concepto vacío en si mismo al cual se le adjudican alternativamente representaciones que avalen el ejercicio de la violencia. En el caso de los judíos, eran imaginados como los poseedores de una riqueza absoluta, representantes de los comunistas pero también de los banqueros. Otras representaciones colectivas los consideraban como los que roban y matan niños, los que no se avienen a la norma establecida, los representantes de la extranjería, etc. Podemos establecer un nexo entre este tipo de discurso y los discursos acerca de las mujeres: las mujeres son débiles, si los hombres no las limitan son peligrosas, son las representantes del misterio “la extranjería”, el “continente negro”, capaces de un amor maternal pero dueñas de un poderío absoluto peligroso. Tanto el judío conceptual como la mujer son los campos de batalla donde se libra la guerra por la identidad
Es interesante resaltar siguiendo a Bauman, que la caza de brujas fue el primer genocidio femenino organizado que se conoce en la historia y no se produjo en plena Edad Media, sino en los albores de la Modernidad. Era un período de ruptura del orden establecido y de las certezas vigentes; parecería que cuando ese orden establecido se altera, cuando las certezas no son un amparo suficiente para nuestra “insoportable levedad del ser”, el aumento de la violencia contra alguien, se lleva a cabo como un intento de control de los cambios, o como una forma de volver a tener una identidad fuerte, cerrada sin cuestionamiento, que se equipara con la masculinidad. Por ese motivo corresponde platear un alerta contra los discursos cerrados hegemónicos.
Claudia Kooz en su texto “La conciencia nazi” refiriéndose a lo que impulsó la como motor ideológico al holocausto entre otras razones “lo más terrorífico de nuestra cultura pública racista en cuyo seno se concibió la Solución final no es lo que muestra de excepcional sino lo que tiene de ordinario, no es su odio desembozado sino sus elevados ideales….Hitler en sus discursos prometía en lugar de la Republica de Weimar que el consideraba débil y femenina, el advenimiento de un orden decidido y viril. La moral nazi defendía de manera explicita ideales racistas y sexistas en un momento en que los ideales de igualdad empezaban a abrirse paso”.
Uno de los aspectos más interesantes del análisis que realiza Bauman acerca del Holocausto es lo relativo a que no necesariamente un profundo odio es lo que lleva a situaciones de violencia demencial sino la profunda indiferencia por el otro considerado como ser humano con las mismas prerrogativas de alguien que es considerado humano. En este sentido, así como hemos postulado que la violencia contra las mujeres proviene de un profundo odio hacia las mismas también creo necesario que aceptemos que la no consideración de las mujeres en el mismo estatuto que los varones en cuanto a su pertenencia a la humanidad, permite las acciones violentas produciendo un efecto de apatía necesario para la consumación de esta violencia. ¿Cómo explicar, si no fuera así, que otros hechos de violencia hayan despertado el clamor colectivo, y al mismo tiempo, cuando estos suceden en ciertos colectivos aparezca una actitud de indiferencia total?

El tratamiento inadecuado de la alteridad en nuestra cultura permite la depositación de aspectos temidos sobre los otros, y la puesta en práctica de acciones de aniquilamiento.

Si la relación jerárquica entre los géneros ha avalado históricamente la naturalización de la violencia, no puedo dejar de observar que la ubicación en el
lugar de lo otro del colectivo femenino, no solo avala la violencia sino que permite la no consideración de este colectivo como un colectivo humano. Por ese motivo, no solo se pone en práctica el odio hacia la diferencia, sino lo que a mi entender es peor, la total indiferencia, con lo cual el otro no existe. El odio permite siempre pensar en alguna forma de enlace afectivo, la indiferencias implica la decactectización total del objeto.
Pero la categoría de no existencia que se le puede dar al otro, permite las más crueles de las prácticas Esto sí avalaría que mientras se llevan a cabo las acciones más hostiles no apareciera ninguno de los afectos de culpa que nos llevan a pensar que ese otro tiene algún relación vincular con el sí mismo.
Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que la desubjetivación del otro, su ubicación en el status de objeto inanimado, permite el accionar destructivo, sin efecto subjetivo aparente para el que lo ejecuta.
Y aquí aparece un tópico que me gustaría considerar para poder pensar acerca de la complejidad de este tema. Hace algunos años en los ‘60 hubo un estudio al que se denominó “Experimento Milgram” que se llevó a cabo en EEUU. Se introducía en una cámara a estudiantes universitarios a los que se le explicaba que los sujetos que estaban detrás del vidrio tenían problemas para estudiar y si se les aplicaba una pequeña descarga eléctrica mejorarían. Obviamente la descarga no era veraz sino que en realidad lo que se quería probar era “la obediencia debida” El que dirigía el experimento solicitaba al estudiante que, ante los errores de los sujetos, aumentara el voltaje. A pesar de los gritos de las personas que supuestamente eran atravesadas por la electricidad, una gran parte de los que llevaban adelante el experimento subieron el voltaje a límites insospechables.
La pregunta que surge de este experimento y que nos compete totalmente, es hasta donde lo que se busca con la violencia es la puesta en juego del odio, y hasta donde -y a mí me parece mucho mas terrible aún- la indiferencia ante el otro, la falta de empatía, la anulación de la subjetividad del otro, que posibilita que se ejecuten los actos más aberrantes contra la raza humana, amparándome en la obediencia debida y sin sensación de culpa por el daño al objeto.
Es en este sentido que rescato la noción que tan magistralmente nos describe Giorgio Agamben en su libro “Lo que queda de Auschwitz””. En este texto se utiliza la acepción jurídica del Derecho Romano del Homo Sacer en el sentido del sujeto que es pasible de ser aniquilado sin costo penal ni jurídico para el que lo lleva cabo.
Comentando Ricardo Forester los dos textos de Agamben “Homo Sacer” y “Lo que queda de Auschwitz” dice: “el Homo Sacer el puro sujeto de la exclusión. Todos los súbditos son potencialmente nuda vida. El verdadero poder del soberano es que todo sujeto es pasible de ser matado. Agamben se pregunta quienes constituyen la nuda vida en las democracias” y desde este lugar puedo pensar que quienes lo constituyen son las mujeres, entre otros grupos violentados. Tanto los judíos en el régimen nazi como las mujeres en esta cultura son el “Homo sacer”, los objetos de aniquilación.
Dice Hitler, en un discurso pronunciado el 8 de octubre 1935: “Me veo como el más independiente de los hombres; no estoy obligado a nadie, en deuda con nadie, solo respondo ante mi propia conciencia”.
Todos los psicoanalistas sabemos que el no estar en relación a ningún objeto permitiría no solamente la vivencia de las mas absoluta soledad sino y en este sentido me parece muy importante analizar esta frase, la mas absoluta omnipotencia, la que despierta los afectos más desmesurados, la que no tiene límite, la que me permite convertir al otro en Homo Sacer.
Hasta donde la masculinidad hegemónica no está atravesada por la figura del soberano, “Soy la ley y estoy por fuera de ella, no tengo deuda con nadie”.
Para cerrar esta ponencia, no puedo dejar de mencionar lo que dijo una sobreviviente del Holocausto, “Ningún ser humano tendría que haber sido sometido a pasar por esto”, o lo que narra una victima de violencia refiriéndose al episodio de abuso en el cual su padre la quiso penetrar cuando tenía 5 años “Yo ahí conocí la sensación de la muerte”, Como decirles a estas personas que si esto fue posible, si tuvieron que pasar por esto es que dolorosamente habían sido dejado de ser consideradas seres humanos, habían pasado a pertenece al reino del Homo Sacer.

Bibliografía
Agamben, Giorgio: Lo que queda de Auschwitz, Pretextos, Valencia 2000
---------: El estado de excepción. Adriana Hidalgo Ed. Buenos Aires,2004
Bauman Zygmunt: Modernidad y Holocausto Ed. Sequitur 1997
Forester, Ricardo: “Después de Auschwitz. La persistencia de la barbarie”
www.ifs.csic.es/holocaus/textos
: “La política como barbarie: una lectura de Homo Sacer de Giorgio Agamben”. Sociedad. Facultad e Ciencias Sociales Diciembre 2001

Fridman, Irene: “La búsqueda del padre. El dilema de la masculinidad”. En Psicoanálisis y Género, Meler, I. y Tajer, D. (comps.), Buenos Aires, Lugar 2000

------: “El lado oscuro de la paternidad”, en El malestar en la diversidad. Ana Maria Daskal, (comp).Chile, Isis Internacional, 2000

-----: “Violencia entre varones. Violencia intragénero”, www. psiconet.com.
------: Conferencia: “Incesto: Efecto subjetivo en mujeres adultas”. Universidad Nacional Autónoma de México. Mayo 2005.
------: Conferencia “Incesto: Violencia de la desmentida”. Universidad Autónoma Metropolitana, Mayo 2005.
Conferencia: “Desde la trinchera. Trabajando con violencia sexual,” Foro de Psicoanálisis y Género, 2004
Kooz, Claudia: La conciencia nazi Ed. Paidós, Buenos Aires, 2005
Lagarde, Marcela. “Género y Poderes”. Heredia: Instituto de Estudios de la Mujer, Universidad Nacional Autónoma, 1995.
Obando Ana Elena, “Masculinidad, Procesos de Paz, Impunidad y Justicia” Noviembre 2004 Women´s Humans Rigth.Net
Fuente: Irene Fridman irenefrid@fibertel.com.ar

Guerra y sistema de géneros - Diana Maffía*

Agradezco a Irene Meler la audacia del tema con el que nos provocó en esta invitación, ya que fuera de la cuestión superficial de que “Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus” (nombre del best seller de John Gray, cuyo título previsiblemente juega con que Marte es el dios de la guerra y Venus la diosa del amor) me hizo pensar muchas maneras de ingresar a las identidades y relaciones de género contenidas en el tratamiento de la guerra como un problema de filosofía política.
Primero diré lo que no haré: No discutiré si la violencia es instintiva o aprendida, aunque estoy dispuesta a admitir que la agresividad es “natural” (dicho esto con muchas comillas) pero la violencia no. No analizaré si los varones son socializados para identificar masculinidad y violencia y las mujeres para identificarse como víctimas, aunque creo que es así. No relataré el modo en que los hombres marchan a la guerra, ni describiré el mito del guerrero, ni señalaré la victimización de mujeres ni los crímenes de guerra contra ellas, aunque todo esto merecería señalarse. No apelaré al mito de las amazonas como mujeres guerreras ni afirmaré que si las mujeres gobernaran no habría guerras (me encantaría decir esto último, pero acabamos de escuchar a Margaret Tatcher reivindicando los ataques en Malvinas). Voy a hacer algo mucho más modesto, que es tomar unas pocas reflexiones sobre la guerra en el análisis político y darles un giro por problemas que nos preocupan en el feminismo.
Efectivamente, si tomamos la primera definición de `guerra´ que cita Norberto Bobbio en su Diccionario de Política, “un contacto violento de magnitudes distintas, pero semejantes” (Wright, Q.) comenzamos a relacionar la guerra con un concepto intrínsecamente vinculado: la violencia. Violencia que en un primer momento se asocia con la fuerza armada, lo que (como bien aclara el autor) restringe jurídicamente el concepto de guerra. De la misma manera que en la violencia entre los géneros, la definición exclusivamente física de la violencia restringe la consideración de quiénes son las víctimas.
Vamos a detenernos un momento en esta primera estación. Es muy importante la definición, porque de ella depende el amparo y las consecuencias jurídicas a nivel nacional e internacional. Distinguir el “estado de guerra” del “estado de paz” permite saber cuándo se aplica el derecho bélico y cuándo no, saber cuándo las víctimas serán amparadas por ese derecho y cuándo no. Por lo tanto, si quienes redactan el derecho son los mismos que sistemáticamente ganan las guerras por su mayor poder de fuego, y los mismos que disponen de otros medios para coaccionar a favor de sus intereses, comenzamos a pensar que tal vez la definición parcial no es inocente.
Y aquí comenzamos nuestra analogía entre género y guerra: el monopolio patriarcal de la violencia es también el monopolio del derecho. Avanzamos con Bobbio en la crítica: “En la actualidad, en efecto, la fuerza ya no se manifiesta (o ya no se concibe) únicamente en términos militares sino en términos económicos, psicológicos y de otro tipo. El hecho es, sin embargo, que las normas de derecho bélico sólo pueden aplicarse actualmente al fenómeno de la guerra entendida como contacto violento a través de la fuerza armada. Todos los demás tipos de guerra (guerra psicológica o guerra fría, guerra económica, etc.) que también influyen grandemente en las relaciones internacionales actuales, quedan fuera de esta norma específica”.
Veamos, por un lado la sugerente afirmación de que la fuerza ya no se “manifiesta” o “concibe” en términos militares. En nuestra analogía, podríamos decir que la violencia sólo se nos “manifestará” de manera amplia cuando hemos aprendido a interpretar los hechos diversos (a “concebirlos”, y por lo tanto a nombrarlos) como expresiones de un mismo patrón. Un patrón de poder que se impone por la fuerza. El aspecto psicológico, de aislamiento, de amenaza, de restricciones económicas, son tanto expresiones de violencia bélica como de violencia interpersonal, pero para comprenderlo hemos debido ampliar nuestra visión original. La idea, por otra parte, de que la violencia no es unilateral en la guerra, sino que requiere un contacto y una semejanza en la diversidad, sugiere que a la violencia se le opone una resistencia, con cierta equivalencia aunque en términos diferentes (recordemos: “un contacto violento de magnitudes distintas, pero semejantes”). Esa resistencia, en términos de género, podría ser la de no aceptar el lugar y el rol que el sistema ha establecido, la de poner en riesgo las relaciones de poder, la de poner en duda la naturalidad de la jerarquía o pretender desconocerla.
Cuando en su clásico tratado sobre el tema, Von Clausewitz sostiene que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, nos enfrenta a un dilema sobre las herramientas, no sobre las relaciones de poder. Si la política logra mantener la hegemonía a través de la diplomacia y el derecho, persuadiendo a cada uno de su lugar y su rol, consiguiendo la aceptación de las prevalencias, y acciones consecuentes con esa aceptación, la guerra no será necesaria. Cuando estalla, es por un lado el fracaso de la política y por otro la insistencia del dominio. Si la política no incluye los intereses y experiencias de todos los grupos sociales, si las instituciones formales son el modo en que los grupos hegemónicos administran sus propios intereses excluyendo al resto, podríamos decir en sentido inverso que “la política es la continuación de la guerra por otros medios”, donde el vencido paga interminablemente su tributo.
En la “guerra de los sexos” -por usar una metáfora que no me agrada- perdimos las mujeres; y el Estado moderno, la ciencia, el derecho, las religiones monoteístas y la política continúan manteniendo las cosas (y los sexos) en orden. Como en el muy antiguo pero inspirador “arte de la guerra” señala paradojalmente Sun Tzu, el vencedor será el que ni siquiera ha debido recurrir al enfrentamiento, porque pudo imponer su moral e infundir el miedo suficiente como para que su enemigo lo considere ganador sin dar batalla.
La “guerra de los sexos” se libra así en nuestras cabezas, y las mujeres somos vencidas cuando aceptamos las jerarquías de género sin dudar. Esta violencia simbólica nos disciplina de tal manera que cuando una mujer no obedece a este implícito y se rebela, y como consecuencia sobreviene una respuesta violenta, se la justificará diciendo que han debido “ponerla en su lugar” y “enseñarle quién manda”.
Es interesante contrastar el “estado de guerra” con el “estado de paz” (aquél en el que no se aplica el derecho bélico, que es de excepción, sino el derecho tradicional). ¿Cuál es para las mujeres la vida en estado de guerra y en estado de paz? Curiosamente, a lo largo del siglo XX que ha sido muy pródigo en guerras crueles, las mujeres lograron avances sociales y laborales en sus comunidades en todos aquellos terrenos abandonados por los hombres que iban al frente de batalla. La guerra les permitió mostrar que eran capaces en muchos rubros que les estaban vedados por su condición de mujeres. Les permitió mantener funcionando el mundo de la vida cotidiana y también el de la producción y la administración. El fin de las guerras significó el retorno a las funciones domésticas propias de los “tiempos de paz”. Esas funciones ponían entonces de manifiesto toda su arbitrariedad.
Suele diferenciarse en ciencias políticas un sentido negativo y uno positivo de la paz. La paz “negativa” es un término genérico para la ausencia de guerra, cuando los estados cesan las hostilidades. La paz “positiva” implica que esos estados han regulado sus futuras relaciones, han instaurado jurídicamente condiciones de estabilidad, y es entonces no sólo una conclusión sino una solución. Pero si guerra y paz en sentido negativo se excluyen (porque la paz es interpretada como “no-guerra”), guerra y paz en sentido positivo admiten un espacio intermedio de tregua o armisticio donde ya no hay guerra pero todavía no se ha construido activamente la paz. Es muy importante que la paz, para ser positiva, sea una paz justa y no meramente dictada por el vencedor.
Si continuamos, entonces, con nuestra metáfora de la “guerra de los sexos”, proponemos distinguir también entre una “paz de los sexos” negativa y otra positiva. Podríamos entonces las mujeres alegrarnos de las muchas formas de institucionalización de la equidad entre los sexos que se han logrado en los últimos 20 años, y que haría entonces sustentable una situación crecientemente más justa. Las mujeres vamos consiguiendo lugares de protagonismo y de poder en ese sistema que parecía funcionar sólo para la opresión. La guerra ha concluido y estamos construyendo las herramientas para una paz duradera.
La extensión e intensificación de los estudios de género, el interés que representan no sólo para las mujeres sino para los grandes sistemas de poder como los organismos multilaterales de crédito, podría ser una señal de profundo cambio… o escépticamente una señal de alarma. ¿Por qué aquellos sistemas de explotación imperial, que no dudaron en apoyar dictaduras y permitir crímenes sistemáticos contra las mujeres en guerras siniestras, prestarían hoy crédito a nuestra palabra y nuestras experiencias, nos darían oportunidades sin oponer resistencia, dejarían en nuestras manos altas responsabilidades políticas y económicas?
Es común que nos pregunten a las feministas si nos alegramos cuando alguna mujer llega a ocupar un alto cargo en el Estado. Yo suelo responder que el feminismo es una posición política que tiene que ver con las relaciones de poder, y no con las hormonas. Por lo que si bien por argumentos de justicia distributiva está muy bien que mujeres y varones participemos en todas las esferas de decisión, es importante saber qué poderes se están preservando con nuestra presencia. Aquí también es inspirador leer a Sun Tzu, en el capítulo XIII de su libro El Arte de la Guerra, donde nos habla de la discordia y la concordia, y de la importancia de conocer al “adversario” (cito parte de su texto) porque ese conocimiento “posibilita a un gobierno inteligente y a un mando militar sabio vencer a los demás y lograr triunfos extraordinarios con esa información esencial.
La información previa no puede obtenerse de fantasmas ni espíritus, ni se puede tener por analogía, ni descubrir mediante cálculos. Debe obtenerse de personas; personas que conozcan la situación del adversario (...)
Existen cinco clases de espías: el espía nativo, el espía interno, el doble agente, el espía liquidable, y el espía flotante”.
Sé que lo que voy a decir es muy chocante, pero creo que deberíamos pensar si en esta presunta construcción de paz positiva, en esta gobernabilidad de género que consiste no tanto en cambiar las subjetividades como en cambiar las formas, muchas mujeres no actuamos –voluntaria o involuntariamente- como espías del patriarcado, y entonces transformando la política en continuación de la guerra, favoreciendo al opresor y no a la resistencia contrahegemónica. Por cierto la sospecha no se aplica sólo a las mujeres, pero hoy quiero hablar de mis propios riesgos como feminista.
Sigamos leyendo a Sun Tzu:
“Los espías nativos se contratan entre los habitantes de una localidad. Los espías internos se contratan entre los funcionarios enemigos. Los agentes dobles se contratan entre los espías enemigos. Los espías liquidables transmiten falsos datos a los espías enemigos. Los espías flotantes vuelven para traer sus informes.
Entre los funcionarios del régimen enemigo, se hallan aquéllos con los que se puede establecer contacto y a los que se puede sobornar para averiguar la situación de su país y descubrir cualquier plan que se trame contra ti, también pueden ser utilizados para crear desavenencias y desarmonía.
(…) Si no se trata bien a los espías, pueden convertirse en renegados y trabajar para el enemigo. No se pueden utilizar a los espías sin sagacidad y conocimiento; no puede uno servirse de espías sin humanidad y justicia, no se puede obtener la verdad de los espías sin sutileza. Ciertamente, es un asunto muy delicado. (…)
Debes buscar a agentes enemigos que hayan venido a espiarte, sobornarlos e inducirlos a pasarse a tu lado, para poder utilizarlos como agentes dobles. Con la información obtenida de esta manera, puedes encontrar espías nativos y espías internos para contratarlos. Con la información obtenida de éstos, puedes fabricar información falsa sirviéndote de espías liquidables. Con la información así obtenida, puedes hacer que los espías flotantes actúen según los planes previstos.
Es esencial para un gobernante conocer las cinco clases de espionaje, y este conocimiento depende de los agentes dobles; así pues, éstos deben ser bien tratados. (…) No será ventajoso para el ejército actuar sin conocer la situación del enemigo, y conocer la situación del enemigo no es posible sin el espionaje.”
El movimiento feminista latinoamericano tuvo a mediados de los `90 una fuerte discusión entre posiciones a las que denominó “autónomas” e “institucionalizadas”, en la sospecha de que luchadoras e intelectuales brillantes del feminismo que estaban siendo incorporadas por los gobiernos y los organismos internacionales a sus cuadros, con argumentos de profundización democrática, no resultarían en cambio más que en el debilitamiento del movimiento de mujeres, y en la cooptación de sus metodologías y lenguaje, para reestablecer relaciones de poder y dominio sobre nosotras como colectivo.
Y es que guerra y política tienen que ver muchas veces con el mismo designio. Como dice Umberto Gori “La política, ´inteligencia del estado personificado`, utiliza dos instrumentos: la diplomacia y la guerra. Pero si los medios son diversos, el designio que guía la acción es único. La diplomacia se retira cuando sus objetivos sólo pueden alcanzarse a través de la fuerza armada, dispuesta a dejar sentir nuevamente su peso, no bien se considere posible. El fin, en una palabra, no es la anulación completa del contrincante sino la modificación de alguna de sus motivaciones” (BOBBIO, 2006, p.738).
Es relevante, si retomamos nuestra metáfora de la “guerra de los sexos”, y poniendo el acento sobre el objetivo de esta guerra, la afirmación última de que el fin no es la anulación completa del contrincante, sino el cambio, la modificación de sus motivaciones. No se trata de eliminar a las mujeres sino de subyugarlas. Esto diferencia una guerra animal de una guerra humana, una guerra entre contrincantes de distintas especies de una entre miembros de una misma especie, una guerra destinada al equilibrio biológico de una destinada al cambio social y político.
Sin embargo, si de cambios y no de destrucción se trata, como dice Q. Wright “aunque la guerra tuviera la función de asegurar cambios en la sociedad, su efecto último ha sido el de producir oscilaciones en el surgimiento y en la caída de los estados y de las civilizaciones. Cualquier evolución persistente que se haya producido en la historia de la humanidad, no se ha debido tanto a la guerra sino al pensamiento. Los Alejandro, los César, los Napoleón, han producido oscilaciones. Los Aristóteles, los Arquímedes, los Agustín, los Galileo, han producido progreso”.
Todas las referencias de Wright son masculinas. Por eso me permito traer la mención de dos mujeres que vivieron en guerra y pensaron en ello. Rosa Luxemburgo, que pocos años antes de la primera guerra mundial advirtió la trampa que se tendía, aunque sus compañeros socialistas lo reconocieron muy tarde. Y Hannah Arendt, a quien el nazismo dejó una marca tan profunda que todo su pensamiento se transformó en una búsqueda para contrarrestar el totalitarismo. Ambas defienden la paz positiva, y ambas sin embargo defienden la revolución. Porque la revolución implica libertad, y no sólo liberación de una opresión determinada. Implica novedad y origen de algo diferente, cualidad que sólo la acción humana puede aportar.
El problema no es desear el cambio sino tomar a un sujeto complejo y limitarlo a uno de sus rasgos, generar alteridades absolutas e identidades absolutas. Porque entonces eliminar el rasgo temido tiene el precio de eliminar al otro o a la otra. Los sujetos, como las naciones, tenemos fronteras; y muchas veces el aspecto visible de esas fronteras que separan lo propio de lo ajeno está en los cuerpos. Las fronteras, con todo, son lugares de encuentro con lo diferente, lugares de confluencia, semiotizados por la cultura que permite traducciones y multilingüismos para vincularnos con lo que está fuera de nuestro territorio. Accedemos así al otro y a la otra sin violarlo, sin aniquilarlo en su diferencia.
Los múltiples ejes de la identidad, sus múltiples enraizamientos, nos agrupan de modo diverso en la misma sociedad. Cuando una comunidad exalta un rasgo particular (religioso, nacional, étnico, sexual) como determinante de la identidad, construye un muro donde antes había una frontera. Un muro que me separa del otro o de la otra y obstruye las afinidades con esos otros en términos de distintos rasgos compartidos. Cuando las mujeres nos concebimos como colectivo diverso, es que encontramos que luchar contra la opresión de género requiere traspasar el muro que hace de una mujer israelí y una palestina, una norteamericana y una mexicana, una africana y una española, una norcoreana y otra surcoreana, sujetos que en sus diferencias dejan de pensarse como mujeres, sometidas a prioridades que no siempre han establecido, que impiden denunciar su sistemática y global subordinación y que en lo interno fundamentalmente no cambian su sometimiento por libertades.
Soy pacifista, pero como Arendt y Luxemburgo creo que hacen falta revoluciones. El encuentro con los cuerpos diversos en términos de fronteras múltiples, la condición de humanidad que lejos de ser abstracta permita que cada uno y cada una enuncie sus enraizamientos, una definición de poder que no signifique dominio sino capacidad, la libertad que consiste no sólo en adquirir lo que se desea como producto en una góndola que oferta y condiciona, sino en que todos y todas aprendamos a desear libremente con la mente bien abierta, son algunas de las convicciones que guarda mi frontera para compartir pacíficamente hoy con ustedes independientemente de su sexo, pero incluyéndolo.

BIBLIOGRAFIA
ARENDT, Hanna, Sobre la Revolución
BOBBIO N. et. al. (1997) Diccionario de Política, Madrid/México, Siglo Veintiuno Editores, 10º edición 1997
SUN TZU, El arte de la guerra, Madrid, Trotta, 5º edición 2006
VON CLAUSEWITZ, K. (1976) De la guerra, Barcelona, Labor
WRIGHT, Q.: citado por Bobbio, pag 737

* Instituto Hannah Arendt - www.institutoarendt.com.ar
Trabajo presentado por Diana Maffía en el Foro de Psicoanálisis y Género de APBA.

Historia de la sexualidad - La voluntad del saber - Michele Foucault

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD. 1.

La VOLUNTAD DE SABER.
Por
Michel Foucault.

ÍNDICE.



I. NOSOTROS, LOS VICTORIANOS 7.

II. La Hipótesis REPRESIVA 23.
1. La incitación a los Discursos 25.
2. La implantación perversa 48.

III. SCIENTIA SEXUALIS 65.

IV. El DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD 93.
1. La apuesta 99.
2. Método 112.
3. Dominio 126.
4. Periodización 140.

V. DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE

La VIDA 161.








[5].

I. NOSOTROS, LOS VICTORIANOS.











Mucho tiempo habríamos soportado, y padeceríamos aún hoy, un régimen victoriano. " gazmoñería imperial figuraría en el blasón de nuestra sexualidad retenida, muda, hipócrita.
Todavía a comienzos del siglo XVII era moneda corriente, se dice, cierta franqueza. Las prácticas no buscaban el secreto; las palabras se decían sin excesiva reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de lo grosero, de lo obsceno y de lo indecente, si se los compara con los del siglo XIX, eran muy laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, transgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, niños desvergonzados vagabundeando sin molestia ni escándalo entre las risas de los adultos: los cuerpos se pavoneaban.
A ese día luminoso habría seguido un rápido crepúsculo hasta llegar a las noches monótonas de la burguesía victoriana. Entonces la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda. La familia conyugal la confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En torno al sexo, silencio. Dicta la ley la pareja legítima y procreadora. Se impone como modelo, hace valer la norma, detenta la verdad, retiene el derecho de hablar -reservándose el principio del secreto. Tanto en el espacio social como en el corazón de cada hogar existe un único lugar de sexualidad reconocida, utilitaria y fecunda: la alcoba de los padres. El resto no tiene más que esfumarse; la

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conveniencia de las actitudes esquiva los cuerpos, la decencia de las palabras blanquea los discursos. Y el estéril, si insiste y se muestra demasiado, vira a lo anormal: recibirá la condición de tal y deberá pagar las correspondientes sanciones.
Lo que no apunta a la generación o está transfigurado por ella ya no tiene sitio ni ley. Tampoco verbo. Se encuentra a la vez expulsado, negado y reducido al silencio. No sólo no existe sino que no debe existir y se hará desaparecer a la menor manifestación -actos o palabras. Por ejemplo, es sabido que los niños carecen de sexo: razón para prohibírselo, razón para impedirles que hablen de él, razón para cerrar los ojos y taparse los oídos en todos los casos en que lo manifiestan, razón para imponer un celoso silencio general. Tal sería lo propio de la represión y lo que la distingue de las prohibiciones que mantiene la simple ley pena]: funciona como una condena de desaparición, pero también como orden de silencio, afirmación de inexistencia, y, por consiguiente, comprobación de que de todo eso nada hay que decir, ni ver, ni saber. Así marcharía, con su lógica baldada, la hipocresía de nuestras sociedades burguesas. Forzada, no obstante, a algunas concesiones. Si verdaderamente hay que hacer lugar a las sexualidades ilegítimas, que se vayan con su escándalo a otra parte: allí donde se puede reinscribirlas, si no en los circuitos de la producción, al menos en los de la ganancia. El burdel y el manicomio serán esos lugares de tolerancia: la prostituta, el cliente y el rufián, el psiquiatra y su histérico -esos .,otros victorianos", diría Stephen Marcua parecen haber hecho pasar subrepticiamente el placer que no se menciona al orden de las cosas que se

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contabilizan; las palabras y los gestos, autorizados entonces en sordina, se intercambian al precio fuerte. únicamente allí el sexo salvaje tendría derecho a formas de lo real, pero fuertemente insularizadas, y a tipos de discursos clandestinos, circunscritos, cifrados. En todos los demás lugares el puritanismo moderno habría impuesto su triple decreto de prohibición, inexistencia y mutismo.
¿Estaríamos ya liberados de esos dos largos siglos donde la historia de la sexualidad debería leerse en primer término como la crónica de una represión creciente? Tan poco, se nos dice aún. Quizáá por Freud. Pero con qué circunspección, qué prudencia médica, qué garantía científica de inocuidad, y cuántas precauciones para mantenerlo todo, sin temor de "desbordamiento", en el espacio más seguro y discreto, entre diván y discurso: aún otro cuchicheo en un lecho que produce ganancias. ¿Y podría ser de otro modo? Se nos explica que si a partir de la edad clásica la represión ha sido, por cierto, el modo fundamental de relación entre poder, saber y sexualidad, no es posible liberarse sino a un precio considerable: haría falta nada menos que una transgresión de las leyes, una anulación de las prohibiciones, una irrupción de la palabra, una restitución del placer a lo real y toda una nueva economía en los mecanismos del poder; pues el menor fragmento de verdad está sujeto a condición política. Efectos tales no pueden pues ser esperados de una simple práctica médica ni de un discurso teórico, aunque fuese riguroso. Así, se denuncia el conformismo de Freud, las funciones de normalización del psicoanálisis, tanta timidez bajo los arrebatos de Reich, y todos los efectos de integración asegurados por la "ciencia"





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del sexo o las prácticas, apenas sospechosas, de la sexología.
Bien se sostiene este discurso sobre la moderna represión del sexo. Sin duda porque es fácil de sostener. Lo protege una seria caución histórica y política; al hacer que nazca la edad de la represión en el siglo XVII, después de centenas de años de aire libre y libre expresión, se lo lleva a coincidir con el desarrollo del capitalismo: formaría parte del orden burgués. La pequeña crónica del sexo y de sus vejaciones se traspone de inmediato en la historia ceremoniosa de los modos de producción; su futilidad se desvanece. Del hecho mismo parte un principio de explicación: si el sexo es reprimido con tanto rigor, se debe a que es incompatible con una dedicación al trabajo general e intensiva; en la época en que se explotaba sistemáticamente la fuerza de trabajo, ¿se podía tolerar que fuera a dispersarse en los placeres, salvo aquellos, reducidos a un mínimo, que le permitiesen reproducirse? El sexo y sus efectos quizá no sean fáciles de descifrar; -su represión, en cambio, así restituida, es fácilmente analizable. Y la causa del sexo @e su libertad, pero también del conocimiento que de él se adquiere y del derecho que se tiene a hablar de él- con toda legitimidad se encuentra enlazada con el honor de una causa política: también el sexo se inscribe en el porvenir. Quizá un espíritu suspicaz se preguntaría si tantas precauciones para dar a la historia del sexo un padrinazgo tan considerable no llevan todavía la huella de los viejos pudores: como si fueran necesarias nada menos que esas correlaciones valorizantes para que ese discurso pueda ser pronunciado o recibido.

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Pero tal vez hay otra razón que torna tan gratificante para nosotros el formular en términos de represión las relaciones del sexo y el poder: lo que podría llamarse el beneficio del locutor. Si el sexo está reprimido, es decir, destinado a la prohibición, a la inexistencia y al mutismo, el solo hecho de hablar de él, y de hablar de su represión, posee como un aire de transgresión deliberada. Quien usa ese lenguaje hasta cierto punto se coloca fuera del poder; hace tambalearse la ley; anticipa, aunque sea poco, la libertad futura. De ahí esa solemnidad con la que hoy se habla del sexo. Cuando tenían que evocarlo, los primeros demógrafos y los psiquiatras del siglo XIX estimaban que debían hacerse perdonar el retener la atención de sus lectores en temas tan bajos y fútiles. Después de decenas de años, nosotros no hablamos del sexo sin posar un poco: consciencia de desafiar el orden establecido, tono de voz que muestra que uno se sabe subversivo, ardor en conjurar el presente y en llamar a un futuro cuya hora uno piensa que contribuye a apresurar. Algo de la revuelta, de la libertad prometida y de la próxima época de otra ley se filtran fácilmente en ese discurso sobre la opresión del sexo. En el mismo se encuentran reactivadas viejas funciones tradicionales de la profecía. Para mañana el buen sexo. Es porque se afirma esa represión por lo que aún se puede hacer coexistir, discretamente, lo que el miedo al ridículo o la amargura de la historia impiden relacionar a la mayoría de nosotros: la revolución y la felicidad; o la revolución y un cuerpo otro, más nuevo, más bello; o incluso la revolución y el placer. Hablar contra los poderes, decir la verdad y prometer el goce; ligar entre sí

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la iluminación, la liberación y multiplicadas voluptuosidades; erigir un discurso donde se unen el ardor del saber, la voluntad de cambiar la ley y el esperado jardín de las delicias: he ahí indudablemente lo que sostiene en nosotros ese encarnizamiento en hablar del sexo en términos de represión; he ahí lo que quizá también explica el valor mercantil atribuido no sólo a todo lo que del sexo se dice, sino al simple hecho de prestar el oído a aquellos que quieren eliminar sus efectos. Después de todo, somos la única civilización en la que ciertos encargados reciben retribución para escuchar a cada cual hacer confidencias sobre su sexo: como si el deseo de hablar de él y el interés que se espera hubiesen desbordado ampliamente las posibilidades de la escucha, algunos han puesto sus oídos en alquiler.
Pero más que esa incidencia económica, me parece esencial la existencia en nuestra época de un discurso donde el sexo, la revelación de la verdad, el derrumbamiento de la ley del mundo, el anuncio de un nuevo día y la promesa de cierta felicidad están imbricados entre sí. Hoy es el sexo lo que sirve de soporte a esa antigua forma, tan familiar e importante en occidente, de la predicación. Una gran prédica sexual -que ha tenido sus teólogos sutiles y sus voces populares- ha recorrido nuestras sociedades desde hace algunas decenas de años; ha fustigado el antiguo orden, denunciado las hipocresías, cantado el derecho de lo inmediato y de lo real; ha hecho soñar con otra ciudad. Pensemos en los franciscanos. Y preguntémonos cómo ha podido suceder que el lirismo y la religiosidad que acompañaron mucho tiempo al proyecto revolucionario, en las sociedades indus-

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triales y occidentales se hayan vuelto, en buena parte al menos, hacia el sexo.
La idea del sexo reprimido no es pues sólo una cuestión de teoría. La afirmación de una sexualidad que nunca habría sido sometida con tanto rigor como en la edad de la hipócrita burguesía, atareada y contable, va aparejada al énfasis de un discurso destinado a decir la verdad sobre el sexo, a modificar su economía en lo real, a subvertir la ley que lo rige, a cambiar su porvenir. El enunciado de la opresión y la forma de la predicación se remiten el uno a la otra; recíprocamente se refuerzan. Decir que el sexo no está reprimido o decir más bien que la relación del sexo con el poder no es de represión corre el riesgo de no ser sino una paradoja estéril. No consistiría únicamente en chocar con una tesis aceptada. Consistiría en ir contra toda la economía, todos los "intereses" discursivos que la subtienden.
En este punto desearía situar la serie de análisis históricos de los cuales este libro es, a la vez, la introducción y un primer acercamiento: localiza. 1 de algunos puntos históricamente significación
vos y esbozos de ciertos problemas teóricos. Se trata, en suma, de interrogar el caso de una sociedad que desde hace más de un siglo se fustiga ruidosamente por su hipocresía, habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice, denuncia los poderes que ejerce y promete lucrarse de las leyes que la han hecho funcionar. Desearía presentar el panorama no sólo de esos discursos, sino de la voluntad que los mueve y de la intención estratégica que los sostiene. La pregunta que querría formular no
es: ¿por qué somos reprimidos?, sino: ¿por qué


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decimos con tanta pasión, tanto rencor contra nuestro pasado más próximo, contra nuestro presente y contra nosotros mismos que somos reprimidos? ¿Por qué espiral hemos llegado a afirmar que el sexo es negado, a mostrar ostensiblemente que lo ocultamos, a decir que lo silenciamos -y todo esto formulándolo con palabras explícitas, intentando que se lo vea en su más desnuda realidad, afirmándolo en la positividad de su poder y de sus efectos? Con toda seguridad es legítimo preguntarse por qué, durante tanto tiempo, se ha asociado sexo y pecado (pero habría que ver cómo se realizó esa asociación y cuidarse de decir global y apresuradamente que el sexo estaba ,, condenado"), mas habría que preguntarse también la razón de que hoy nos culpabilicemos tanto por haberlo convertido antaño en un pecado. ¿Por cuáles caminos hemos llegado a estar "en falta" respecto de nuestro propio sexo? ¿Y a ser una civilización lo bastante singular como para decirse que ella misma, durante mucho tiempo y aún hoy, ha "pecado" contra el sexo por abuso de poder? ¿Cómo ha ocurrido ese desplazamiento que, pretendiendo liberarnos de la naturaleza pecadora del sexo, nos abruma con una gran culpa histórica que habría consistido precisamente en imaginar esa naturaleza culpable y en extraer de tal creencia efectos desastrosos?
Se me dirá que si hay tantas personas actualmente que señalan esa represión, ocurre así porque, es históricamente evidente. Y que si hablan de ella con tanta abundancia y desde hace tanto tiempo, se debe a que la represión está profundamente anclada, que posee raíces y razones sólidas, que pesa sobre el sexo de manera tan rigurosa que

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una única denuncia no podría liberarnos; el trabajo sólo puede ser largo. Tanto más largo sin duda cuanto que lo propio del poder -y especialmente de un poder como el que funciona en nuestra sociedad- es ser represivo y reprimir con particular atención las energías inútiles, la intensidad de los placeres y las conductas irregulares. Era pues de esperar que los efectos de liberación respecto de ese poder represivo se manifestasen con lentitud; la empresa de hablar libremente del sexo y de aceptarlo en su realidad es tan ajena al hilo de una historia ya milenario, es además tan hostil a los mecanismos intrínsecos del poder, que no puede sino atascarse mucho tiempo antes de tener éxito en su tarea.
Ahora bien, frente a lo que yo llamaría esta "hipótesis represiva", pueden enarbolarse tres dudas considerables. Primera duda: ¿la represión del sexo es en verdad una evidencia histórica? Lo que a primera vista se manifiesta -y que por consiguiente autoriza a formular una hipótesis inicial : es la acentuación o quizá la instauración, a partir del siglo XVII, de un régimen de represión sobre el sexo? Pregunta propiamente histórica. Segunda duda: la mecánica del poder, y en particular la que está en juego en una sociedad como la nuestra, ¿pertenece en lo esencial al orden de la represión? ¿La prohibición, la censura, la denegación son las formas según las cuales el poder se ejerce de un modo general, tal vez, en toda sociedad, y seguramente en la nuestra? Pregunta históricoteórica. Por último, tercera duda: el discurso crítico que se dirige a la represión, ¿viene a cerrarle el paso a un mecanismo del poder que hasta entonces había funcionado sin discusión o bien for-
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ma parte de la misma red histórica de lo que denuncia (y sin duda disfraza) llamándolo "represión"? ¿Hay una ruptura histórica entre la edad de la represión y el análisis crítico de la Represión? Pregunta histórico-política. Al introducir estas tres dudas, no se trata sólo de erigir contrahipótesis, simétricas e inversas respecto de las primeras; no se trata de decir: la sexualidad, lejos de haber sido reprimida en las sociedades capitalistas y burguesas, ha gozado al contrario de un régimen de constante libertad; no se trata de decir: en sociedades como las nuestras, el poder es más tolerante que represivo y la crítica dirigida contra la represión bien puede darse aires de ruptura, con todo forma parte de un proceso mucho más antiguo que ella misma, y según el sentido en que se lea el proceso aparecerá como un nuevo episodio en la atenuación de las prohibiciones o como una forma más astuta o más discreta del poder.
"s dudas que quisiera oponer a la hipótesis represiva se proponen menos mostrar que ésta es falsa que colocarla en una economía general de los discursos sobre el sexo en el interior de las sociedades modernas a partir del siglo XVII. ¿Por qué se ha hablado de la sexualidad, qué se ha dicho? ¿Cuáles eran los efectos de poder inducidos por lo que de ella se decía? ¿Qué lazos existían entre esos discursos, esos efectos de poder y los placeres que se encontraban invadidos por ellos? ¿Qué saber se formaba a partir de allí? En suma, se trata de determinar, en su funcionamiento y 1
razones de ser, el régimen de poder-saber-placer que sostiene en nosotros al discurso sobre la sexualidad humana. De ahí el hecho de que el punto esencial (al menos en primera instancia) no sea







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saber si al sexo se le dice sí o no, si se formulan prohibiciones o autorizaciones, si se afirma su importancia o si se niegan sus efectos, si se castigan o no las palabras que lo designan; el punto esencial es tomar en consideración el hecho de que se habla de él, quiénes lo hacen, los lugares y puntos de vista desde donde se habla, las ínstituciones que a tal cosa incitan y que almacenan y difunden lo que se dice, en una palabra, el "hecho discursivo" global, la "puesta en discurso" del sexo. De ahí también el hecho de que el punto importante será saber en qué formas, a través de qué canales, deslizándose a lo largo de qué discursos llega el poder hasta las conductas más tenues y más individuales, qué caminos le permiten alcanzar las formas infrecuentes o apenas perceptibles del deseo, cómo infiltra y controla el placer cotidiano -todo ello con efectos que pueden ser de rechazo, de bloqueo, de descalificación, pero también de incitación, de intensificación, en suma: las "técnicas polimorfas del poder". De ahí, por último, que el punto importante no será determinar si esas producciones discursivas y esos efectos de poder conducen a formular la verdad del sexo o, por el contrario, mentiras destinadas a ocultarla, sino aislar y aprehender la "voluntad de saber" que al mismo tiempo les sirve de soporte y de instrumento.
Entendámonos: no pretendo que el sexo no haya sido prohibido o tachado o enmascarado o ignorado desde la edad clásica; tampoco afirmo que lo haya sido desde ese momento menos que antes. No digo que la prohibición del sexo sea una engañifa, sino que lo es trocarla en el elemento fundamental y constituyente a partir del cual se


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podría escribir la historia de lo que ha sido dicho a propósito del sexo en la época moderna. Todos esos elementos negativos -prohibiciones,,rechazos, censuras, denegaciones- que la hipótesis º
En suma, desearía desprender el análisis los ecoprivilegios que de ordinario se otorgan a nomía de escasez y a los principios de rarefacción, para buscar en cambio las instancias de producción discursiva (que ciertamente también manejan silencios), de producción de poder (cuya función es a veces prohibir), de las producciones de saber (que a menudo hacen circular errores o ignorancias sistemáticos) ; desearía hacer la historia de esas instancias y sus transformaciones. Pero una primera aproximación, realizada desde este punto de vista, parece indicar que desde el fin del siglo XVI la puesta en discurso" del sexo, lejos de sufrir un proceso de restricción, ha estado por el contrario sometida a un mecanismo de incitación creciente; que las técnicas de poder ejercidas sobre el sexo no han obedecido a un principio de selección rigurosa sino, en cambio, de diseminación e implantación de sexualidades polimorfas, y que la voluntad de saber no se ha detenido ante un tabú intocable sino que se ha encarnizado -a través, sin duda, de numerosos errores- en constituir una ciencia de la sexualidad. Son estos movimientos los que querría (pasando de alguna manera por

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detrás de la hipótesis represiva y de los hechos de prohibición o exclusión que invoca) hacer aparecer ahora de modo esquemático a partir de algunos hechos históricos que tienen valor de hitos.



II. La Hipótesis Represiva.

1. La Incitación a los Discursos.

Siglo XVII: sería el comienzo de una edad de represión, propia de las sociedades llamadas burguesas, y de la que quizá todavía no estaríamos completamente liberados. A partir de ese momento, nombrar el sexo se habría tornado más difícil y costoso. Como si para dominarlo en lo real hubiese sido necesario primero reducirlo en el campo del lenguaje, controlar su libre circulación en el discurso, expulsarlo de lo que se dice y apagar las palabras que lo hacen presente con demasiado vigor. Y aparentemente esas mismas prohibiciones tendrían miedo de nombrarlo. Sin tener siquiera que decirlo, el pudor moderno obtendría que no se lo mencione merced al solo juego de prohibiciones que se remiten las unas a las otras: mutismos que imponen el silencio a fuerza de callarse. Censura.
Pero considerando esos últimos tres siglos en sus continuas transformaciones, las cosas aparecen muy diferentes: una verdadera explosión discursiva en torno y a propósito del sexo. Entendámonos. Es bien posible que haya habido una depuración -y rigurosísima- del vocabulario autorizado. Es posible que se haya codificado toda una retórica de la alusión y de la metáfora. Fuera de duda, nuevas reglas de decencia filtraron las palabras: policía de los enunciados. Control, también, de las enunciaciones: se ha definido de manera mucho más estricta dónde y cuándo no era posible hablar
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del sexo; en qué situación, entre qué locutores, y en el interior de cuáles relaciones sociales; as! se han establecido regiones, si no de absoluto silencio' al menos de tacto y discreción: entre padres y niños, por ejemplo, o educadores y alumnos, patrones y sirvientes. Allí hubo, es casi seguro, toda una economía restrictiva, que se integra en esa política de la lengua y el habla -por una parte espontánea, por otra concertada- que acompañó las redistribuciones sociales de la edad clásica.
En desquite, al nivel de los discursos y sus dominios, el fenómeno es casi inverso. Los discursos sobre el sexo -discursos específicos, diferentes a la vez por su forma y su objeto- no han cesado de proliferar: una fermentación discursiva que se aceleró desde el siglo XVIII. No pienso tanto en la multiplicación probable de discursos "ilícitos", discursos de infracción que, con crudeza, nombran el sexo a manera de insulto o irrisión a los nuevos pudores; lo estricto de las reglas de buenas maneras verosímilmente condujo, como contraefecto, a una valoración e intensificación del habla indecente. Pero lo esencial es la multiplicación de discursos sobre el sexo en el campo de ejercicio del poder mismo: incitación institucional a hablar del sexo, y cada vez más; obstinación de las instancias del poder en oír hablar del sexo y en hacerlo hablar acerca del modo de la articulación explícita y el detalle infinitamente acumulado.
Sea la evolución de la pastoral católica y del sacramento de penitencia después del concilio de Trento. Poco a poco se vela la desnudez de las preguntas que formulaban los manuales de confesión de la Edad Media y buen número de las que aún tenían curso en el siglo XVII. Se evita entrar

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en esos pormenores que algunos, como Sánchez o Tamburini, creyeron mucho tiempo indispensables para que la confesión fuera completa: posición respectiva de los amantes, actitudes, gestos, cari-, cias, momento exacto del placer: todo un puntilloso recorrido del acto sexual en su operación misma. La discreción es recomendada con más y más insistencia. En lo relativo a los pecados contra la pureza es necesaria la mayor reserva: "Esta materia se asemeja a la pez, que de cualquier modo que se la manipule y aunque sólo sea para arrojarla lejos, sin embargo mancha y ensucia siempre." 1 Y más tarde Alfonso de Liguori prescribirá que conviene comenzar -sin perjuicio de reducirse a ello, sobre todo con los niños con preguntas "indirectas y algo vagas".2
Pero la lengua puede pulirse. La extensión de la confesión, y de la confesión de la carne, no deja de crecer. Porque la Contrarreforma se dedica en todos los países católicos a acelerar el ritmo de la confesión anual. Porque intenta imponer reglas meticulosas de examen de sí mismo. Pero sobre todo porque otorga cada vez más importancia en la penitencia -a expensas, quizá, de algunos otros pecados- a todas las insinuaciones de la carne: pensamientos, deseos, imaginaciones voluptuosas, delectaciones, movimientos conjuntos del alma y del cuerpo, todo ello debe entrar en adelante, y en detalle, en el juego de la confesión y de la dirección. Según la nueva pastoral, el sexo ya no debe ser nombrado sin prudencia; pero sus aspec-

1 P. Segneri, L'instruction du Pénitent, traducción -de 1695, p. 301.
2 A. de Liguori, Pratique des confesseurs (trad. francesa, 1854), p. 140.

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tos, correlaciones y efectos tienen que ser seguidos hasta en sus más finas ramificaciones: una sombra en una ensoñación, una imagen expulsada demasiado lentamente, una mal conjurada complicidad entre la mecánica del cuerpo y la complacencia del espíritu: todo debe ser dicho. Una evolución doble tiende a convertir la carne en raíz de todos los pecados y trasladar el momento más importante desde el acto mismo hacia la turbación, tan difícil de percibir y fonnular, del deseo; pues es un mal que afecta al hombre entero, y en las formas más secretas: "Examinad pues, diligentemente, todas las facultades de vuestra alma, la memoria, el entendimiento, la voluntad. Examinad también con exactitud todos vuestros sentidos... Examinad aún todos vuestros pensamientos, todas vuestras palabras y todas vuestras acciones. Incluso examinad hasta vuestros sueños, para saber si despiertos no les habéis dado vuestro consentimiento.. . Por último, no estiméis que en esta materia tan cosquillosa y peligrosa pueda haber algo insignificante o ligero." 3 Un discurso obligado y atento debe, pues, seguir en todos sus desvíos la línea de unión del cuerpo y el alma: bajo la superficie de los pecados, saca a la luz la nervadura ininterrumpida de la carne. Bajo el manto de un lenguaje depurado de manera que el sexo ya no pueda ser nombrado directamente, ese mismo sexo es tomado a su cargo (y acosado) por un discurso que pretende no dejarle ni oscuridad ni respiro.
Es quizá entonces cuando se impone por primera vez, en la forma de una coacción general, esa conminación tan propia del occidente moderno.
3 P. Segneri, loc. cit, pp. 301-302.

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No hablo de la obligación de confesar las infracciones a las leyes del sexo, como lo exigía la penitencia tradicional; sino de la tarea, casi infinita, de decir, de decirse a sí mismo y de decir a algún otro, lo más frecuentemente posible, todo lo que puede concernir al juego de los placeres, sensaciones y pensamientos innumerables que, a través del alma y el cuerpo, tienen alguna afinidad con el sexo. Este proyecto de una "puesta en discurso" del sexo se había formado hace mucho tiempo, en una tradición ascética y monástico. El siglo XVII lo convirtió en una regla para todos. Se dirá que, en realidad, no podía aplicarse sino a una reducidísima élite; la masa de los fieles que no se confesaban sino raras veces en el año escapaban a prescripciones tan complejas. Pero lo importante, sin duda, es que esa obligación haya sido fijada al menos como punto ideal para todo buen cristiano. Se plantea un imperativo: no sólo confesar los actos contrarios a la ley, sino intentar convertir el deseo, todo el deseo, en discurso. Si es posible, nada debe escapar a esa formulación, aunque las palabras que emplee deban ser cuidadosamente neutralizadas. La pastoral cristiana ha inscrito como deber fundamental llevar todo lo tocante al sexo al molino sin fin de la palabra .4 La prohibición de determinados vocablos, la decencia de las expresiones, todas las censuras al vocabulario podrían no ser sino dispositivos secundarios respecto de esa gran sujeción: maneras de tornarla moralmente aceptable y técnicamente útil.
4 La pastoral reformada, aunque de manera más discreta, también ha formulado reglas acerca del discurso sobre el sexo. Esto será desarrollado en el siguiente volumen, La carne y el cuerpo.

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Podría trazarse una línea recta que iría desde la pastoral del siglo XVII hasta lo que fue su proyección en la literatura, y en la literatura "escandalosa". Decirlo todo, repiten los directores: "no sólo los actos consumados sino las caricias sensuales, todas las miradas impuras, todas las palabras obscenas. . ., todos los pensamientos consentidos ". 5 Sade vuelve a lanzar la conminación en términos que parecen transcritos de los tratados de guía espiritual: "Vuestros relatos necesitan los detalles más grandes y extensos; no podemos juzgar en qué la pasión que nos contáis atañe a las costumbres y caracteres del hombre sino en la medida en que no disfracéis circunstancia alguna; por lo demás, las menores circunstancias son infinitamente útiles para lo que esperamos de vuestros relatos." 11 Y en las postrimerías del siglo XIX el anónimo autor de My Secret Life se sometió también a la misma prescripción; sin duda fue, al menos en apariencia, una especie de libertino tradicional; pero a esa vida que había consagrado casi por entero a la actividad sexual, tuvo la idea de acompañarla con el más meticuloso relato de cada uno de sus episodios. Se excusa a veces haciendo valer su preocupación de educar a los jóvenes, él que hizo imprimir sólo algunos ejemplares de sus once volúmenes dedicados a las menores aventuras, placeres y sensaciones de su sexo; vale más creerle cuando deja infiltrarse en su texto la voz del puro imperativo: "Narro los hechos como se produjeron, en la medida en que puedo recordarlos; es
5 A. de Liguori, Preceptes sur le sixiéme commandement (trad. 1835), p. 5.
6 D.-A. de Sade, Les 120 journées de Sodome, ed. Pauvert, I, pp. 139-140.

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todo lo que puedo hacer"; "una vida secreta no debe presentar ninguna omisión; no hay nada de lo cual avergonzarse (... ) jamás se conocerá demasiado la naturaleza humana' '.7 El solitario de la Vida secreta a menudo dice, para justificar las descripciones que ofrece, que sus más extrañas prácticas eran ciertamente comunes a millares de hombres sobre la superficie de la tierra. Pero el principio de la más extraña de esas prácticas, la que consiste en contarlas todas, en detalle y día tras día, había sido depositado en el corazón del hombre moderno dos buenos siglos antes. En lugar de ver en este hombre singular al evadido valiente de un "victorianismo" que lo constreñía al silencio, me inclinaría a pensar que, en una época donde dominaban consignas muy prolijas de discreción y pudor, fue el representante más directo y en cierto modo más ingenuo de una plurisecular conminación a hablar del sexo. El accidente histórico estaría constituido más bien por los pudores del "puritanismo victoriano"; serían en todo caso una peripecia, un refinamiento, un giro táctico en el gran proceso de puesta en discurso del sexo.
Más que su soberana, ese inglés sin identidad puede servir de figura central a la historia de una sexualidad moderna que en buena parte se forma ya con la pastoral cristiana. De modo opuesto a esta última, para él sin duda se trataba de aumentar las sensaciones que experimentaba gracias al pormenor de lo que decía de ellas; como Sade, él escribía, en el sentido fuerte de la expresión, 11 para su placer"; mezclaba cuidadosamente la redacción y la relectura de su texto con escenas eró-
7 An., My Secret Life, reeditado por Grove Press, 1964.

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ticas cuya repetición, prolongación y estímulo eran esa redacción y Represiva. Pero, después de todo, también la pastoral cristiana buscaba producir efectos específicos sobre el deseo, por el solo hecho de ponerlo, íntegra y aplicadamente, en discurso: efectos de dominio y desapego, sin duda, pero también efecto de reconversión espiritual, de retorno hacia Dios, efecto físico de bienaventurado dolor al sentir en el cuerpo las dentelladas de la tentación y el amor que se le resiste. Allí está lo esencial. Que el hombre occidental se haya visto desde hace tres siglos apegado a la tarea de decirlo todo sobre su sexo; que desde la edad clásica haya habido un aumento constante y una valoración siempre mayor del discurso sobre el sexo; y que se haya esperado de tal discurso -cuidadosamente analítico- efectos múltiples de desplazamiento, de intensificación, de Reorientación y de modificación sobre el deseo mismo. No sólo se ha ampliado el dominio de lo que se podía decir sobre el sexo y constreñido a los hombres a ampliarlo siempre, sino que se ha conectado el discurso con el sexo mediante un dispositivo complejo y de variados efectos, que no puede agotarse en el vínculo único con una ley de prohibición. ¿Censura respecto al sexo? Más bien se ha construido un artefacto para producir discursos sobre el sexo, siempre más discursos, susceptibles de funcionar y de surtir efecto en su economía misma.
Tal técnica quizá habría quedado ligada al destino de la espiritualidad cristiana o a la economía de los placeres individuales si no hubiese sido apoyada y Reimpulsada por otros mecanismos. Esencialmente, un "interés público". No una curiosidad o una sensibilidad nuevas; tampoco una

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nueva mentalidad. Sí, en cambio, mecanismos de poder para cuyo funcionamiento el discurso sobre el sexo -por razones sobre las que habrá que volver- ha llegado a ser esencial. Nace hacia el siglo XVIII una incitación política, económica y técnica a hablar del sexo. Y no tanto en forma de una teoría general de la sexualidad, sino en forma de análisis, contabilidad, clasificación y especificación, en forma de investigaciones cuantitativas o causases. Tomar "por su cuenta" el sexo, pronunciar sobre él un discurso no únicamente de moral sino de racionalidad, fue una necesidad lo bastante nueva como para que al principio se asombrara de sí misma y se buscase excusas. ¿Cómo un discurso de razón podría hablar de eso? "Rara vez los filósofos han dirigido una mirada tranquila sobre esos objetos colocados entre la repugnancia y el ridículo, donde se necesitaba evitar, a la vez, la hipocresía y el escándalo." 11 Y cerca de un siglo después, la medicina, de la cual se habría podido esperar que estuviese menos sorprendida ante lo que debía formular, también trastabilla en el momento de expresarse: "" sombra que envuelve esos hechos, la vergüenza y la repugnancia que inspiran, alejaron siempre la mirada de los observadores... Mucho> tiempo he dudado en hacer entrar en este estudio el cuadro nauseabundo. . . " o Lo esencial no está en todos esos escrúpulos, en el Amoralismo" que traicionan, en la hipocresía que en ellos se puede sospechar, sino en la reconocida necesidad de que hay que superarlos. Se debe hablar del sexo, se debe hablar públicamente y de
a Condorcet, citado por J. L. Flandrin, Familles, 1976. 9 A. Tardicu, Étude médico-légale sur les atientats aux mocurs, 1857, p. 114.



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un modo que no se atenga a la división de lo lícito y lo ilícito, incluso si el locutor mantiene para sí la distinción (para mostrarlo sirven esas solemnes declaraciones liminares) ; se debe hablar como de algo que no se tiene, simplemente, que condenar o tolerar, sino que dirigir-, que insertar en sistemas de utilidad, regular para el mayor bien de todos, hacer funcionar según un óptimo. El sexo no es cosa que sólo se juzgue, es cosa que se administra. Participa del poder público; solicita procedimientos de gestión; debe ser tomado a cargo por discursos analíticos. En el siglo XVIII el sexo llega a ser asunto de "policía". Pero en el sentido pleno y fuerte que se daba entonces a la palabra -no represión del desorden sino mejoría ordenada de las fuerzas colectivas e individuales: "Afianzar y aumentar con la sabiduría de sus reglamentos el poder interior del Estado, y como ese poder no consiste sólo en la República en general y en cada uno de los miembros que la componen, sino también en las facultades y talentos de todos los que le pertenecen, se sigue que la policía debe ocuparse enteramente de esos medios y de ponerlos al servicio de la felicidad pública. Ahora bien, no puede alcanzar esa meta sino gracias al conocimiento que tiene de esas diferentes ventajas." 110 Policía del sexo: es decir, no el rigor de una prohibición sino la necesidad de reglamentar el sexo mediante discursos útiles y públicos.
Nada más algunos ejemplos. En el siglo XVIII, una de las grandes novedades en las técnicas del poder fue el surgimiento, como problema econó-
lo J. von justi, Éléments genéraux de Police, trad. 1769,
p. 20.


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mico y político, de la "población": la población-riqueza, la población-mano de obra o capacidad de traba o, la población en equilibrio entre su propio crecimiento y los recursos de que dispone. Los gobiernos advierten que no tienen que vérselas con individuos simplemente, ni siquiera con un "pueblo", sino con una "población" y sus fenómenos específicos, sus variables propias: natalidad, morbilidad, duración de la vida, fecundidad, estado de salud, frecuencia de enfermedades, formas de alimentación y de vivienda. Todas esas variables se hallan en la encrucijada de los movimientos propios de la vida y de los efectos particulares de las instituciones: "Los Estados no se pueblan según la progresión natural de la propagación, sino en razón de su industria, de sus producciones y de las distintas instituciones... Los hombres se multiplican como las producciones del suelo y en proporción con las ventajas y recursos que encuentran en sus trabajos." 11 En el corazón de este problema económico y político de la población, el sexo: hay que analizar la tasa de natalidad, la edad del matrimonio, los nacimientos legítimos e ilegítimos, la precocidad y la frecuencia de las relaciones sexuales, la manera de tornarlas fecundas o estériles, el efecto del celibato o de las prohibiciones, la incidencia de las prácticas anticonceptivas -esos famosos "secretos funestos" que según saben los. demógrafos, en vísperas de la Revolución, son ya corrientes en el campo. Por cierto, hacía mucho tiempo que se afirmaba que un país debía estar poblado si quería ser rico y poderoso. Pero es la primera vez que,
11 C. J. Herbert, Fssai sur la police génerale des grains (1753), >p. 320-321.

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al menos de una manera constante, una sociedad afirma que su futuro y su fortuna están ligados no sólo al número y virtud de sus ciudadanos, no sólo a las reglas de sus matrimonios y a la organización de las familias, sino también a la manera en que cada cual hace uso de su sexo. Se pasa de la desolación ritual acerca del desenfreno sin fruto de los ricos, los célibes y los libertinos a un discurso en el cual la conducta sexual de la población es tomada como objeto de análisis y, a la vez, blanco de intervención; se va de las tesis masivamente poblacionistas de la época mercantil a tentativas de regulación más finas y mejor calculadas, que oscilarán, según los objetivos y las urgencias, hacia una dirección natalista o antinatalista. A través de la economía política de la población se forma toda una red de observaciones sobre el sexo. Nace el análisis de las conductas sexuales, de sus determinaciones y efectos, en el límite entre lo biológico y lo económico. También aparecen esas campañas sistemáticas que, más allá de los medios tradicionales -exhortaciones morales y religiosas, medidas fiscales- tratan de convertir el comportamiento sexual de las parejas en una conducta económica y política concertada. Los racismos de los siglos XIX y XX encontrarán allí algunos de sus puntos de anclaje. Que el Estado sepa lo que sucede con el sexo de los ciudadanos y el uso que le dan, pero que cada cual, también, sea capaz de controlar esa función. Entre el Estado y el individuo, el sexo ha llegado a ser el pozo de una apuesta, y un pozo público, invadido por una trama de discursos, saberes, análisis y conminaciones.
Igual ocurre en cuanto al sexo de los niños. Se dice con frecuencia que la edad clásica lo sometió

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a un ocultamiento del que no se desprendió antes de los Tres ensayos o las benéficas angustias del pequeño Hans. Es verdad que desapareció una antigua "libertad" de lenguaje entre niños y adultos, 0 alumnos y maestros. Ningún pedagogo del siglo XVII habría aconsejado públicamente a su discípulo sobre la elección de una buena prostituta, como lo hace Erasmo en sus Diálogos. Y las risas sonoras que habían acompañado tanto tiempo -y, al parecer, en todas las clases sociales- a la sexualidad precoz de los niños, se apagaron poco a poco. Mas no por ello se trata de una pura y simple llamada al silencio. Se trata más bien de un nuevo régimen de los discursos. No se dice menos: al contrario. Se dice de otro modo; son otras personas quienes lo dicen, a partir de otros puntos de vista y para obtener otros efectos. El propio mutismo, las cosas que se rehusa decir o se prohibe nombrar, la discreción que se requiere entre determinados locutores, son menos el límite absoluto del discurso (el otro lado, del que estaría separado por una frontera rigurosa) que elementos que funcionan junto a las cosas dichas, con ellas y a ellas vinculadas en estrategias de conjunto. No cabe hacer una división binaria entre lo que se dice y lo que se calla; habría que intentar determinar las diferentes maneras de callar, cómo se distribuyen los que pueden y los que no pueden hablar, qué tipo de discurso está autorizado o cuál forma de discreción es requerida para los unos y los otros. No hay un silencio sino silencios varios y son parte integrante de estrategias que subtienden y atraviesan los discursos.
Sean los colegios del siglo XVIII. Globalmente, se puede tener la impresión de que casi no se habla

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del sexo. Pero basta echar una mirada a los dispositivos arquitectónicos, a los reglamentos de disciplina y toda la organización interior: el sexo está siempre presente. Los constructores pensaron en él, y de manera explícita. Los organizadores lo tienen en cuenta de manera permanente. Todos los poseedores de una parte de autoridad están en un estado de alerta perpetua, reavivado sin descanso por las disposiciones, las precauciones y el juego de los castigos y las responsabilidades. El espacio de la clase, la forma de las mesas, el arreglo de los patios de recreo, la distribución de los dormitorios (con o sin tabiques, con o sin cortinas), los reglamentos previstos para el momento de ir al lecho y durante el sueño, todo ello remite, del modo más prolijo a la sexualidad de los niños.!'- Lo que se podría llamar el discurso interno de la institución -el que se dice a sí misma y circula entre quienes la hacen funcionar- está en gran parte articulado sobre la comprobación de que esa sexualidad existe, precoz, activa y permanente. Pero hay más: el sexo del colegial llegó a ser durante el siglo XVIII -de un modo más particular que el de los adolescentes en general-
12 Régiement de police por les lycées (ISW), art. 67: "Habrá siempre, durante las horas de clase y de estudio, un maestro de estudio vigilando el exterior, para impedir a los alumnos que hayan salido por sus necesidades, quedarse afuera y re-
unirse.
68. Después de la oración de la noche, los alumnos serán llevados al dormitorio, donde los maestros los harán acostarse

de inmediato.
69. Los maestros no se acostarán sino después de haberse cerciorado de que cada alumno está en su lecho.
70. Los lechos estarán separados por tabiques de dos metros de altura. Los dormitorios permanecerán iluminados durante

la noche."


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un problema público. Los médicos se dirigen a los directores de establecimientos y a los profesores, pero también dan sus opiniones a las familias; los pedagogos forjan proyectos y los someten a las autoridades; los maestros se vuelven hacia los alumnos, les hacen recomendaciones y redactan para ellos libros de exhortación, de ejemplos morales o médicos. En torno al colegial y su sexo prolifera toda una literatura de preceptos, opiniones, observaciones, consejos médicos, casos clínicos, esquemas de reforma, planes para instituciones ideales. Con Basedow y el movimiento "filantrópico" alemán esa puesta en discurso del sexo adolescente adquirió una amplitud considerable. Incluso Saltzmann había organizado una escuela experimental cuyo carácter particular consistía en un control y una educación del sexo tan bien pensados que el universal pecado de juventud no debía practicarse jamás allí. Y en medio de todas esas medidas, el niño no debía ser sólo el objeto mudo e inconsciente de cuidados concertados por 'los adultos únicamente; se le imponía cierto discurso razonable, limitado, canónico y verdadero sobre el sexo -una especie de ortopedia discursiva. Puede servirnos de viñeta la gran fiesta organizada en el Philanthropinum en mayo de 1776. Fue -en la forma mezclada del examen, los juegos florales, la distribución de premios y el consejo de revisión- la primera comunión solemne del sexo adolescente y del discurso razonable. Para mostrar el éxito de la educación sexual que se daba a sus alumnos, Basedow invitó a los notables de Alemania (Goethe fue uno de los pocos que declinó la invitación). Ante el público reunido, uno de los profesores, Wolke, planteó a los alumnos pregun-

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tas escogidas acerca de los misterios del sexo, del nacimiento, de la procreación: les hizo comentar grabados que representaban a una mujer encinta, una pareja, una cuna. Las respuestas fueron inteligentes, sin vergüenza, sin desazón. No las perturbó ninguna risa chocante, salvo, precisamente, de parte de un público adulto más pueril que los niños y al que Wolke reprendió severamente. Por último se aplaudió a aquellos jovencitos mofletudos que, frente a los mayores, tejieron con hábil saber las guirnaldas del discurso y del sexo .13
Sería inexacto decir que la institución pedagógica impuso masivamente el silencio al sexo de los niños y los adolescentes. Desde el siglo XVIII, por el contrario, multiplicó las formas del discurso sobre el tema; le estableció puntos de implantación diferentes; cifró los contenidos y calificó a los locutores. Hablar del sexo de los niños, hacer hablar a educadores, médicos, administradores y padres (o hablarles), hacer hablar a los propios niños y ceñirlos en una trama de discursos que tan pronto se dirigen a ellos como hablan de ellos tan pronto les imponen conocimientos canónicos como forman a partir de ellos un saber que no pueden asir: todo esto permite vincular una intensificación de los poderes con una multiplicación de los discursos. A partir del siglo XVIII el sexo de niños y adolescentes se tornó un objetivo importante y a su alrededor se erigieron innumerables dispositivos institucionales y estrategias discursivas. Es bien posible que se haya despojado a los adultos y a los propios niños de cierta manera
19 J. Schummel, Fritzens Reise nach Dessau (1776), citado por A. Pinloche, La réforme de I'éducation en Allemagne au XVIII,E siécle (1889), pp. 125-129.

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de hablar del sexo infantil, y que se la haya descalificado por directa, cruda, grosera. Pero eso no era sino el correlato y quizá la condición para el funcionamiento de otros discursos, múltiples, entrecruzados, sutilmente jerarquizados y todos articulados con fuerza en torno de un haz de relaciones de poder.
Se podrían citar otros muchos focos que entraron en actividad, a partir del siglo XVIII o del XIX, para suscitar los discursos sobre el sexo. En primer lugar la medicina, por mediación de las "enfermedades de los nervios"; luego la psiquiatría, cuando se puso a buscar en el "exceso", luego en el onanismo ' luego en la insatisfacción, luego en los "fraudes a la procreación" la etiología de las enfermedades mentales, pero sobre todo cuando se anexó como dominio propio el conjunto de las perversiones sexuales; también la justicia penal, que durante mucho tiempo había tenido que enca-
rar la sexualidad, sobre todo en forma de crímenes 11 enormes" y contra natura, y que a mediados del
siglo XIX se abrió a la jurisdicción menuda de los pequeños atentados, ultrajes secundarios, perversiones sin importancia; por último, todos esos controles sociales que se desarrollaron a fines del siglo pasado y que filtraban la sexualidad de las parejas, de los padres y de los niños, de los adolescentes peligrosos y en peligro -emprendiendo la tarea de proteger, separar y prevenir, señalado peligros por todas partes, llamando la atención, exigiendo diagnósticos, amontonando informes, organizando terapéuticas-; irradiaron discursos alrededor del sexo, intensificando la consciencia de un peligro incesante que a su vez reactivaba la incitación a hablar de él.

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Un obrero agrícola del pueblo de Lapcourt, un tanto simple de espíritu, empleado según las estaciones por unos o por otros, alimenta aquí o allá por un poco de caridad y para los peores trabajos, alojado en las granjas o los establos, fue denunciado un día de 1867: al borde de un campo había obtenido algunas caricias de una niña, como ya antes lo había hecho, como lo había visto hacer, como lo hacían a su alrededor los pilluelos del pueblo; en el lindero del bosque, o en la cuneta de la ruta que lleva a Saint-Nicolas, se jugaba corrientemente al juego llamado de "la leche cuajada". Fue, pues, señalado por los padres al alcalde del pueblo, denunciado por el alcalde a los gendarmes, conducido por los gendarmes al juez, inculpado por éste y sometido a un médico primero, luego a otros dos expertos, quienes redactaron un informe y posteriormente lo publicaron.14 ¿" importancia de esta historia? Su carácter minúsculo; el hecho de que esa cotidianeidad de la sexualidad aldeana, las ínfimas delectaciones montaraces, a partir de cierto momento hayan podido llegar a ser no sólo objeto de intolerancia colectiva sino de una acción judicial, de una intervención médica, de un examen clínico atento y de toda una elaboración teórica. Lo importante es que ese personaje, parte integrante hasta entonces de la vida campesina, haya sido sometido a mediciones de su caja craneana, a estudios de la osamenta d( su cara, a inspecciones anatómicas a fin de descubrir los posibles signos de degeneración; que se lo haya hecho hablar; que se lo haya interrogado sobre sus pensamientos, inclinaciones, hábitos
:L4 H. Bonnet y J. Bulard, Rapport médico-légal sur I'¿tt
mental de Ch.-J. Jouy, 4 de enero de 1868.


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sensaciones, juicios. Y que se haya decidido finalmente, considerándolo inocente de todo delito, convertirlo en un puro objeto de medicina y de saber, objeto por hundir hasta el fin de su vida en el hospital de Maréville, pero también digno de ser dado a conocer al mundo científico mediante un análisis pormenorizado. Se puede apostar que en la misma época el maestro de Lapcourt enseñaba a los pequeños aldeanos a pulir su lenguaje y a no hablar de todas esas cosas en voz alta. Pero sin duda ésa era una de las condiciones para que las instituciones de saber y de poder pudieran recubrir ese pequeño teatro cotidiano con sus discursos solemnes. He aquí que nuestra sociedad -la primera en la historia, sin duda ha invertido todo un aparato de discurrir, de analizar y de conocer en esos gestos sin edad, en esos placeres apenas furtivos que intercambiaban los simples de espíritu con los niños despabilados.
Entre el inglés libertino que se encarnizaba en escribir para sí mismo las singularidades de su vida secreta y su contemporáneo, ese tonto de aldea que daba algunas monedas a las niñas a cambio de complacencias que las mayores le rehusaban, hay sin duda alguna un lazo profundo: de un extremo al otro, el sexo se ha convertido, de todos modos, en algo que debe ser dicho, y dicho exhaustivamente según dispositivos discursivos diversos pero todos, cada uno a su manera, coactivos. Confidencia sutil o interrogatorio autoritario, refinado o rústico, el sexo debe ser dicho. Una gran conminación polimorfa somete tanto al anónimo inglés como al pobre campesino de Lorena, del que quiso la historia que se llamara jouy.*
Alusión al verbo jouir: gozar. Las tres personas del sin-

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Desde el siglo XVIII, el sexo no ha dejado de provocar una especie de eretismo discursivo generalizado. Y tales discursos sobre el sexo no se han multiplicado fuera del poder o contra él, sino en el lugar mismo donde se ejercía y como medio de su ejercicio; en todas partes fueron preparadas incitaciones a hablar, en todas partes dispositivos para escuchar y registrar, en todas partes procedimientos para observar, interrogar y formular. Se lo desaloja y constriñe a una existencia discursiva. Desde el imperativo singular que a cada cual impone trasformar su sexualidad en un permanente discurso hasta los mecanismos múltiples que, en el orden de la economía, de la pedagogía, de la medicina y de la justicia, incitan, extraen, arreglan e institucionalizan el discurso del sexo, nuestra sociedad ha requerido y organizado una inmensa prolijidad. Quizá ningún otro tipo de sociedad acumuló jamás, y en una historia relativamente tan corta, semejante cantidad de discursos sobre el sexo. Bien podría ser que hablásemos de él más que de cualquier otra cosa; nos encarnizarnos en la tarea; nos convencemos, por un extraño escrúpulo, de que nunca decimos bastante, de que somos demasiado tímidos y miedosos, de que nos ocultamos la enceguecedora evidencia por inercia y sumisión, y de que lo esencial se nos escapa siempre y hay que volver a partir en su busca. Respecto al sexo, la sociedad más inagotable e impaciente bien podría ser la nuestra.
Pero ya este primer vistazo a vuelo de pájaro lo muestra: se trata menos de un discurso sobre el sexo que de una multiplicidad de discursos pro-
guiar del presente del indicativo, así como el participio pasado,
se pronuncian exactamente igual que el apellido jouy. [T.]


46 La Hipótesis¿>TESIS "Represiva
masiva, después de las decencias verbales impuestas por la edad clásica? Se trata más bien de una incitación a los discursos, regulada y polimorfa.
Sin duda, puede objetarse que si para hablar del sexo fueron necesarios tantos estímulos y tantos mecanismos coactivos, ocurrió así porque reinaba, de una manera global, determinada prohibición fundamental; únicamente necesidades precisas -urgencias económicas, utilidades políticas-~ pudieron levantar esa prohibición y abrir al discurso sobre el sexo algunos accesos, pero siempre limitados y cuidadosamente cifrados; tanto hablar del sexo, tanto arreglar dispositivos insistentes para hacer hablar de él, pero bajo estrictas condiciones, ¿no prueba acaso que se trata de un secreto y que se busca sobre todo conservarlo así? Pero, precisamente, habría que interrogar este tema frecuentísimo de que el sexo está fuera del discurso y que sólo la eliminación de un obstáculo, la ruptura de un secreto puede abrir la ruta que lleva hasta él. ¿No forma este tema parte de la conminación mediante la cual se suscita el discurso? ¿No es para incitar a hablar del sexo, y para recomenzar siempre a hablar de él, -Por lo que se lo hace brillar y convierte en señuelo en el límite exterior de todo discurso actual, como el secreto que es indispensable descubrir, como algo abusivamente reducido al mutismo y que es, a un tiempo, difícil y necesario, peligroso y valioso mentarlo? No hay que olvidar que la pastoral cristiana, al hacer del sexo, por excelencia, lo que debe ser confesado, lo presentó siempre como el enigma inquietante: no lo que se muestra con obstinación, sino lo que se esconde siempre, una presencia insidiosa a la cual puede uno permane-

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cer sordo pues habla en voz baja y a menudo disfrazada. El secreto del sexo no es sin duda la realidad fundamental respecto de la cual se sitúan todas las incitaciones a hablar del sexo -ya sea que intenten romper el secreto, ya que mantengan su vigencia d ' e manera oscura en virtud del modo mismo como hablan. Se trata más bien de un tema que forma parte de la mecánica misma de las incitaciones: una manera de dar forma a la exigencia de hablar, una fábula indispensable para la economía indefinidamente proliferante del discurso sobre el sexo. Lo propio de las sociedades pioneras no es que hayan obligado al sexo a permanecer en la sombra, sino que ellas se hayan ,destinado a hablar del sexo siempre, haciéndolo valer, poniéndolo de relieve como el secreto.

2. La Implantación Perversa




Objeción posible: sería un error ver en esa proliferación de los discursos un simple fenómeno cuantitativo, algo como un puro crecimiento, como si fuera indiferente lo que se dice en tales discursos, como si el hecho de hablar fuera en sí más importante que las formas de imperativos que se imponen al sexo al hablar de él. Pues, ¿acaso la puesta en discurso del sexo no está dirigida a la tarea de expulsar de la realidad las formas de sexualidad no sometidas a la economía estricta de la reproducción: decir no a las actividades infecundas, proscribir los placeres vecinos, reducir o excluir las prácticas que no tienen la generación como fin? A través de tantos discursos se multiplicaron las condenas judiciales por pequeñas perversiones; se anexó la irregularidad sexual a la enfermedad mental; se definió una norma de desarrollo de la sexualidad desde la infancia hasta la vejez y se caracterizó con cuidado todos los posibles desvíos; se organizaron controles pedagógicos y curas médicas; los moralistas pero también (y sobre todo) los médicos reunieron alrededor de las menores fantasías todo el enfático vocabulario de la abominación: ¿no constituyen otros tantos medios puestos en acción para reabsorber, en provecho de una sexualidad genitalmente centrada, tantos placeres sin fruto? Toda esa atención charlatana con la que hacemos ruido en tomo de la sexualidad desde hace dos o tres siglos, ¿no está
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dirigida a una preocupación elemental: asegurar ,-la población, reproducir la fuerza de trabajo, mantener la forma de las relaciones sociales, en síntesis: montar una sexualidad económicamente útil y políticamente conservadora?
Yo todavía no sé si tal es, finalmente, el objetivo. Pero, en todo caso, no fue por reducción como se intentó alcanzarlo. El siglo XIX y el nuestro fueron más bien la edad de la multiplicación: una dispersión de las sexualidades, un refuerzo de sus formas disparatadas, una implantación múltiple de las "perversiones". Nuestra época ha sido iniciadora de heterogeneidades sexuales.
Hasta fines del siglo XVIII, tres grandes códigos explícitos -fuera de las regularidades consuetudinarias y de las coacciones sobre la opinión- regían las prácticas sexuales: derecho canónico, pastoral cristiana y ley civil. Fijaban, cada uno a su manera, la línea divisoria de lo lícito y lo ilícito. Pero todos estaban centrados en las relaciones matrimoniales: el deber conyugal, la capacidad para cumplirlo, la manera de observarlo, las exigencias y las violencias que lo acompañaban, las caricias inútiles o indebidas a las que servía de pretexto, su fecundidad o la manera de tornarlo ,estéril, los momentos en que se lo exigía (períodos peligrosos del embarazo y la lactancia, tiempo prohibido de la cuaresma o de las abstinencias), &ti frecuencia y su rareza -era esto, especialmente, que estaba saturado de prescripciones. El sexo de los cónyuges estaba obsesionado por reglas y recomendaciones. La relación matrimonial era el más intenso foco de coacciones; sobre todo era e ella de quien se hablaba; más que cualesquiera tras, debía confesarse con todo detalle. Estabi

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bajo estricta vigilancia: si caía en falta, tenía que mostrarse y demostrarse ante testigo. El "resto" permanecía mucho más confuso: piénsese en la incertidumbre de la condición de la "sodomía" o en la indiferencia ante la sexualidad de los niños.
Además, esos diferentes códigos no establecían división neta entre las infracciones a las reglas de las alianzas y las desviaciones referidas a la genitalidad. Romper las leves del matrimonio o buscar placeres extraños significaba, de todos modos, condenación. En la lista de los pecados graves, separados sólo por su importancia, figuraban el estupro (relaciones extramatrimoniales) , el adulterio, el rapto, el incesto espiritual o carnal, pero también la sodomía y la "caricia" recíproca. En cuanto a los tribunales, podían condenar tanto la homosexualidad como la infidelidad, el matrimonio sin i consentimiento de los padres como la bestialidad. Lo que se tomaba en cuenta, tanto en el orden civil como en el religioso, era una ilegalidad de conjunto. Sin duda el "contra natura" estaba marcado por una abominación particular. Pero no era percibida sino como una forma extrema de lo que iba "contra la ley"; infringía, también ella, decretos tan sagrados como los del matrimonio y que habían sido establecidos para regir el orden de las cosas y el plano de los seres. Las prohibiciones referidas al sexo eran fundamentalmente de na- turaleza jurídica. La "naturaleza" sobre la cual se solía apoyarlas era todavía una especie de derecho Durante mucho tiempo los hermafroditas fueron criminales, o retoños del crimen, puesto que s disposición anatómica, su ser mismo embrollaba trastornaba la ley que distinguía los sexos y prescribía su conjunción.

La Implantación Perversa
La explosión discursiva de los siglos XVII, y XIX provocó dos modificaciones en ese sistema centrado en la alianza legítima. En primer lugar, un movimiento centrífugo respecto a la monogamia heterosexual. Por supuesto, continúa siendo la regla interna del campo de las prácticas y de los placeres. Pero se habla de ella cada vez menos, en todo caso con creciente sobriedad. Se renuncia a perseguirla en sus secretos; sólo se le pide que se formule día tras día. La pareja legítima, con su sexualidad regular, tiene derecho a mayor discreción. Tiende a funcionar como una norma, quizá más rigurosa, pero también más silenciosa. En cambio, se interroga a la sexualidad de los niños, a la de los locos y a la de los criminales; al placer de quienes no aman al otro sexo; a las ensoñaciones las obsesiones, las pequeñas manías o las grandes furias. A todas estas figuras, antaño apenas advertidas, les toca ahora avanzar y tomar la palabra y realizar la difícil confesión de lo que son. Sin duda, no se las condena menos. Pero se las escucha; y si ocurre que se interrogue nuevamente a la sexualidad regular, es así por un movimiento de reflujo, a partir de esas sexualidades periféricas.
De allí, en el campo de la sexualidad, la extracción de una dimensión específica del "contra natura". En relación con las otras formas condenadas (y que lo son cada vez menos) , como el adulterio o el rapto, adquieren autonomía: casarse con un pariente próximo, practicar la sodomía, reducir a una religiosa, ejercer el sadismo, engañar la esposa y violar cadáveres se convierten en cosas esencialmente diferentes. El dominio cubierto r el sexto mandamiento comienza a disociarse.

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También se deshace, en el orden civil, la confusa categoría de "desenfreno", que durante más de un siglo había constituido una de las razones más frecuentes de encierro administrativo. De sus restos surgen, por una parte, las infracciones a la legislación (o a la moral) del matrimonio y la familia, y, por otra, los atentados contra la regularidad de un funcionamiento natural (atentados que la ley, por lo demás, puede sancionar). Quizá se alcance aquí una razón, entre otras, del prestigio de Don Juan, que tres siglos no han apagado. Bajo el gran infractor de las reglas de la alianza -ladrón de mujeres, seductor de vírgenes, vergüenza de las familias e insulto a maridos y padres- se deja ver otro personaje: el que se halla atravesado, a despecho de sí mismo, por la sombría locura del sexo. Debajo del libertino, el perverso. Infringe la ley deliberadamente, pero al mismo tiempo algo como una naturaleza extraviada lo conduce lejos de toda naturaleza; su muerte es el momento en que el retorno sobrenatural de la ofensa y la vindicta interrumpe la huida hacia el contra natura. Los dos grandes sistemas de reglas que Occidente ha concebido para regir el sexo la ley de la alianza y el orden de los deseos son destruidos por la existencia de Don Juan, surgida en su frontera común. Dejemos a los psicoanalistas interrogarse para saber si era homosexual, narcisista o impotente.
No sin lentitud y equívoco, leyes naturales de la matrimonialidad y reglas inmanentes de la sexualidad comienzan a inscribirse en dos registros diferentes. Se dibuja un mundo de la perversión, que no es simplemente una variedad del mundo de la infracción legal o moral, aunque tenga una

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posición de secante en relación con éste. De los antiguos libertinos nace todo un pequeño pueblo, diferente a pesar de ciertos primazgos. Desde las postrimerías del siglo XVIII hasta el nuestro, corren en los intersticios de la sociedad, perseguidos pero no siempre por las leyes, encerrados pero no siempre en las prisiones, enfermos quizá, pero escandalosas, peligrosas víctimas presas de un mal extraño que también lleva el nombre de vicio y a veces el de delito. Niiíos demasiado avispados, niñitas precoces, colegiales ambiguos, sirvientes y educadores dudosos, maridos crueles o maniáticos, coleccionistas solitarios, paseantes con impulsos extraños: pueblan los consejos de disciplina, los reformatorios, las colonias penitenciarias, los tribunales y los asilos; llevan a los médicos su infamia y su enfermedad a los jueces. Trátase de la innumerable familia de los perversos, vecinos de los delincuentes y parientes de los locos. A lo largo del siglo llevaron sucesivamente la marca de la "locura moral", de la "neurosis genital", de la "aberración del sentido genésico", de la "degeneración" y del "desequilibrio psíquico".
¿Qué significa la aparición de todas esas sexualidades periféricas? ¿El hecho de que puedan aparecer a plena luz es el signo de que la regla se afloja? ¿O el hecho de que se les preste tanta atención es prueba de un régimen más severo y de la preocupación de tener sobre ellas un control exacto? En términos de represión, las cosas son ambiguas. Indulgencia, si se piensa que la severidad de los códigos a propósito de los delitos sexuales se atenuó considerablemente durante el siglo XIX, y que a menudo la justicia se declaró competente en provecho de la medicina. Pero
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astucia suplementaria de la severidad si se piensa en todas las instancias de control y en todos los mecanismos de vigilancia montados por la pedagogía o la terapéutica. Es muy posible que la intervención de la Iglesia en la sexualidad conyugal y su rechazo de los "fraudes" a la procreación hayan perdido mucho de su insistencia desde hace 200 años. Pero la medicina ha entrado con fuerza en los placeres de la pareja: ha inventado toda una patología orgánica, funcional o mental, que nacería de las prácticas sexuales "incompletas"; ha clasificado con cuidado todas las formas anexas de placer; las ha integrado al "desarrollo" y a las "perturbaciones" del instinto; y ha emprendido su gestión.
Lo importante quizá no resida en el nivel de indulgencia o la cantidad de represión, sino en la forma de poder que se ejerce. Cuando se nombra, como para que se levante,' a toda esa vegetación de sexualidades dispares, ¿se trata de excluirlas de lo real? Al parecer, la función del poder que aquí se ejerce no es la de prohibir; al parecer, se ha tratado de cuatro operaciones muy diferentes de la simple prohibición.
1] Sean las viejas prohibiciones de alianzas consanguíneas (por numerosas y complejas que fueran) o la condenación del adulterio, con su inevitable frecuencia; sean, por otra parte, los controles recientes con los cuales, desde el siglo XIX, se ha invadido la sexualidad infantil y perseguido sus "hábitos solitarios". Es evidente que no se trata del mismo mecanismo de poder. No sólo porque se trata aquí de medicina y allá de la ley; aquí de educación, allá de penalidad; sino también porque no es la misma la táctica puesta en acción. En

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apariencia, se trata en ambos casos de una tarea de eliminación siempre destinada al fracaso y obligada a recomenzar siempre. Pero la prohibición de los "incestos" apunta a su objetivo mediante una disminución asintótica de lo que condena; el control de la sexualidad infantil lo hace mediante una difusión simultánea de su propio poder y del objeto sobre el que se ejerce. Procede según un crecimiento doble prolongado al infinito. Los pedagogos y los médicos han combatido el onanismo de los niños como a una epidemia que se quiere extinguir. En realidad, a lo largo de esa campaña secular que movilizó el mundo adulto en torno al sexo de los niños, se trató de encontrar un punto de apoyo en esos placeres tenues, constituirlos en secretos (es decir, obligarlos a esconderse para permitirse descubrirlos) , remontar su curso, seguirlos desde los orígenes hasta los ('efectos, perseguir todo lo que pudiera inducirles sólo permitirlos; en todas partes donde existía @l riesgo de que se manifestaran se instalaron dispositivos de vigilancia, se establecieron trampas >ara constreñir a la confesión, se impusieron discursos inagotables y correctivos; se alertó a padres educadores, se sembró en ellos la sospecha de que todos los niños eran culpables y el temor .e serlo también ellos si no se tornaban bastante suspicaces; se los mantuvo despiertos ante ese peligro recurrente; se les prescribió una conducta y olvidó a cifrarse su pedagogía; en el espacio familiar se anclaron las tomas de contacto de todo un ,gimen médico-sexual. El "vicio" del niño no es tanto un enemigo como un soporte; es posible designarlo como el mal que se debe suprimir; el necesario fracaso, el extremado encarnizamiento

56 La Hipótesis Represiva
en una tarea bastante vana permiten sospechar que se le exige persistir, proliferar hasta los límites de lo visible y lo invisible, antes que desaparecer para siempre. A lo largo de ese apoyo el poder avanza, multiplica sus estaciones de enlace y sus efectos, mientras que el blanco en el cual deseaba acertar se subdivide y ramifica, hundiéndose en lo real al mismo paso que el poder. Se trata, en apariencia, de un dispositivo de contención; en realidad, se han montado alrededor del niño líneas de penetración indefinida.
2] Esta nueva caza de las sexualidades periféricas produce una incorporación de las perversiones y una nueva especificación de los individuos. La sodomía -la de los antiguos derechos civil y canónico- era un tipo de actos prohibidos; el autor no era más que su sujeto jurídico. El homosexual del siglo XIX ha llegado a ser un personaje: un pasado, una historia y una infancia, un carácter, una forma de vida; asimismo una morfología, con una anatomía indiscreta y quizás misteriosa fisiología. Nada de lo que él es in toto escapa a su sexualidad. Está presente en todo su ser: subyacente en todas sus conductas puesto que constituye su principio insidioso e indefinidamente activo; inscrita sin pudor en su rostro y su cuerpo porque consiste en un secreto que siempre se traiciona. Le es consustancial, menos como un pecado en materia de costumbres que como una naturaleza singular. No hay que olvidar que la categoría psicológica, psiquiátrica, médica, de la homosexualidad se constituyó el día en que se la caracterizó -el famoso artículo de Westphal sobre las "sensaciones sexuales contrarias" (1870) puede valer

La Implantación Perversa 57
como fecha de -, no tanto por un tipo de relaciones sexuales como por cierta cualidad de la sensibilidad sexual, determinada manera de invertir en sí mismo lo masculino y lo femenino. homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie.
Del mismo modo que constituyen especies todos esos pequeños perversos que los psiquiatras del siglo XIX entomologizan dándoles extraños nombres de bautismo: existen los exhibicionistas de Laségue, los fetichistas de Binet, los zoófilos y zooerastas de Krafft-Ebing, los automonosexualistas de Rohleder; existirán los mixoescopófilos, los ginecomastas, los presbiófilos, los invertidos sexoestéticos y las mujeres dispareunistas. Esos bellos nombres de herejías remiten a una naturaleza que se olvidaría de sí lo bastante como para escapar a la ley, pero se recordaría lo bastante como para continuar produciendo especies incluso allí donde ya no hay más orden. La mecánica del poder que persigue a toda esa disparidad no pretende suprimirla sino dándole una realidad analítica, visible y permanente: la hunde en los cuerpos, la desliza bajo las conductas, la convierte en principio de clasificación y de inteligibilidad, la constituye en razón de ser y orden natural del desorden. ¿Exclusión de esas mil sexualidades aberrantes? No. En cambio, especificación, solidificación regional de cada una de ellas. Al disemi-
1 Westphal, Archiv fúr Neurologie, 1870.

58 La Hipótesis Represiva
narlas, se trata de sembrarlas en lo real y de in-
corporarlas al individuo.
31 Para ejercerse, esta forma de poder exige, más que las viejas prohibiciones, presencias constantes, atentas, también curiosas; supone proximidades; procede por exámenes y observaciones insistentes; -requiere un intercambio de discursos, a través de preguntas que arrancan confesiones y de confidencias que desbordan los interrogatorios. Implica una aproximación física y un juego de sensaciones intensas. La medicalización de lo insólito es, a un tiempo, el efecto y el instrumento de todo ello. Internadas en el cuerpo, convertidas en carácter profundo de los individuos, las rarezas del sexo dependen de una tecnología de la salud y de lo patológico. E inversamente, desde el momento en que se vuelve cosa médica o medicalizable, es en tanto que lesión, disfunción o síntoma como hay que ir a sorprenderla en el fondo del organismo o en la superficie de la piel o entre todos los signos del comportamiento. El poder que, así, toma a su cargo a la sexualidad, se impone el deber de rozar los cuerpos; los acaricia con la mirada; intensifica sus regiones; electriza superficies; dramatiza momentos turbados. Abraza con fuerza al cuerpo sexual. Acrecentamiento de las eficacias -sin duda y extensión del dominio controlado. Pero también sensualización del poder y beneficio del placer. Lo que produce un doble efecto: un impulso es dado al poder por su ejercicio mismo; una emoción recompensa el control vigilante y lo lleva más lejos; la intensidad de la confesión reactiva la curiosidad del interrogador; el placer descubierto fluye hacia el poder que lo ciñe. Pero tantas preguntas acuciosas singularizan, en quien debe res-

La Implantación Perversa 59
ponderlas, los placeres que experimenta; la mirada los fija, la atención los aísla y anima. El poder funciona como un mecanismo de llamada, como un señuelo: atrae, extrae esas rarezas sobre las que vela. El placer irradia sobre el poder que lo persigue; el poder ancla el placer que acaba de desembozar. El examen médico, la investigación psiquiátrica, el informe pedagógico y los controles familiares pueden tener por objetivo global y aparente negar todas las sexualidades erráticas o improductivas; de hecho, funcionan como mecanismos de doble impulso: placer y poder. Placer de ejercer un poder que pregunta, vigila, acecha, espía, excava, palpa, saca a la luz; y del otro lado, placer que se enciende al tener que escapar de ese poder, al tener que huirlo, engañarlo o desnaturalizarlo. Poder que se deja invadir por el placer al que da caza; y frente a él, placer que se afirma en el poder de mostrarse, de escandalizar o de resistir. Captación y seducción; enfrentamiento y reforzamiento recíproco: los padres y los niños, el adulto y el adolescente, el educador y los alumnos, los médicos y los enfermos, el psiquiatra con su histérica y sus perversos no han dejado de jugar este juego desde el siglo XIX. "s llamadas, las evasiones, las incitaciones circulares han dispuesto alrededor de los sexos y los cuerpos no ya fronteras infranqueables sino las espirales perpetuas del poder y del placer.
4] De allí esos dispositivos de saturación sexual tan característicos del espacio y los ritos sociales del siglo XIX. Se dice con frecuencia que la sociedad moderna ha intentado reducir la sexualidad a la de la pareja, pareja heterosexual y, en lo posible, legítima. También se podría decir que si

60 La Hipótesis Represiva
bien no los inventó, al menos aprovechó cuidadosamente e hizo proliferar los grupos con elementos múltiples y sexualidad circulante: una distribución de puntos de poder, jerarquizados o enfrentados; de los placeres "perseguidos", es decir, a la vez deseados y hostigados; de las sexualidades parcelarias toleradas o alentadas; de las proximidades que se dan como procedimientos de vigilancia y que funcionan como mecanismos de intensificación; de los contactos inductores. Así ocurre con la familia, o más exactamente con toda la gente de la casa, padres, hijos y sirvientes en algunos casos. ¿La familia del siglo XIX era realmente una célula monogamia y conyugal? Tal vez en cierta medida. Pero también era una red placeres-poderes articulados en puntos múltiples y con relaciones transformables. La separación de los adultos y de los niños, la polaridad establecida entre el dormitorio de los padres y el de los hijos (que llegó a ser canónica en el curso del siglo, cuando se emprendió la construcción de alojamientos populares) , la segregación relativa de varones y muchachas, las consignas estrictas de los cuidados debidos a los lactantes (lactancia maternal, higiene), la atención despierta sobre la sexualidad infantil, los supuestos peligros de la masturbación, la importancia acordada a la pubertad, los métodos de vigilancia sugeridos a los padres, las exhortaciones, los secretos y los miedos, la presencia a la vez valorada y temida de los sirvientes -todo ello hacía de la familia, incluso reducida a sus dimensiones más pequeñas, una red compleja, saturada de sexualidades múltiples, fragmentarias y móviles. Reducirlas a la relación conyugal, sin perjuicio de proyectar ésta, en forma de deseo prohi-

La Implantación Perversa 61
bido, sobre los hijos, no alcanza a dar razón de ese dispositivo que era, respecto a esas sexualidades, menos principio de inhibición que mecanismo incitador y multiplicador. Las instituciones escolares o psiquiátricas, con su población numerosa, su jerarquía, sus disposiciones espaciales, sus sistemas de vigilancia, constituían, junto a la familia, otra manera de distribuir el juego de los poderes y los placeres; pero dibujaban, también ellas, regiones de alta saturación sexual, con sus espacios o ritos privilegiados como las aulas, el dormitorio, la visita o la consulta. Las formas de una sexualidad no conyugal, no heterosexual, no monógama, son allí llamadas e instaladas.
La sociedad "burguesa" del siglo XIX, sin duda también la nuestra, es una sociedad de la perversión notoria y patente. Y no de manera hipócrita, pues nada ha sido más manifiesto y prolijo, más abiertamente tomado a su cargo por los discursos y las instituciones. No porque tal sociedad, al querer levantar contra la sexualidad una barrera demasiado rigurosa o demasiado general, hubiera a pesar suyo dado lugar a un brote perverso y a una larga patología del instinto sexual, Se trata más bien del tipo de poder que ha hecho funcionar sobre el cuerpo y el sexo. Tal poder, precisamente, no tiene ni la forma de la ley ni los efectos de la prohibición. Al contrario, procede por desmultiplicación de las sexualidades singulares. No fija fronteras a la sexualidad; prolonga sus diversas formas, persiguiéndolas según líneas de penetración indefinida. No la excluye, la incluye en el cuerpo como modo de especificación de los individuos; no intenta esquivarla; atrae sus variedades mediante espirales donde placer y poder se refuer-

62 La Hipótesis Represiva
zan; no establece barreras; dispone lugares de máxima saturación. Produce y fija a la disparidad sexual. La sociedad moderna es perversa, no a despecho de su puritanismo o como contrapartida de su hipocresía; es perversa directa y realmente.
Realmente. Las sexualidades múltiples -las que aparecen con la edad (sexualidades del bebé o del niño) , las que se fijan en gustos o prácticas (sexualidad del invertido, del gerontófilo, del fetichista ... ), las que invaden de modo difuso ciertas relaciones (sexualidad de la relación médico-enferino, pedagogo-alumno, psiquiatra-loco), las que habitan los espacios (sexualidad del hogar, de la escuela, de la cárcel) - todas forman el correlato de procedimientos precisos de poder. No hay que imaginar que todas esas cosas hasta entonces toleradas llamaron la atención y recibieron una calificación peyorativa cuando se quiso dar un papel regulador al único tipo de sexualidad susceptible de reproducir la fuerza de trabajo y la forma de la familia. Esos comportamientos polimorfos fueron realmente extraídos del cuerpo de los hornbres y de sus placeres; o más bien fueron solidificados en ellos; mediante múltiples dispositivos de poder, fueron sacados a la luz, aislados, intensificados, incorporados. El crecimiento de las perversiones no es un tema moralizador que habría obsesionado a los espíritus escrupulosos de los victorianos. Es el producto real de la interferencia de un tipo de poder sobre el cuerpo y sus placeres. Es posible que Occidente no haya sido capaz de inventar placeres nuevos, y sin duda no descubrió vicios inéditos. Pero definió nuevas reglas para el juego de los poderes y los placeres: allí se dibujó el rostro fijo de las perversiones.

La Implantación Perversa 63
Directamente. La Implantación de perversiones múltiples no es una burla de la sexualidad que así se venga de un poder que le impone una ley
represiva en exceso. Tampoco se trata de formas
paradójicas de placer que se vuelven hacia el po-
der para invadirle en la forma de un placer a
soportar". La implantación de las perversiones es
un efecto-instrumento: merced al aislamiento, la
intensificación y la consolidación de las sexuali-
S dades periféricas, las relaciones del poder con el
sexo y el placer se ramifican, se multiplican, mi-
e den el cuerpo y penetran en las conductas. Y con
a esa avanzada de los poderes se fijan sexualidades
diseminadas, prendidas a una edad, a un lugar, a
i un gusto, a un tipo de prácticas. Proliferación de
las sexualidades por la extensión del poder; au-
mento del poder al que cada una de las sexuali-
dades regionales ofrece tina superficie de inter-
vención: este encadenamiento, sobre todo a partir
del siglo XIX, está asegurado y relevado por las
innumerables ganancias económicas que gracias a
la mediación de la medicina, de la psiquiatría,
de la prostitución y de la pornografía se han co-
nectado a la vez sobre la desmultiplicación ana-
lítica del placer y el aumento del poder que lo
controla. Poder y placer no se anulan; no se vuel-
ven el uno contra el otro; se persiguen, se en-
cabalgan y reactivan. Se encadenan según meca-
nismos complejos y positivos de excitación y de
incitación.
Sin duda, pues, es preciso abandonar la hipó-
tesis de que las sociedades industriales modernas
inauguraron acerca del sexo una época de repre-
sión acrecentada. No sólo se asiste a una explosión
visible de sexualidades heréticas. También -y


64 La Hipótesis Represiva

éste es el punto importante- un dispositivo muy diferente de la ley, incluso si se apoya localmente en procedimientos de prohibición, asegura por medio de una red de mecanismos encadenados la proliferación de placeres específicos y la multiplicación de sexualidades dispares. Nunca una sociedad fue más pudibunda, se dice, jamás las instancias de poder pusieron tanto cuidado en fingir que ignoraban lo que prohibían, como si no quisieran tener con ello ningún punto en común. Pero, al menos en un sobrevuelo general, lo que aparece es lo contrario: nunca tantos centros de poder; jamás tanta atención manifiesta y prolija; nunca tantos contactos y lazos circulares; jamás tantos focos donde se encienden, para diseminarse más lejos, la intensidad de los goces y la obstinación de los poderes.

III. SIENTA SEXUALES

Supongo que se me conceden los dos primeros puntos; imagino que se acepta decir que el discurso sobre el sexo, desde hace ya tres siglos hoy, ha sido multiplicado más bien que rarificado; y que si ha llevado consigo interdicciones y prohibiciones, de una manera más fundamental ha asegurado la solidificación y la implantación de toda una disparidad sexual. Queda en pie que todo ello parece haber desempeñado esencialmente un papel de defensa. Al hablar tanto del sexo, al descubrirlo desmultiplicado, compartimentado y especificado justamente allí donde se ha insertado, no se buscaría en el fondo sino enmascararlo: discurso encubridor, dispersión que equivale a evitación. Al menos hasta Freud, el discurso sobre el sexo @l discurso de científicos y teóricos- no habría cesado de ocultar aquello de lo que hablaba. Se podría tomar a todas esas cosas dichas, precauciones meticulosas y análisis detallados, por otros tantos procedimientos destinados a esquivar la insoportable, la demasiado peligrosa verdad del sexo. Y el solo hecho de que se haya pretendido hablar desde el punto de vista purificado y neutro de una ciencia es en sí mismo significativo. Era, en efecto, una ciencia hecha de fintas, puesto que en la incapacidad o el rechazo a hablar del sexo mismo, se refirió sobre todo a sus aberraciones, perversiones, rarezas excepcionales, anulaciones patológicas, exasperaciones mórbidas. Era igualmente una ciencia subordinada en lo esencial a los imperativos de una moral cuyas divisiones reiteró [67]

68 SCIENTIA, SEXUAUS
bajo los modos de la norma médica. So pretexto de decir la verdad, por todas partes encendía miedos; a las menores oscilaciones de la sexualidad prestaba una dinastía imaginaria de males destinados a repercutir en generaciones enteras; afirmó como peligrosos para la sociedad entera los hábitos furtivos de los tímidos y las pequeñas manías más solitarias; como fin de los placeres insólitos puso nada menos que la muerte: la de los individuos, la de las generaciones, la de la especie.
También se ligó así a una práctica médica insistente e indiscreta, locuaz para proclamar sus repugnancias, lista para correr en socorro de la ley y la opinión, más servil con las potencias del orden que dócil con las exigencias de lo verdadero. Involuntariamente ingenua en el mejor de los casos, y, en los más frecuentes, voluntariamente mentirosa, cómplice de lo que denunciaba, altanera y acariciadora, instauró toda una indecencia de lo mórbido, característica del último tramo del siglo XIX; médicos como Garnier, Pouillet y Ladoucette fueron en Francia sus escribas sin gloria, y Rollinat su chantre. Pero más allá de esos placeres turbios reivindicaba ella otros poderes; se definía como instancia soberana de los imperativos de higiene, uniendo los viejos temores al mal venéreo con los temas nuevos de la asepsia, los grandes mitos evolucionistas con las recientes instituciones de salud pública; pretendía asegurar el vigor físico y la limpieza moral del cuerpo social; prometía eliminar a los titulares de taras, a los degenerados y a las poblaciones bastardeadas. En nombre de una urgencia biológica e histórica justificaba los racismos de Estado, entonces inminentes. Los fundaba en la "verdad".

SCIMNA SIEXUALIS 69
Sorprende la diferencia cuando se compara lo que en la misma época era la fisiología de la reproducción animal y vegetal con esos discursos sobre la sexualidad humana. Su débil tenor, no digo ya en cientificidad, sino en mera racionalidad elemental, pone a tales discursos en un lugar aparte en la historia de los conocimientos. Forman una zona extrañamente embrollada. Todo a lo largo del siglo XIX, el sexo parece inscribirse en dos registros de saber muy distintos: una biología de la reproducción que se desarrolló de modo continuo según una normatividad científica general, y una medicina del sexo que obedeció a muy otras reglas de formación. Entre ambas, ningún intercambio real, ninguna estructuración recíproca; la primera, en relación con la otra, no desempeñó sino el papel de una garantía lejana, y muy ficticia: una caución global que servía de pretexto para que los obstáculos morales, las opciones económicas o políticas, los miedos tradicionales, pudieran reescribirse en un vocabulario de consonancia científica. Todo ocurriría como si una fundamental resistencia se hubiera opuesto a que se pronunciara un discurso de forma racional sobre el 'sexo humano, sus correlaciones y sus efectos. Semejante desnivelación sería el signo de que en ese género de discursos no se trataba de decir la verdad, sino sólo de impedir que se produjese. En la diferencia entre la fisiología de la reproducción y la medicina de la sexualidad habría que ver otra cosa (y más) que un progreso científico desigual o una desnivelación en las formas de la racionalidad; la primera dependería de esa inmensa voluntad de saber que en Occidente sostuvo la institución del

70 SCIENTIA SEXUALIS
discurso científico; la segunda, de una obstinada
voluntad de no saber.
Es innegable: el discurso científico formulado sobre el sexo en el siglo XIX estuvo atravesado por credulidades sin tiempo, pero también por cegueras sistemáticas: negación a ver y oír; pero -sin duda es el punto esencial- negación referida a lo mismo que se hacía aparecer o cuya formulación se solicitaba imperiosamente. Pues no puede haber desconocimiento sino sobre el fondo de una relación fundamental con la verdad. Esquivarla, cerrarle el acceso, enmascararla: tácticas locales, que como una sobreimpresión (y por un desvío de última instancia) daban una forma paradójica a una petición esencial de saber. No querer reconocer algo es también una peripecia de la voluntad de saber. Que sirva aquí de ejemplo la Salpe'triére de Charcot: era un inmenso aparato de observación, con sus exámenes, sus interrogatorios, sus experiencias, pero también era una maquinaria de incitación, con sus presentaciones públicas, su teatro de las crisis rituales cuidadosamente preparadas con éter o nitrito de amilo, su juego de diálogos, de palpaciones, de imposición de manos, de posturas que los médicos, mediante un gesto o una palabra, suscitan o borran, con la jerarquía del personal que espía, organiza, provoca, anota, informa, y que acumula una inmensa pirámide de observaciones y expedientes. Ahora bien, sobre el fondo de esa incitación permanente al discurso y a la verdad, jugaban los mecanismos propios del desconocimiento: tal el gesto de Charcot interrumpiendo una consulta pública en la que demasiado manifiestamente comenzaba a tratarse de "eso"; así también, con mayor frecuencia,

SCIENTIA SEXUALIS 71
el desvanecimiento progresivo en los expedientes de lo que, en materia de sexo, había sido dicho y mostrado por los enfermos, pero también visto, solicitado por los médicos mismos, y que las observaciones publicadas eliden casi por entero.' Lo importante, en esta historia, no es que los sabios se taparan Ojos y oídos ni que se equivocaran; sino, en primer lugar, que se construyera en torno al sexo y a propósito del cinismo un inmenso aparato destinado a producir, sin perjuicio de enmascararla en el último momento, la verdad. Lo importante es que el sexo no haya sido únicamente una cuestión de sensación y de placer, de ley o de interdicción, sino también de verdad y de falsedad, que la verdad del sexo haya llegado a ser algo esencial, útil o peligroso, precioso o temible; en suma, que el sexo haya sido constituido como una apuesta en el juego de la verdad. Lo que hay que localizar, pues, no es el umbral de una racionalidad nueva cuyo descubrimiento correspondería a Freud -o a otro-, sino la fonación progresiva (y también las transformaciones) de ese "juego de la verdad y del sexo" que nos legó el siglo XIX y del cual nada prueba que nos hayamos liberado,
1 Cf., por ejemplo, Bourneville, Icotiographie de la Salpétriére, pp. 116ss. Los documentos inéditos sobre las lecciones de Charcot, que aún se encuentran en la Salpétriére, son sobre este punto más explícitos que los textos publicados. Los juegos de la incitación y de la elisión se leen allí con gran claridad. Una nota manuscrita narra la sesión del 25 de noviembre de 877. El sujeto presenta una contracción histérica; Charcot sus>ende una crisis colocando, primero, las manos, luego un bastón, sobre los ovarios. Retira el bastón, la crisis recomienza, la cierra con inhalaciones de nitrito de amilo. La enferma reclama entonces el bastón-sexo con palabras que no implican ninguna metáfora. El manuscrito añade: "Se hace desaparecer a cuyo delirio continúa."

72 SCIENTIA SEXUALIS
incluso si hemos logrado modificarlo. Desconocimientos, evasiones y evitaciones no han sido posibles, ni producido sus efectos, sino sobre el fondo de esa extraña empresa: decir la verdad del sexo. Empresa que no data del siglo XIX, aun si entonces le prestó forma singular el proyecto de una "ciencia". Es el pedestal de todos los discursos aberrantes, ingenuos o astutos en los que el saber sobre el sexo se extravió al parecer tanto tiempo.

Ha habido históricamente dos grandes procedimientos para producir la verdad del sexo.
Por un lado, las sociedades -fueron numerosas: China, Japón, India, Roma, las sociedades árabes musulmanas que se dotaron de una ars erotica. En el arte erótico, la verdad es extraída del placer mismo, tomado como práctica y recogido como experiencia; el placer no es tomado en cuenta en relación con una ley absoluta de lo permitido y lo prohibido ni con un criterio de utilidad, sino que, primero y ante todo en relación consigo mismo, debe ser conocido como placer, por lo tanto según su intensidad, su calidad específica, su duración, sus reverberaciones en el cuerpo y el alma. Más aún: ese saber debe ser revertido sobre la práctica sexual, para trabajaría desde el interior y amplificar sus efectos. Así se constituye un saber que debe permanecer secreto, no por una sospecha de infamia que mancharía a su objeto, sino por la necesidad de mantenerlo secreto, ya que según la tradición perdería su eficacia y su virtud si fuera divulgado. Es, pues, fundamental la relación con el maestro poseedor de los secretos; él, únicamente, puede trasmitirlo de manera esoté-

SCIENTIA SEXUALIS 73
rica y al término de una iniciación durante la cual guía, con un saber y una severidad sin fallas, el avance de su discípulo. Los efectos de ese arte magistral, mucho más generosos de lo que dejaría suponer la sequedad de sus recetas, deben transfigurar al que recibe sus privilegios: dominio absoluto del cuerpo, goce único, olvido del tiempo y de los límites, elixir de larga vida, exilio de la muerte y de sus amenazas.
Nuestra civilización, a primera vista al menos, no posee ninguna ars erotica. Como desquite, es sin duda la única en practicar una scientia sexualis. 0 mejor: en haber desarrollado durante siglos, para decir la verdad del sexo, procedimientos que en lo esencial corresponden a una forma de saber rigurosamente opuesta al arte de las iniciaciones y al secreto magistral: se trata de la confesión.
Al menos desde la Edad Media, las sociedades occidentales colocaron la confesión entre los rituales mayores de los cuales se espera la producción de la verdad: reglamentación del sacramento de penitencia por el concilio de Letrán, en 1215, desarrollo consiguiente de las técnicas de confesión, retroceso en la justicia criminal de los procedimientos acusatorios, desaparición de ciertas pruebas de culpabilidad Juramentos, duelos, juicios de Dios) y desarrollo de los métodos de interrogatorio e investigación, parte cada vez mayor de la administración real en la persecución de las infracciones y ello a expensas de los procedimientos de transacción privada, constitución de los tribunales de inquisición: todo ello contribuyó a dar a la confesión un papel central en el orden de los poderes civiles y religiosos. La evolución de la pa-

74 SCIENTIA SEXUALIS
labra aveu * y de la función jurídica que ha designado es en sí característica: del aveu, garantía de condición y estatuto, de identidad y de valor acordado a alguien por otro, se ha pasado al aveu, reconocimiento por alguien de sus propias acciones o pensamientos. Durante mucho tiempo el individuo se autentificó gracias a la referencia de los demás y a la manifestación de su vínculo con otro (familia, juramento de fidelidad, protección) ; después se lo autentificó mediante el discurso verdadero que era capaz de formular sobre sí mismo o que se le obligaba a formular. La confesión de la verdad se inscribió en el corazón de los procedimientos de individualización por parte del poder.
En todo caso, al lado de los rituales consistentes en pasar por pruebas, al lado de las garantías dadas por la autoridad de la tradición, al lado de los testimonios, pero también de los procedimientos científicos de observación y demostración, la confesión se convirtió, en Occidente, en una de las técnicas más altamente valoradas para producir lo verdadero. Desde entonces hemos llegado a ser una sociedad singularmente confesante. La confesión difundió hasta muy lejos sus efectos: en la justicia, en la medicina, en la pedagogía, en las relaciones familiares, en las relaciones amorosas, en el orden de lo más cotidiano, en los ritos más solemnes; se confiesan los crímenes, los pecados,
4 Aveu: 11 en la Edad Media, su primera acepción era: "Declaración escrita comprobando el compromiso del vasallo hacia su señor, en razón del feudo que ha recibido" (Robert); 21 en el siglo XVII su primera acepción ha llegado a ser: "Acción de avouer (confesar), de reconocer ciertos hechos más o menos penosos de revelar" (Robert). A esta evolución se refiere el autor en el pasaje que sigue. [T.]

SCIENTIA SEXUALIS 75
los pensamientos y deseos, el pasado y los sueños, la infancia; se confiesan las enfermedades y las miserias; la gente se esfuerza en decir con la mayor exactitud lo más difícil de decir, y se confiesa en público y en privado, a padres, educadores, médicos, seres amados; y, en el placer o la pena, uno se hace a sí mismo confesiones imposibles de hacer a otro, y con ellas escribe libros. La gente conflesa es forzada a confesar. Cuando la confesión no es espontánea ni impuesta por algún imperativo interior, se la arranca; se la descubre en el alma o se la arranca al cuerpo. Desde la Edad Media, la tortura la acompaña como una sombra y la sostiene cuando se esquiva: negras mellizas.2 La más desarmada ternura, así como el más sangriento de los poderes, necesitan la confesión. El hombre, en Occidente, ha llegado a ser un animal de confesión.
De allí, sin duda, una metamorfosis literaria: del placer de contar y oír, centrado en el relato heroico o maravilloso de las "pruebas" de valentía o santidad, se pasó a una literatura dirigida a la infinita tarea de sacar del fondo de uno mismo, entre las palabras, una verdad que la forma misma de la confesión hace espejear como lo inaccesible. De allí, también, esta otra manera de filoso fár: buscar la relación fundamental con lo verdadero no simplemente en uno mismo -en algún saber olvidado o en cierta huella originaria- sino en el examen de uno mismo, que libera, a través de tantas impresiones fugitivas, las certidumbres
2 Ya el derecho griego había unido tortura y confesión, al menos para los esclavos. Práctica que amplió el derecho romano imperial. Estos temas serán retomados en Le Pouvoir de la vérit¿.

76 SCIENTIA SEXUALIS
fundamentales de la consciencia. La obligación de confesar nos llega ahora desde tantos puntos diferentes, está ya tan profundamente incorporada a nosotros que no la percibimos más como efecto de un poder que nos constriñe; al contrario, nos parece que la verdad, en lo más secreto de nosotros mismos, sólo "pide" salir a la luz; que si no lo hace es porque una coerción la retiene, porque la violencia de un poder pesa sobre ella, y no podrá articularse al fin sino al precio de una especie de liberación. La confesión manumite, el poder reduce al silencio; la verdad no pertenece al orden del poder y en cambio posee un parentesco originario con la libertad: otros tantos temas tradicionales en la filosofía, a los que una "historia política de la verdad" debería dar vuelta mostrando que la verdad no es libre por naturaleza, ni siervo el error, sino que su producción está toda entera atravesada por relaciones de poder. La confesión es un ejemplo.
Es preciso que uno mismo haya caído en la celada de esta astucia interna de la confesión para que preste un papel fundamental a la censura, a la prohibición de decir y de pensar; también es necesario haberse construido una representación harto invertida del poder para llegar a creer que nos hablan de libertad todas esas voces que en nuestra civilización, desde hace tanto tiempo, repiten la formidable conminación de decir lo que uno es, lo que ha hecho, lo que recuerda y lo que ha olvidado, lo que esconde y lo que se esconde, lo que uno no piensa y lo que piensa no pensar. Inmensa obra a la cual Occidente sometió a generaciones a fin de producir -mientras que otras formas de trabajo aseguraban la acumu-

78 SCIENTIA SEXUAUS
gularidad sexual, por extremada que sea. En Grecia la verdad y el sexo se ligaban en la forma de la pedagogía, por la transmisión, cuerpo a cuerpo, de un saber precioso; el sexo servía de soporte a las iniciaciones del conocimiento. Para nosotros, la verdad y el sexo se ligan en la confesión, por la expresión obligatoria y exhaustiva de un secreto individual. Pero esta vez es la verdad la que sirve de soporte al sexo y sus manifestaciones.
Ahora bien, la confesión es un ritual de discurso en el cual el sujeto que habla coincide con el sujeto del enunciado; también es un ritual que se despliega en una relación de poder, pues no se confiesa sin la presencia al menos virtual de otro, que no es simplemente el interlocutor sino la instancia que requiere la confesión, la impone, la aprecia e interviene para juzgar, castigar, perdonar, consolar, reconciliar; un ritual donde la verdad se autentifica gracias al obstáculo y las resistencias que ha tenido que vencer para formularse; un ritual, finalmente, donde la sola enunciación, independientemente de sus consecuencias externas, produce en el que la articula modificaciones intrínsecas: lo torna inocente, lo redime, lo purifica, lo descarga de sus faltas, lo libera, le promete la salvación. " verdad del sexo, al menos en cuanto a lo esencial, ha sido presa durante siglos de esa forma discursiva, y no de la de la enseñanza (la educación sexual se limitará a los principios generales y a las reglas de prudencia) , ni de la de la iniciación (práctica esencialmente muda, que el acto de despabilar o de desflorar sólo torna risible o violenta). Es una forma, como se ve, lo más lejana posible de la que rige al "arte erótico". Por la estructura de poder que le es inmanen-

SCIENNA SEXUALIS 79
te, el discurso de la confesión no sabría provenir de lo alto, como en el ars erotica, por la voluntad soberana del maestro, sino de abajo, como una palabra obligada, requerida, que por una coerción imperiosa hace saltar los sellos de la discreción y del olvido. Lo que de secreto supone tal discurso no está ligado al elevado precio de lo que tiene que decir y al pequeño número de los que merecen recibir sus beneficios, sino a su oscura familiaridad y a su general bajeza. Su verdad no está garantizada por la autoridad altanera del magisterio ni por la tradición que trasmite, sino por el vínculo, la pertenencia esencial en el discurso entre quien habla y aquello de lo que habla. En desquite, la instancia de dominación no está del lado del que habla (pues es él el coercionado) sino del que escucha y se calla; no del lado del que sabe y formula una respuesta, sino del que interroga y no pasa por saber. Por último, este discurso verídico tiene efectos en aquel a quien le es arrancado y no en quien lo recibe. Con tales verdades confesadas estamos lo más lejos posible de las sabias iniciaciones en el placer, con su técnica y su mística. Pertenecemos, en cambio, a una sociedad que ha ordenado alrededor del lento ascenso de la confidencia, y no en la transmisión del secreto, el difícil saber del sexo.

La confesión fue y sigue siendo hoy la matriz general que rige la producción del discurso verídico sobre el sexo. Ha sido, no obstante, considerablemente trasformada. Durante mucho tiempo permaneció sólidamente encastrado en la práctica de la penitencia. Pero poco a poco, después del pro-

80 SCI@'NA SEXUALIS
testantismo, la Contrarreforma, la pedagogía del siglo XVIII y la medicina del XIX, perdió su ubicación ritual y exclusiva; se difundió; se la utilizó en toda una serie de relaciones: niños y padres, alumnos y pedagogos, enfermos y psiquiatras, delincuentes y expertos. "s motivaciones y los efectos esperados se diversificaron, así como las formas que adquirió: interrogatorios, consultas, relatos autobiográficos, cartas; fueron consignados, transcritos, reunidos en expedientes, publicados y comentados. Pero, sobre todo, la confesión se abrió,' si no a otros dominios, al menos a nuevas maneras de recorrerles. Ya no se trata sólo de decir lo que se hizo -el acto sexual- y cómo, sino de restituir en él y en torno a él los pensamientos, las obsesiones que lo acompañan, las imágenes, los deseos, las modulaciones y la calidad del placer que lo habitan. Por primera vez sin duda una sociedad se inclinó para solicitar y oír la confidencia misma de los placeres individuales.
Diseminación, pues, de los procedimientos de la confesión, localización múltiple de su coacción, extensión de su dominio: poco a poco se constituyó un gran archivo de los placeres del sexo. Durante mucho tiempo este archivo se disimuló a medida que se constituía. No dejó huellas (así lo quería la confesión cristiana), hasta que la medicina, la psiquiatría y también la pedagogía comenzaron a solidificarlo: Campe, Salzmann, luego sobre todo Kaan, Krafft-Ebing, Tardieu, Molle, Havelock Ellis, reunieron con cuidado toda esa lírica pobre de la heterogeneidad sexual. Así las sociedades occidentales comenzaron a llevar el indefinido registro de sus placeres. Establecieron su herbario, instauraron su clasificación; descri-

SCIENTIA SEXUALIS 81
'bieron las deficiencias cotidianas tanto como las i rarezas o las exasperaciones. Momento importante:
es fácil reírse de los psiquiatras del siglo XIX que enfáticamente se excusaban, por los horrores a los que daban la palabra, evocando "atentados a las costumbres" o "'aberraciones de los sentidos genésicos". Yo me inclinaría más bien a saludar su seriedad: tenían el sentido del acontecimiento. Era el momento en que los placeres más singulares eran llamados a formular sobre sí mismos un discurso verídico que ya no debía articularse con el que habla del pecado y la salvación, de la muerte y la eternidad, sino con el que habla del cuerpo y de la vida -con el discurso de la ciencia. Había motivos para hacer temblar las palabras; se constituía entonces esta cosa improbable: una ciencia confesión, una ciencia que se apoyaba en los rituales de la confesión y en sus contenidos, una ciencia que suponía esa extorsión múltiple e insistente y se daba como objeto lo inconfesable-confesado. Escándalo, por supuesto, repulsión en todo caso, del discurso científico, tan grandemente institucionalizado en el siglo XIX, cuando debió tomar a su cargo todo ese discurso de abajo. Paradoja teórica y metodológica: las largas discusiones sobre la posibilidad de constituir una ciencia del sujeto, la validez de la introspección, la evidencia de lo vivido o la presencia a sí de la conciencia, respondían sin duda al problema inherente al funcionamiento de los discursos sobre la verdad en nuestra sociedad: ¿es posible articular la producción de la verdad según el viejo modelo jurídico-religioso de la confesión, y la extorsión de la confidencia según la regla del discurso científico? Dejemos hablar a los que creen que la verdad del

82 SCIENTIA SIEXUALIS
sexo fue elidida más rigurosamente que nunca en el siglo XIX, por un temible mecanismo de bloqueo y un déficitácentral del discurso. No déficit, sino sobrecarga, reduplicación, más bien demasiados (antes que no bastantes) discursos, en todo caso interferencia entre dos modalidades de producción de lo verdadero: los procedimientos de la confesión y la discursividad científica.
Y en lugar de contar los errores, ingenuidades y moralismos que poblaron en el siglo XIX los discursos sobre la verdad del sexo, más valdría descubrir los procedimientos por los cuales esa voluntad de saber relativa al sexo, que caracteriza al Occidente moderno, hizo funcionar los rituales de la confesión en los esquemas de la regularidad científica: ¿cómo se logró constituir esa inmensa y tradicional extorsión de confesión sexual en formas científicas?
1] Por una codificación clínica del "hacer hablar": combinar la confesión con el examen, el relato de sí mismo con el despliegue de un conjunto de signos y síntomas descifrables; el interrogatorio, el cuestionario apretado, la hipnosis con la rememoración de recuerdos, las asociaciones libres: otros tantos medios para reinscribir el procedimiento de la confesión en un campo de observaciones científicamente aceptables.
21 Por el postulado de una causalidad general y difusa: el deber decirlo todo y el poder interrogar acerca de todo encontrarán su justificación en el principio de que el sexo está dotado de un poder causal inagotable y polimorfo. Al más discreto acontecimiento en la conducta sexual -accidente o desviación, déficit o exceso- se lo supone capaz de acarrear las consecuencias más

SCIENTIA SEXUALIS 83
variadas a lo largo de toda la existencia; no hay
enfermedad o trastorno físico al cual el siglo XIX
no le haya imaginado por lo menos una parte de
etiología sexual. De los malos hábitos de los niños
a las tisis de los adultos, a las apoplejías de los
viejos, a las enfermedades nerviosas y a las dege-
neraciones de la raza, la medicina de entonces
tejió toda una red de causalidad sexual. Puede
parecernos fantástica. El principio del sexo como
"causa de todo y de cualquier cosa" es el reverso
teórico de una exigencia técnica: hacer funcionar
en una práctica de tipo científico los procedimien-
tos de una confesión que debía ser total, meticu-
losa y constante. Los peligros ­limitados que el
sexo conlleva justifican el carácter exhaustivo de
la inquisición a la cual es sometido.
3] Por el principio de una latencia intrínseca
de la sexualidad: si hay que arrancar la verdad del
sexo con la técnica de la confesión, no sucede así
simplemente porque sea difícil de decir o est‚ blo-
queada por las prohibiciones de la decencia, sino
porque el funcionamiento del sexo es oscuro; por-
que est en su naturaleza escapar siempre, porque
su energía y sus mecanismos se escabullen; por-
que su poder causal es en parte clandestino. Al
integrarla a un proyecto de discurso científico, el
siglo XIX desplazó a la confesión; ésta tiende a no
versar ya sobre lo que el sujeto desearía esconder,
sino sobre lo que est escondido para ‚l mismo
y que no puede salir a la luz sino poco a poco y
merced al trabajo de una confesión en la cual, cada
uno por su lado, participan el interrogador y el
interrogado. El principio de una latencia esencial
de la sexualidad permite articular en una prác-
tica científica la obligación de una confesión di-


84 SCIENTIA SEXUALIS
fícil. Es preciso arrancarla, y por la fuerza, puesto
que se esconde.
4] Por el método de la interpretación: si hay
que confesar, no es sólo porque el confesor tenga
el poder de perdonar, consolar y dirigir, sino por-
que el trabajo de producir la verdad, si se quiere
validarlo científicamente, debe pasar por esa re-
lación. La verdad no reside en el sujeto solo que,
confesando, la sacaría por entero a la luz. Se cons-
tituye por partida doble:

éste le toca decir la verdad de esa verdad oscura:
hay que acompañar la revelación de la confesión
con el desciframiento de lo que dice. El que es-
cucha no ser sólo el dueño del perdón, el juez
que condena o absuelve; ser el dueño de la ver-
dad. Su función es hermenéutica. Respecto a la
confesión, su poder no consiste sólo en exigirla,
antes de que haya sido hecha, o en decidir, des-
pués de que ha sido proferida; consiste en consti-
tuir, a través de la confesión y descifrándola, un
discurso verdadero. Al convertir la confesión no ya
en una prueba sino en un signo, y la sexualidad en
algo que debe interpretarse, el siglo XIX se dio la
posibilidad de hacer funcionar los procedimientos
de la confesión en la formación regular de un dis-
curso científico.
51 Por la medicalización de los efectos de la
confesión: la obtención de la confesión y sus efec-
tos son otra vez cifrados en la forma de operacio-
nes terapéuticas. Lo que significa en primer lugar
que el dominio del sexo ya no ser colocado sólo
en el registro de la falta y el pecado, del exceso
o de la transgresión, sino -lo que no es más que


SCIENTIA SEXUALIS 85
una transposición- bajo el r‚gimen de lo normal
y de lo patológico; por primera vez se define una
morbilidad propia de lo sexual; aparece como un
campo de alta fragilidad patológica: superficie de
repercusión de las otras enfermedades, pero tam-
bién foco de una nosografía propia, la del instin-
to, las inclinaciones, las imágenes, el placer, la
conducta. Ello quiere decir que la confesión ad-
quirir su sentido y su necesidad entre las inter-
venciones médicas: exigida por el médico, necesa-
ria para el diagnostico y por sí misma eficaz para
la curación. Lo verdadero sana, es curativo si lo
dice a tiempo y a quien conviene aquel que, a
un tiempo, es el poseedor y el responsable.
Tomemos puntos de referencia amplios: nues
tra sociedad, rompiendo con las tradiciones de la
ars erotica, se dio una scientia sexualis. Más pre-
cisamente, continuó la tarea de proseguir discursos
verdaderos sobre el sexo, ajustando, no sin traba-
jo, el antiguo procedimiento de la confesión a las
reglas del discurso científico. La scientia sexualis,
desarrollada a partir del siglo XIX, conserva para-
dójicamente como núcleo el rito singular de la
confesión obligatoria y exhaustiva, que en el Oc-
cidente cristiano fue la primera técnica para pro-
ducir la verdad del sexo. Este rito, a partir del
siglo XVI, se desprendió poco a poco del sacra-
mento de la penitencia, y por mediación de la
conducción de las almas y la dirección de las con-
ciencias ars artium- emigró hacia la pedagogía,
hacia las relaciones entre adultos y niños, hacia
las relaciones familiares, hacia la medicina y la
psiquiatría. En todo caso, desde hace casi ciento
cincuenta años, est montado un dispositivo com-
plejo para producir sobre el sexo discursos verda-


86 SCIENTIA SEXUALIS
deros: un dispositivo que atraviesa ampliamente
la historia puesto que conecta la vieja orden de
confesar con los m‚todos de la escucha clínica. Y
fue a través de ese dispositivo como, a modo de
verdad del sexo y sus placeres, pudo aparecer algo
como la "sexualidad".
La "sexualidad": correlato de esa práctica dis-
cursiva lentamente desarrollada que es la scientia
sexualis. Los caracteres fundamentales de esa se-
xualidad no traducen una representación más o
menos embrollada, borroneada por la ideología,
o un desconocimiento inducido por las prohibi-
ciones; corresponden a exigencias funcionales del
discurso que debe producir su verdad. En la in-
tersección de una técnica de confesión y una dis-
cursividad científica, allíí donde fue necesario ha-
llar entre ellas algunos grandes mecanismos de
ajuste (técnica de la escucha, postulado de causa-
lidad, principio de latencia, regla de interpreta-
ción, imperativo de medicalización), la sexualidad
se definió "por naturaleza" como: un dominio
penetrable por procesos patológicos, y que por lo
tanto exigía intervenciones terapéuticas o de nor-
matización; un campo de º
mos específicos; un foco de relaciones causases
indefinidas, una palabra oscura que hay que des-
emboscar y, a la vez, escuchar. Es la "economía"
de los discursos, quiero decir su tecnología in-
trínseca, las necesidades de su funcionamiento, las
tácticas que ponen en acción, los efectos de poder
que los subtienden y que conllevan -es esto y no
un sistema de representaciones lo que determina
los caracteres fundamentales de lo que dicen. "
historia de la sexualidad -es decir, de lo que fun-


SCIENTIA SEXUALIS 87
cionó en el siglo XIX como dominio de una verdad
especifica- debe hacerse en primer término desde
el punto de vista de una historia de los discursos.
Adelantemos la hipótesis general del trabajo. La
sociedad que se desarrolla en el siglo XVIII -llá -
mesela como se quiera, burguesa, capitalista o in-
dustrial-, no opuso al sexo un rechazo funda-
mental a reconocerlo. Al contrario, puso en acción
todo un aparato para producir sobre ‚l discursos
verdaderos. No sólo habló mucho de él y constriñó
a todos a hacerlo, sino que se lanzó a la empresa
de formular su verdad regulada. Como si lo sospe-
chase de poseer un secreto capital. Como si tuviese
necesidad de esa producción de la verdad. Como
si fuese esencial para ella que el sexo esté inscrito
no sólo en una economía del placer, sino en un
ordenado régimen de saber. Así, se convirtió poco
a poco en el objeto de un gran recelo; el sentido
general e inquietante que a pesar nuestro atra-
viesa nuestras conductas y nuestras existencias; el
punto frágil por donde nos llegan las amenazas
del mal; el fragmento de noche que cada uno lleva
en sí. Significación general, secreto universal, cau-
sa omnipresente, miedo que no cesa. Tanto y tan
bien que en esta "cuestión" del sexo (en los dos
sentidos: * interrogatorio y problematización; exi-
gencia de confesión e integración a un campo de
racionalidad) se desarrollan dos procesos, y siem-
pre cada uno de ellos remite al otro: le pedimos
que diga la verdad (pero como es el secreto y

Question": actualmente, entre otros, posee los significados
"cuestión" y de "pregunta"; pero antiguamente, y a este sentido alude el autor, denomina base la question, por eufemismo, a la tortura infligida a un acusado para arrancarle confesiones. [T.]

88 SCIENTIA SEXUALIS
escapa a SÍ mismo, nos reservamos el derecho de
decir nosotros la verdad finalmente iluminada, fi-
nalmente descifrada, de su verdad); y le pedimos
que diga nuestra verdad o, mejor, le pedimos que
diga la verdad profundamente enterrada de esa
verdad de nosotros mismos que creemos poseer en
la inmediatez de la consciencia. Le decimos su ver-
dad, descifrando lo que ‚l nos dice de ella; ‚l nos
dice la nuestra liberando lo que se esquiva. Desde
hace varios siglos, con ese juego se constituyó, len-
tamente, un saber sobre el. sujeto; no tanto un
saber de su forma, sino de lo que lo escinde; de lo
que quizá lo determina, pero, sobre todo, hace que
se desconozca. Esto pudo parecer imprevisto, pero
no debe asombrar cuando se piensa en la larga
historia de la confesión cristiana y judicial, en los
desplazamientos y transformaciones de esa forma de
saber-poder, tan capital en Occidente, que es la
confesión: según círculos cada vez más estrechos,
el proyecto de una ciencia del sujeto se puso a
gravitar alrededor de la cuestión del sexo. " cau-
salidad en el sujeto, el inconsciente del sujeto, la
verdad del sujeto en el otro que sabe, el saber en
el otro de lo que el sujeto no sabe, todo eso haló
campo propicio para desplegarse en el discurso
del sexo. No, sin embargo, en razón de alguna
propiedad natural inherente al sexo mismo, sino
en función de las técnicas de poder inmanentes en
tal discurso.


Scientia sexualis contra ars erotica, sin duda. Pero
hay que notar que la ars erotica, con todo, no ha
desaparecido de la civilización occidental; tam-
poco estuvo ausente del movimiento con que se


SCIENTIA SEXUAUS 89
buscó producir la ciencia de lo sexual. Hubo en
la confesión cristiana, pero sobre todo en la direc-
ción y el examen de conciencia, en la búsqueda
de la unión espiritual y del amor de Dios, toda
una serie de procedimientos que se vinculan a un
arte erótica: gula por el maestro a lo largo de
un camino de iniciación, intensificación de las
experiencias hasta en sus componentes físicos, au-
mento de los efectos gracias al discurso que los
acompaña; los fenómenos de posesión y de éxtasis,
que tuvieron tanta frecuencia en el catolicismo
de la Contrarreforma, fueron sin duda los efectos
incontrolados que desbordaron la técnica erótica
inmanente en esa sutil ciencia de la carne. Y hay
que preguntarse si desde el siglo XIX, la scientia
sexualis, bajo el afeite de su positivismo decente '
no funciona al menos en algunas de sus dimen-
siones como una ars erotica. Quizá la producción
de verdad, por intimidada que est‚ por el modelo
científico, haya multiplicado, intensificado e in-
cluso creado sus placeres intrínsecos. A menudo se
dice que no hemos sido capaces de imaginar pla-
ceres nuevos. Al menos inventamos un placer di-
ferente: placer en la verdad del placer, placer en
saberla, en exponerla, en descubrirla, en fascinar-
se al verla, al decirla, al cautivar y capturar a los
otros con ella, al confiarla secretamente, al desen-
mascararla con astucia; placer especifico en el dis-
curso verdadero sobre el placer. No es en el ideal
de una sexualidad sana, prometido por la medi-
cina, ni en la ensoñación humanista de una sexua-
lidad completa y desenvuelta, ni, menos, en el
lirismo del orgasmo y los buenos sentimientos de
la bioenergía, donde habría que buscar los ele-
mentos más importantes de un arte erótica ligada


90 SCIENTIA SEXUALIS
a nuestro saber sobre la sexualidad (todo eso se
refiere sólo a su utilización normalizadora) , sino
en esa multiplicación e intensificación de los pla-
ceres ligados a la producción de la verdad sobre
el sexo. Los libros científicos, escritos y leídos, las
consultas y los exámenes, la angustia de responder
a las preguntas y las delicias de sentirse interpre-
tado, tantos relatos contados a uno mismo y a los
demás s, tanta curiosidad, tantas numerosas confi-
dencias cuyo escándalo sostiene, no sin temblar
un poco, el deber de ser veraz, la pluralicen de
fantasías secretas que tan caro cuesta cuchichear
a quien sabe oírlas, en una palabra: el formidable
"placer del análisis" (en el sentido más amplio de
la última palabra), que desde hace varios siglos el
Occidente ha fomentado sabiamente, todo ello
forma los fragmentos errantes de un arte erótica
que, en sordina, trasmiten la confesión y la cien-
cia del sexo. ¨Hay que creer que nuestra scientia
sexualis no es más que una forma singularmente
sutil de ars erotica? ¨y qué‚ es la versión occidental
y quintaesenciado de esa tradición aparentemente
perdida? ¨O hay que suponer que todos esos pla-
ceres no son sino los subproductos de una ciencia
sexual, un beneficio que sostiene los innumera-
bles esfuerzos de la misma?
En todo caso, la hipótesis de un poder de re-
presión ejercido por nuestra sociedad sobre el sexo
por motivos de economía parece muy exigua si
hay que dar razón de toda esa serie de refuerzos e
intensificaciones que un primer recorrido hace
aparecer: proliferación de discursos, y de discursos
cuidadosamente inscritos en exigencias de poder;
solidificación de la discordancia sexual y constitu-
ción de los dispositivos capaces no sólo de aislar-

LIS SCIENNA SEXUALIS
91
se la, sino de suscitaría, de constituirla en focos de
.10 atención, de discurso y de placeres; producción
obligatoria de confesiones e instauración a partir
de allí de un sistema de saber legitimo y de una
economía de placeres múltiples. Mucho más que
un mecanismo negativo de exclusión o rechazo, se
trata del encendido de una red sutil de discursos,
de saberes, de placeres, de poderes; no se trata de
un movimiento que se obstinaría en rechazar el
sexo salvaje hacia alguna región oscura e inaccesi-
ble, sino, por el contrario, de procesos que lo di-
seminan en la superficie de las cosas y los cuer-
pos, que lo excitan, lo manifiestan y lo hacen
hablar, lo implantan en lo real y lo conminan a
decir la verdad: toda una titulación visible de
lo sexual que emana de la multiplicidad de los
discursos, de la obstinación de los poderes y de
los juegos del saber con el placer.
¨Ilusión, todo esto? ¨Impresión apresurada detrás
de la cual una mirada más cuidadosa redescubri-
ría la grande y conocida mecánica de la represión?
Más allá de estas pocas fosforescencias, ¨no hay
que redescubrir la oscura ley que dice siempre
no? Responder , o debería responder, la investi-
gación histórica. Indagación de la manera en que
se formó desde hace tres buenos siglos el saber
sobre el sexo; de la manera en que se multipli-
caron los discursos que lo tomaron como objeto,
y de las razones por las cuales hemos llegado a
otorgar un precio casi fabuloso a la verdad que
pensaban producir. Quizá s esos análisis históricos
terminar n por disipar lo que parece sugerir este
primer recorrido. Pero el postulado de partida
que yo querría mantener el mayor tiempo posible,
consiste en que esos dispositivos de poder y saber,


92 SCIENTIA SEXUALIS
de verdad y placeres, no son forzosamente secun-
darios y derivados; y que, de todos modos, la
represión no es fundamental ni triunfante. Se tra-
ta pues de considerar con seriedad esos dispositivos
y de invertir la dirección del análisis; más que de
una represión generalizada y de una ignorancia
medida con el patrón de lo que suponemos sa-
ber, hay que partir de esos mecanismos positivos,
productores de saber, multiplicadores de discursos,
inductores de placer y generadores de poder; hay
que partir de ellos y seguirlos en sus condiciones
de aparición y funcionamiento, y buscar cómo se
distribuyen, en relación con ellos, los hechos de
prohibición y de ocultamiento que es est n liga-
dos. En suma, se trata de definir las estrategias de
poder inmanentes en tal voluntad de saber. Y, en
el caso preciso de la sexualidad, constituir la "eco-
nomía política" de una voluntad de saber.


1
IV. EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD







i







1
1







1
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la

1

¨De qué se trata en esta serie de estudios? De tras.
cribir como historia la f bula de las Joyas indis-
cretas.
Entre sus emblemas, nuestra sociedad lleva el
del sexo que habla. Del sexo sorprendido e inte-
rrogado que, a la vez constreñido y locuaz, res-
ponde inagotablemente. Cierto mecanismo, lo bas-
tante maravilloso como para tornarse ‚l mismo
invisible, lo capturó un día. Y en un juego donde
el placer se mezcla con lo involuntario y el con-
sentimiento con la inquisición, le hace decir la
verdad de sí y de los demás. Desde hace muchos
años, vivimos en el reino del príncipe Mangogul:
presas de una inmensa curiosidad por el sexo, obs-
tinados en interrogarlo, insaciables para escuchar-
lo y oír hablar de ‚l, listos para inventar todos los
anillos mágicos que pudieran forzar su discreción.
Como si fuese esencial que de ese pequeño frag-
mento de nosotros mismos pudiéramos extraer no
sólo placer sino saber y todo un sutil juego que
salta del uno al otro: saber sobre el placer, placer
en saber sobre el placer, placer-saber; y como si
ese peregrino animal, que alojamos tuviese por su
parte orejas lo bastante curiosas, ojos lo bastante
atentos y una lengua y un espíritu lo bastante bien
construidos como para saber machismo sobre ello
y ser completamente capaz de decirlo, con sólo que
uno se lo solicite con un poco de maña. Entre cada
uno de nosotros y nuestro sexo, el Occidente ten-
dió una incesante exigencia de verdad: a nosotros
nos toca arrancarle la suya, puesto que la ignora; a
[95]

96 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
‚l, decirnos la nuestra, puesto que la posee en la
sombra. ¨Oculto, el sexo? ¨Escondido por nuevos
pudores, metido en la chimenea por las tristes
exigencias de la sociedad burguesa? Al contrario:
incandescente. Hace ya varios cientos de años, fue
colocado en el centro de una formidable petición
de saber. Petición doble, pues estamos constreñi-
dos a saber qué pasa con ‚l, mientras se sospe-
cha que él sabe qué es lo que pasa con nos-
otros.
Determinada pendiente nos ha conducido, en
unos siglos, a formular al sexo la pregunta acerca
de lo que somos. Y no tanto al sexo-naturaleza
(elemento del sistema de lo viviente, objeto para
una biología), sino al sexo-historia, o sexo-signi-
ficación: al sexo-discurso. Nos colocamos nosotros
mismos bajo el signo del sexo, pero más bien de
una Lógica del sexo que de una Física. No hay
que engañarse: bajo la gran serie de las oposicio-
nes binarias (cuerpo-alma, came-espíritu, instinto-
razón, pulsiones-consciencia) que parecían reducir
y remitir el sexo a una pura mecánica sin razón,
Occidente ha logrado no sólo -no tanto- anexar
el sexo a un campo de racionalidad (lo que no sería
nada notable, habituados como estamos, desde los
griegos, a tales "conquistas"), sino hacernos pasar
casi por entero -nosotros, nuestro cuerpo. nuestra
alma, nuestra individualidad, nuestra historia-
bajo el signo de una lógica de la concupiscencia
y el deseo. Tal lógica nos sirve de clave universal
cuando se trata de saber quiénes somos. Desde
hace varias décadas, los especialistas en gen‚tica
no conciben más la vida como una organización
dotada, además, de la extraña capacidad de repro-
ducirse; en el mecanismo de reproducción ven


EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD 97
precisamente lo que introduce en la dimensión
de lo biológico: no sólo matriz de los seres vi-
vientes, sino de la vida. Ahora bien, ya van varios
siglos que, de una manera indudablemente muy
poco "científica", los innumerables teóricos y prác-
ticos de la carne hicieron del hombre el hijo de
un sexo imperioso e inteligible. El sexo, razón
de todo.

No cabe plantear la pregunta: ¨por qué, pues,
el sexo es tan secreto? ¨qué fuerza es esa que tanto
tiempo lo redujo al silencio y que apenas acaba
de aflojarse, permitiéndonos quizá interrogarlo,
pero siempre a partir y a través de su represión?
En realidad, esa pregunta tan a menudo repeti-
da en nuestra ‚poca no es sino la forma reciente de
una afirmación considerable y de una prescrip-
ción secular: allí lejos est la verdad; id a sorpren-
derla. Acheronta movebo: antigua decisión.

Vosotros que sois sabios, llenos de alta y prolíja
ciencia,
vosotros que concebís y sabéis
cómo, dónde y cuándo todo se une
... Vosotros, grandes sabios, decidme lo que pasa,
descubridme qué sucedió conmigo,
descubridme dónde, cómo y cuándo,
por qué tal cosa me ha ocurrido.,

Conviene, pues, preguntar antes que nada: ¨cuál
es esa conminación? ¨Por qué esa gran caza de la
verdad del sexo, de la verdad en el sexo?
En el relato de Diderot,* el buen genio Cucufa
,descubre en el fondo de su bolsillo, entre algunas
miserias los benditos, pequeñas pagodas de

1 G.-A. Burger, citado por Schopenhauer, Metafísica del amor.
Les biioux indiscrets: "Las joyas indiscretas." [T.)

98 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
plomo y pesadillas enmohecidas-, el minúsculo
anillo de plata cuyo engaste, invertido, hace ha-
blar a los sexos que uno encuentra. Se lo da al
sultán curioso. A nosotros nos toca saber qué ani-
llo maravilloso confiere entre nosotros un poder
semejante, en el dedo de cuál amo ha sido puesto;
qué juego de poder permite o supone, y cómo
cada uno de nosotros pudo llegar a ser respecto
de su propio sexo y el de los otros una especie de
sultán atento e imprudente. A ese anillo mágico,
a esa joya tan indiscreta cuando se trata de hacer
hablar a los demás pero tan poco elocuente acer-
ca de su propio mecanismo, conviene volverlo lo-
cuaz a su vez. Hay que hacer la historia de esa
voluntad de verdad, de esa petición de saber que
desde hace ya tantos siglos hace espejear el sexo:
la historia de una terquedad y un encarnizamien-
to. Más allá de sus placeres posibles, ¨qué le pe-
dimos al sexo, para obstinarnos así? ¨Qué es esa
paciencia o avidez de constituirlo en el secreto, la
,causa omnipotente, el sentido oculto, el miedo sin
respiro? ¨Y por qué la tarea de descubrir la difícil
verdad se mudó finalmente en una invitación a
levantar las prohibiciones y desatar las ligaduras?
¨Era pues tan arduo el trabajo, que había que
hechizarle con esa promesa? 0 ese saber había
llegado a tener tal precio -político, económico,
‚tico- que fue necesario, para sujetar a todos a
‚l, asegurarle no sin paradoja que allí se encon-
traría la liberación?
Para situar las investigaciones futuras, he aquí
algunas proposiciones generales concernientes a lo
que se apuesta, al m‚todo, al dominio por explo-
rar y a las periodizaciones que es posible admitir
provisionalmente.


1. LA APUESTA




¨Por qué estas investigaciones? Me doy cuenta muy
bien de que una incertidumbre atravesó los sebo-
zoos trazados más arriba; corro el riesgo de que la
misma condene las investigaciones más pormeno-
rizadas que he proyectado. Cien veces he repetido
que la historia de las sociedades occidentales en
los últimos siglos no mostraba demasiado el juego
de un poder esencialmente represivo. Dirigíí mi
discurso a poner fuera de juego esa noción, fin-
giendo ignorar que una critica era formulada des-
de otra parte y sin duda de modo más radical:
una critica que se ha efectuado al nivel de la teo-
ría del deseo. Que el sexo, en efecto, no est‚
reprimido' , no es una noción muy nueva. Hace
un buen tiempo que ciertos psicoanalistas lo dije-
ron. Recusaron la pequeña maquinaria simple que
gustosamente uno imagina cuando se habla de re-
presión; la idea de una energía -rebelde a la que
habría que dominar les pareció inadecuada para
descifrar de qué manera se articulan poder y de-
seo; los suponen ligados de una manera más com-
pleja y originaria que el juego entre una energía
salvaje, natural y viviente, que sin cesar asciende
desde lo bajo, y un orden de lo alto que busca
obstaculizarla; no habría que imaginar que el de-
seo est reprimido, por la buena razón de que la
ley es constitutiva del deseo y de la carencia que
lo instaura. La relación de poder ya estaría allí
donde est el deseo: ilusorio, pues, denunciarla en
[991

100 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
una represión que se ejercería a posterior­; pero,
también, vanidoso partir a la busca de un deseo
al margen del poder.
Ahora bien, de una manera obstinadamente
confusa, he hablado, como si fueran nociones equi-
valentes, ora de la represión, ora de la ley, la pro-
hibición o la censura. He ignorado -tozudez o
negligencia- todo lo que puede distinguir sus
­aplicaciones teóricas o prácticas. Y ciertamente
concibo que se pueda decirme: refiriéndose sin
cesar a técnicas positivas de poder, usted intenta
ganar en los dos tableros; usted confunde a los
adversarios en la figura del más débil, y, discu-
tiendo la sola represión, abusivamente quiere ha-
cer creer que se ha desembarazado del problema
de la ley; y no obstante usted conserva del prin-
cipio del poder-ley la consecuencia práctica esen-
cial, a saber, que no es posible escapar del poder,
que siempre est ahí y que constituye precisamente
aquello que se intenta oponerle. De la idea del
poder-represión, retiene usted el elemento teórico
más frágil, para criticarlo; de la idea del poder-
ley, retiene, para usarla a su modo, la consecuencia
política más esterilizante.
La apuesta de las investigaciones que seguir n
consiste en avanzar menos hacia una "teoría" que
hacia una "analítica" del poder: quiero decir, ha-
cia la definición del dominio especifico que for-
man las relaciones de poder y la determinación
de los instrumentos que permiten analizarlo. Per(
creo que tal analítica no puede constituirse sin,
a condición de hacer tabla rasa y de liberarse d
cierta representación del poder, la que yo llamar
en seguida se ver por qué- "jurídico-discur
siva". Esta concepción gobierna tanto la temática

I)AD LA APUESTA
101
de la represión como la teoría de la ley constitu-
tiva del deseo. En otros términos, lo que distingue
el análisis que se hace en términos de los instintos
del que se lleva a cabo en términos de ley del
deseo, es con toda seguridad la manera de conce-
bir la naturaleza y la din mica de las pulsiones;
no la manera de concebir el poder. Una y otra
recurren a una representación coman del poder

que, según el uso que se le d‚ y la posición que se
le reconozca respecto del deseo, conduce a dos con-
secuencias opuestas: o bien a la promesa de una
"liberación" si el poder sólo ejerce sobre el deseo
un apresamiento exterior, o bien, si es consti-
tutivo del deseo mismo, a la afirmación: usted
est , siempre, apresado ya. Por lo demás, no ima-
ginemos que esa representación sea propia de los
que se plantean el problema de las relaciones en-
tre poder y sexo. En realidad es mucho más gene-
ral; frecuentemente la volvemos a encontrar en
los análisis políticos del poder, y sin duda est
arraigada allá lejos en la historia de Occidente.
He aquí algunos de sus rasgos principales:

La relación negativa. Entre poder y sexo, no
establece relación ninguna sino de modo negativo:
rechazo, exclusión, desestimación, barrera, y aun
ocultación o máscara. El poder nada "puede" so-
bre el sexo y los placeres, salvo decirles no; si algo
produce, son ausencias o lagunas; elide elementos,
introduce discontinuidades, separa lo que
do, traza fronteras. Sus efectos adquieren la forma
general del limite y de la carencia.
[] La instancia de la regla. El poder, esencial-
mente, sería lo que dicta al sexo su ley. Lo que
quiere decir, en primer término, que el sexo es
colocado por aquí‚bajo un r‚gimen binario:


102 EL DISTINTIVO DE SEXUALIDAD
cito e ilícito, permitido y prohibido. Lo que quie-
re decir, en segundo lugar, que el poder prescribe
al sexo un "orden" que a la vez funciona como
forma de inteligibilidad: el sexo se descifra a par-
tir de su relación con la ley. Lo que quiere decir,
por último, que el poder actúa pronunciando la
regla: el poder apresa el sexo mediante el lenguaje
o más bien por un acto de discurso que crea, por
el hecho mismo de articularse, un estado de dere-
cho. Habla, y eso es la regla. La forma pura del
poder se encontrara en la función del legislador;
y su modo de acción respecto del sexo seria de
tipo jurídico-discursivo.
[] El ciclo de lo prohibido: no te acercar s, no
tocar s, no consumir s, no experimentar s placer,
no hablar s, no aparecer s; en definitiva, no exis-
tirás, salvo en la sombra y el secreto. El poder
no aplicaría al sexo más que una ley de prohibi-
ción. Su objetivo: que el sexo renuncie a sí mis-
mo. Su instrumento: la amenaza de un castigo
que consistiría en suprimirlo. Renuncia a ti mis-
mo so pena de ser suprimido; no aparezcas si no
quieres desaparecer. Tu existencia no ser mante-
nida sino al precio de tu anulación. El poder
constriñe al sexo con una prohibición que im-
planta la alternativa entre dos inexistencias.
[1] La lógica de la censura. Se supone que este
tipo de prohibición adopta tres formas: afirmar
que eso no est permitido, impedir que eso sea
dicho, negar que eso exista. Formas aparentemente
difíciles de conciliar. Pero es entonces cuando se
imagina una especie de lógica en cadena que sería
característica de los mecanismos de censura: liga
lo inexistente, lo ­lícito y lo informulable de ma-
nera que cada uno sea a la vez principio y efecto


LA APUESTA 103
del otro: de lo que est prohibido no se debe
hablar hasta que est‚ anulado en la realidad; lo
inexistente no tiene derecho a ninguna manifes-
tación, ni siquiera en el orden de la palabra que
enuncia su inexistencia; y lo que se debe callar
se encuentra proscrito de lo real como lo que est
prohibido por excelencia. La lógica del poder so-
bre el sexo sería la lógica paradójica de una ley
que se podría enunciar como conminación a la
inexistencia, la no manifestación y el mutismo.
La unidad de dispositivo. El poder sobre el
sexo se ejercería de la misma manera en todos los
niveles. De arriba abajo, en sus decisiones globales
como en sus intervenciones capilares, cualesquiera
que sean los aparatos o las instituciones en las que
se apoye, actuaría de manera uniforme y masiva;
funcionaría según los engranajes simples e inde-
finidamente reproducidos de la lev, la prohibición
y la censura: del Estado a la familia, del príncipe
al padre, del tribunal a la trivialidad de los cas-
tigos cotidianos, de las instancias de la dominación
social a las estructuras constitutivas del sujeto mis-
mo se hallaría, en diferente escala, una forma

general de poder. Esta forma es el derecho, con
el juego de lo lícito y lo ­lícito, de la transgresión
y el castigo. Ya se le preste la forma del príncipe
que formula el derecho, del padre que prohibe,

@a del censor que hace callar o del maestro que en-
seña la ley, de todos modos se esquematiza el po-
der. en una forma jurídica y se definen sus efectos
se como obediencia. Frente a un poder que es ley, el
sujeto constituido como sujeto que está "suje-
to"- es el que obedece. A la homogeneidad for-

mal del poder a lo largo de esas instancias, corres-

pondería a aquel a quien constriñe -ya se trate


104 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
del súbdito frente al monarca, del ciudadano fren-
te al Estado, del niño frente a los padres, del
discípulo frente al maestro- la forma general de
sumisión. Por un lado, poder legislador y, por el
otro, sujeto obediente.
Tanto en el tema general de que el poder re-
prime el sexo como en la idea de la ley consti-
tutiva del deseo, encontramos la misma supuesta
mecánica del poder. Se la define de un modo
extrañamente limitativo. Primero porque se tra-
taría de un poder pobre en recursos, muy ahorra-
tivo en sus procedimientos, monótono en sus tác-
ticas incapaz de invención y condenado a repe-
tirse siempre. Luego, porque sería un poder que
sólo tendría la fuerza del "no"; incapaz de produ-
cir nada, apto únicamente para trazar límites, se-
ría en esencia una antienergía; en ello consistiría
la paradoja de su eficacia; no poder nada, salvo
lograr que su sometido nada pueda tampoco, ex-
cepto lo que le deja hacer. Finalmente, porque se
trataría de un poder cuyo modelo sería esencial-
mente jurídico, centrado en el solo enunciado de
la ley y el solo funcionamiento de lo prohibido.
Todos los modos de dominación, de sumisión, de
sujeción se reducirían en suma al efecto de obe-
diencia.
¨Por qué se acepta tan fácilmente esta concep-
ción jurídica del poder, y por consiguiente la eli-
sión de todo lo que podría constituir su eficacia
productiva, su riqueza estratégica, su positividad?
En una sociedad como la nuestra, donde los apa-
ratos del poder son tan numerosos, sus rituales tan
visibles y sus instrumentos finalmente tan seguros,
en esta sociedad que fue, sin duda, más inventiva
que cualquiera en materia de mecanismos de po-


LA APUESTA 105

der. sutiles y finos, ¨por qué esa tendencia a no
reconocerlo sino en la forma negativa y descar-
nada de lo prohibido? ¨Por qué‚ reducir los dispo-
sitivos de la dominación nada más al procedimien-
to de la ley de prohibición?
Razón general y táctica que parece evidente
el poder es tolerable sólo con la condición de
enmascarar una parte importante de sí mismo. Su
éxito está en proporción directa con lo que logra
esconder de sus mecanismos. ¨Sería aceptado el
poder, si fuera enteramente cínico? Para el po-
der, el secreto no pertenece al orden del abuso; es
indispensable para su funcionamiento. Y no sólo
porque lo impone a quienes somete, sino porque
también a éstos les resulta igualmente indispen-
sable: ¨lo aceptarían acaso, si no viesen en ello un
simple límite impuesto al deseo, dejando intacta
una parte -incluso reducida- de libertad? El
poder, como puro límite trazado a la libertad, es,
en nuestra sociedad al menos, la forma general
de su aceptabilidad.
Quizá hay para esto una razón histórica. Las
grandes instituciones de poder que se desarrolla-
ron en la Edad Media -la monarquía, el Estado
con sus aparatos- tomaron impulso sobre el fon-
do de una multiplicidad de poderes que eran
anteriores y, hasta cierto punto, contra ellos: po-
deres densos, enmarañados, conflictivos, poderes
ligados al dominio directo o indirecto de la tierra,
a la posesión de las armas, a la servidumbre, a los
vínculos de soberanía o de vasallaje. Si tales insti-
tuciones pudieron implantarse, si supieron -be-
neficiándose con toda una serie de alianzas tácti-
cas- hacerse aceptar, fue porque se presentaron
como instancias de regulación, de arbitraje, de de-


106 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
limitación, como una manera de introducir entre
esos poderes un orden, de fijar un principio para
mitigarlos y distribuirlos con arreglo a fronteras
y a una jerarquía establecida. Esas grandes formas
de poder, frente a fuerzas múltiples que chocaban
entre sí, funcionaron por encima de todos los de-
rechos heterogéneos en tanto que principio del
derecho, con el triple carácter de constituirse como
conjunto unitario, de identificar su voluntad con
la ley y de ejercerse a través de mecanismos de
prohibición y de sanción. Su fórmula, pax et ­us-
titia, señalaba, en esa función a la que pretendía,
a la paz como prohibición de las guerras feudales
o privadas y a la justicia como manera de suspen-
der el arreglo privado de los litigios. En ese des-
arrollo de las grandes instituciones monárquicas,
se trataba, sin duda, de muy otra cosa que de un
puro y simple edificio jurídico. Pero tal fue el
lenguaje del poder, tal la representación de sí
mismo que ofreció, y de la cual toda la teoría del
derecho público construida en la Edad Media o
reconstruida a partir del derecho romano ha dado
testimonio. El derecho no fue simplemente un
arma manejada hábilmente por los monarcas; fue
el modo de manifestación y la forma de aceptabi-
lidad del sistema monárquico. A partir de la Edad
Media, en las sociedades occidentales el ejercicio
del poder se formula siempre en el derecho.
Una tradición que se remonta al siglo XVIII o
al XIX nos habituó a situar el poder monárquico
absoluto del lado del no-derecho: lo arbitrario, los
abusos, el capricho, la buena voluntad, los privi-
legios y las excepciones, la continuación tradicio-
nal de estados de hecho. Pero eso significa olvidar
el rasgo histórico fundamental: las monarquías


LA APUESTA 107
occidentales se edificaron como sistemas de dere-
cho, se reflejaron a través de teorías del derecho
e hicieron funcionar sus mecanismos de poder se-
gún la forma del derecho. El viejo reproche de
Boulainvilliers a la monarquía francesa -haberse
valido del derecho y los juristas para abolir los
derechos y rebajar a la aristocracia-, tiene, grosso
modo, fundamento. A través del desarrollo de la
monarquía y de sus instituciones se instauró esa
dimensión de lo jurídico-político; por cierto que
no se adecua a la manera en que el poder se ejer-
ció y se ejerce; pero es el código con que se pre-
senta, y prescribe que se lo piense según ese códi-
go. La historia de la monarquía y el recubrimiento
de hechos y procedimientos de poder por el dis-
curso jurídico-político fueron cosas que marcha-
ron al unísono.
Ahora bien, a pesar de los esfuerzos realizados
para separar lo jurídico de la institución monár-
quica y para liberar lo político de lo jurídico, la
representación del poder continuó atrapada por
ese sistema. Consideremos dos ejemplos. En Fran-
cia, la crítica de la institución monárquica en el
siglo XVIII no se hizo contra el sistema jurídico-
monárquico, sino en nombre de un sistema jurí-
dico puro, riguroso, en el que podrían introdu-
cirse sin excesos ni irregularidades todos los me-
canismos del poder, contra una monarquía que a
pesar de sus afirmaciones desbordaba sin cesar el
derecho y se colocaba a sí misma por encima de
las leyes. La crítica política se valió entonces
de toda la reflexión jurídica que había acompa-
ñado al desarrollo de la monarquía, para conde-
narla; pero no puso en entredicho el principio
según el cual el derecho debe ser la forma misma


108 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
del poder y que el poder debe ejercerse siempre
con arreglo a la forma del derecho. En el siglo XIX
apareció otro tipo de crítica de las instituciones
políticas; crítica mucho más radical puesto que se
trataba de mostrar no sólo que el poder real es-
capaba a las reglas del derecho, sino que el sistema
mismo del derecho era una manera de ejercer la
violencia, de anexarla en provecho de algunos, y
de hacer funcionar, bajo la apariencia de la ley
general, las asimetrías e injusticias de una domi-
nación. Pero esta crítica del derecho se formula
aún según el postulado de que el poder debe por
esencia, e idealmente, ejercerse con arreglo a un
derecho fundamental.
En el fondo, a pesar de las diferencias de ‚pocas
y de objetivos, la representación del poder ha
permanecido acechada por la monarquía. En el
pensamiento y en el análisis político, aún no se ha
guillotinado al rey. De allí la importancia que
todavía se otorga en la teoría del poder al pro-
blema del derecho y de la violencia, de la ley y
la ilegalidad, de la voluntad y de la libertad, y
sobre todo del Estado y la soberanía (incluso si
ésta es interrogada en un ser colectivo y no más
en la persona del soberano). Pensar el poder a
partir de estos problemas equivale a pensarlos
a partir de una forma histórica muy particular
de nuestras sociedades: la monarquía jurídica.
Muy particular, y a pesar de todo transitoria. Pues
si muchas de sus formas subsistieron y aún subsis-
ten, novísimos mecanismos de poder la penetraron
poco a poco y son probablemente irreducibles a
la representación del derecho. M s lejos se ver :
esos mecanismos de poder son, en parte al menos,
los que a partir del siglo XVIII tomaron a su cargo


LA APUESTA 109
la vida de los hombres, a los hombres cómo cuer-
pos vivientes. Y si es verdad que lo jurídico sirvió
para representarse (de manera sin duda no ex-
haustiva) un poder centrado esencialmente en la
extracción (en sentido jurídico) y la muerte, aho-
ra resulta absolutamente heterogéneo respecto de
los nuevos procedimientos de poder que funcionan
no ya por el derecho sino por la técnica, no por
la ley sino por la normalización, no por el castigo
sino por el control, y que se ejercen en niveles y
formas que rebasan el Estado y sus aparatos. Hace
ya siglos que entramos en un tipo de sociedad
donde lo jurídico puede cada vez menos servirle
al poder de cifra o de sistema de representación.
Nuestro declive nos aleja cada vez más de un reino
del derecho que comenzaba ya a retroceder hacia
el pasado en la ‚poca en que la Revolución fran-
cesa (y con ella la edad de las constituciones y los
códigos) parecía convertirlo en una promesa para
un futuro cercano.
Es m representación jurídica la que todavía
est en acción en los análisis contemporáneos de
las relaciones entre el poder y el sexo. Ahora bien,
el problema no consiste en saber si el deseo es
extraño al poder, si es anterior a la ley, como se
imagina con frecuencia, o si, por el contrario, la
ley lo constituye. Ése no es el punto. Sea el deseo
esto o aquello, de todos modos se continúa conci-
biendolo en relación con un poder siempre jurí-
dico y discursivo, un poder cuyo punto central es
la enunciación de la ley. Se permanece aferrado a
cierta imagen del poder-ley, del poder-soberanía,
que los teóricos del derecho y la institución mo-
nárquica dibujaron. Y hay que liberarse de esa
imagen, es decir, del privilegio teórico de la ley


110 EL DISTINTIVO DE SEXUALIDAD
y de la soberanía, si se quiere realizar un análisis
del poder según el juego concreto e histórico de
sus procedimientos. Hay que construir una analí-
tica del poder que ya no tome al derecho como
modelo y como código.
Reconozco gustosamente que el proyecto de esta
historia de la sexualidad, o más bien de esta serie
de estudios concernientes a las relaciones históri-
cas entre el poder y el discurso sobre el sexo, es
circular, en el sentido de que se trata de dos ten-
tativas, cada una de las cuales remite a la otra.
Intentemos deshacernos de una representación ju-
rídica y negativa del poder, renunciemos a pen-
sarlo en términos de ley, prohibición, libertad y
soberanía: ¨cómo analizar entonces lo que ocurrió,
en la historia reciente, a propósito del sexo, apa-
rentemente uno de los aspectos más prohibidos
de nuestra vida y nuestro cuerpo? ¨Cómo -fue-
ra de la prohibición y el obstáculo- tiene acceso
al mismo el poder? ¨Mediante qué mecanismos,
tácticas o dispositivos? Pero admitamos en cambio
que un examen algo cuidadoso muestra que en
las sociedades modernas el poder en realidad no
ha regido la sexualidad según la ley y la sobera-
nía; supongamos que el análisis histórico haya
revelado la presencia de una verdadera "tecnolo-
gía" del sexo, mucho más compleja y sobre todo
mucho más positiva que el efecto de una mera
"prohibición"; desde ese momento, este ejemplo
que no se puede dejar de considerar privilegia-
do, puesto que ahí, más que en cualquiera otra
parte, el poder parecía funcionar como prohibi-
ción- ¨acaso no nos constriñe a forjar, a propósito
del poder, principios de análisis que no partici-
pen del sistema del derecho y la forma de la ley?


LA APUESTA
Por lo tanto, al forjar otra teoría del poder, se tra-
ta, al mismo tiempo, de formar otro enrejado de
desciframiento histórico y, mirando más de cerca
todo un material histórico, de avanzar poco a poco
hacia otra concepción del poder. Se trata de pen-
sar el sexo sin la ley y, a la vez, el poder sin el rey.


2. MÉTODO



Luego: analizar la formación de cierto tipo de
saber sobre el sexo en términos de poder, no de re-
presión o ley. Pero la palabra "poder" amenaza
introducir varios malentendidos. Malentendidos
acerca de su identidad, su forma, su unidad. Por
poder no quiero decir "el Poder", como conjunto
de instituciones y aparatos que garantizan la suje-
ción de los ciudadanos en un Estado determinado.
Tampoco indico un modo de sujeción que, por
oposición a la violencia, tendría la forma de la
regla. Finalmente, no entiendo por poder un sis-
tema general de dominación ejercida por un ele-
mento o un grupo sobre otro, y cuyos efectos,
merced a sucesivas derivaciones, atravesarían el
cuerpo social entero. El análisis en términos de
poder no debe postular, como datos iniciales, la
soberanía del Estado, la forma de la ley o la uni-
dad global de una dominación; éstas son más bien
formas terminales. Me parece que por poder hay
que comprender, primero, la multiplicidad de las
relaciones de fuerza inmanentes y propias del do-
minio en que se ejercen, y que son constitutivas
de su organización; el juego que por medio de
.luchas y enfrentamientos incesantes las trasforma,
las refuerza, las invierte; los apoyos que dichas
relaciones de fuerza encuentran las unas en las
otras, de modo que formen cadena o sistema, o, al
contrario, los corrimientos a las contradicciones que
aíslan a unas de otras; las estrategias, por último,
[1121

MÉTODO 113
que las tornan efectivas, y cuyo dibujo general o
cristalización institucional toma forma en los apa-
ratos estatales, en la formulación de la ley, en las
hegemonías sociales. La condición de posibilidad
del poder, en todo caso el punto de vista que
permite volver inteligible su ejercicio (hasta en
sus efectos más "esféricos" y que también per-
mite utilizar sus mecanismos como cifra de inteli-
gibilidad del campo social), no debe ser buscado
en la existencia ­mera de un punto central, en un
foco único de soberanía del cual irradiarían for-
mas derivadas y descendientes; son los pedestales

móviles de las relaciones de fuerzas los que sin
cesar inducen, por su desigualdad, estados de Po-
der -pero siempre locales e inestables. Omnipre-
sencia del poder: no porque tenga el privilegio de
reagruparlo todo bajo su invencible unidad, sino
se est produciendo a cada instante, en
porque
4 todos los puntos, o más bien en toda relación de
un punto con otro. El poder est en todas partes;
no es que lo englobe todo, sino que viene de
todas partes. Y "el" poder, en lo que tiene de per-
manente, de repetitivo, de inerte, de autorrepro-
ductor, no es más que el efecto de conjunto que
se dibuja a partir de todas esas movilidades, el
encadenamiento que se apoya en cada una de ellas
y trata de fijarlas. Hay que ser nominalista, sin
duda: el poder no es una institución, y no es una
estructura, no es cierta potencia de la que algunos
estarían dotados: es el nombre que se presta a
una situación estratégica compleja en una socie-
dad dada.
¨Cabe, entonces, invertir la fórmula y decir que
la política es la continuación de la guerra por
otros medios? Quizá , si aún se quiere mantener
114 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
una distancia entre guerra y política, se debería
adelantar más bien que esa multiplicidad de las
relaciones de fuerza puede ser cifrada -en parte
y nunca totalmente- ya sea en forma de "gue-
rra", ya en forma de "política"; constituirían dos
estrategias diferentes (pero prontas a caer la una
en la otra) para integrar las relaciones de fuerza
desequilibradas, heterogéneas, inestables, tensas.
Siguiendo esa línea, se podrían adelantar cierto
número de proposiciones:
que el poder no es algo que se adquiera,
arranque o comparta, algo que se conserve o se
deje escapar; el poder se ejerce a partir de innu-
merables puntos, y en el juego de relaciones mó-
viles y no igualitarias;
que las relaciones de poder no est n en po-
sición de exterioridad respecto de otros tipos de
relaciones (procesos económicos, -relaciones de co-
nocimiento, relaciones sexuales), sino que son
inmanentes; constituyen los efectos inmediatos de
las particiones, desigualdades y desequilibrados que
se producen, y, recíprocamente, son las condicio-
nes internas de tales diferenciaciones; las -rela-
ciones de poder no se hallan en posición de super-
estructura, con un simple papel de prohibición o
reconducción; desempeñan, allí en donde actúan,
un papel directamente productor;
E] que el poder viene de abajo; es decir, que
no hay, en el principio de las relaciones de poder,
y como matriz general, una oposición binaria y
global entre dominadores y dominados, refleján-
dose esa dualidad de arriba abajo y en grupos cada
vez más restringidos, hasta las profundidades del
cuerpo social. M s bien hay que suponer que las
.relaciones de fuerza múltiples que se forman y


MÉTODO 115
actúan en los aparatos de producción, las familias,
los grupos restringidos y las instituciones, sirven
de soporte a amplios efectos de escisión que re-
corren el conjunto del cuerpo social. Estos forman
entonces una línea de fuerza general que atraviesa
los enfrentamientos locales y los vincula; de re-
chazo, por supuesto, estos últimos proceden sobre
aquéllos a redistribuciones, alineamientos, homo-
geneizaciones, arreglos de serie, establecimientos
de convergencia. "s grandes dominaciones son los
efectos hegemónicos sostenidos continuamente por
la intensidad de todos esos enfrentamientos;
el que las relaciones de poder son a la vez in-
tencionales y no subjetivas. Si, de hecho, son inte-
ligibles, no se debe a que sean el efecto, en térmi-
nos de causalidad, de una instancia distinta que las
11 explicaría", sino a que est n atravesadas de parte
a parte por un cálculo: no hay poder que se ejerza
sin una serie de miras y objetivos. Pero ello no
significa que resulte de la opción o decisión de
un sujeto individual; no busquemos el estado ma-
yor que gobierna su racionalidad; ni la casta que
gobierna, ni los grupos que controlan los aparatos
del Estado, ni los que toman las decisiones eco-
nómicas más importantes administran el conjunto
de la red de poder que funciona en una sociedad
(y que la hace funcionar) ; la racionalidad del po-
der es la de las tácticas a menudo muy explícitas
en el nivel en que se inscriben -cinismo local
del poder-, que encadenándose unas con otras
solicitándose mutuamente y propasándose, encon-
trando en otras partes sus apoyos y su condición,
dibujan finalmente dispositivos de conjunto: ahí,
la lógica es aún perfectamente clara, las miras des-
cifrables, y, sin embargo, sucede que no hay nadie


116 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
para concebirlas y muy pocos para formularlas:
carácter implícito de las grandes estrategias anó-
nimas, casi mudas, que coordinan tácticas locuaces
cuyos "inventores" o responsables frecuentemente
carecen de hipocresía;
que donde hay poder hay resistencia, y no
obstante (o mejor: por lo mismo), ésta nunca está
en posición de exterioridad respecto del poder
¨Hay que decir que se est necesariamente "en'
el poder, que no es posible "escapar" de ‚l, que
no hay, en relación con ‚l, exterior absoluto, pues-
to que se estaría infaltablemente sometido a la
ley? ¨O que, siendo la historia la astucia de la ra-
zón, el poder sería la astucia de la historia -el
que siempre gana? Eso sería desconocer el carácter
estrictamente relacionar de las relaciones de pc
der. No pueden existir más que en función de un
multiplicidad de puntos de resistencia: éstos de
empeñan, en las relaciones de poder, el (
adversario, de blanco, de apoyo, de pa
una aprehensión. Los puntos de resistencia
presentes en todas partes dentro de la red de
der. Respecto del poder no existe, pues, un
gar del grp-ii Rechazo -alma de la revuelta, f,
de todas las rebeliones, ley pura del revoluci(
rio. Pero hay varias resistencias que constitu
excepciones, casos especiales: posibles, necesa
improbables, espont neas, salvajes, solitarias,
certaclas, rastreras, violentase irreconciliables,
das para la transacción, interesadas o sacrific:
or definición, no pueden existir sino en el c,,
p
estrat‚gico de las relaciones de poder. Perc
no significa que sólo sean su contraparti(
marca en hueco de un vaciado del poder, fo
do respecto de la esencial dominación un


MTODO 117
finalmente siempre pasivo, destinado a la indefi-
nida derrota. Las resistencias no dependen de al-
gunos principios heterog‚ncos; mas no por eso
son engaiío o promesa necesariamente frustrada.
Constituyen el otro t‚rmino en las relaciones de
poder; en ellas se inscriben como el irreducible
elemento enfrentador.' Las resistencias tambi‚n,
pues, est n distribuidas de manera irregular: los
puntos, los nudos, los focos de resistencia se ha-
llan diseminados con más o menos densidad en el
tiempo y en el espacio, llevando a lo alto a veces
grupos o individuos de manera definitiva, encen-
diendo algunos puntos del cuerpo, ciertos momen-
tos de la vida, determinados tipos de compo@-
miento. ¨Grandes rupturas radicales, particiones
binarias y masivas? A veces. Pero más frecuente-
mente nos enfrentamos a puntos de resistencia
móviles y transitorios, que introducen en una
sociedad líneas divisorias que se desplazan rom-
piendo unidades y suscitando reagrupamientos,
abriendo surcos en el interior de los propios
individuos, cort ndolos en trozos y remodel ndo-
los, trazando en ellos, en su cuerpo y su alma, re-
giones irreducibles. Así como la red de las rela-
ciones de poder concluye por construir ­in espeso
tejido que atraviesa los aparatos y las instituciones
sin localizarse exactamente en ellos, así tambi‚n
la formación del enjambre de los puntos de resis-
tencia surca las estratificaciones sociales y las un­-
dades individuales. Y es sin duda la codificación
estrat‚gica de esos puntos de resistencia lo que
torna posible una revolución, un poco como el
Estado reposa en la integración institucional de
las relaciones de poder.

lis EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
Dentro de ese campo de las relaciones de fuerza
hay que analizar los mecanismos del poder. Así se
escapar del sistema Soberano-Ley que tanto tiem- d4
po fascinó al pensamiento político. Y, si es verdad ¨(
que Maquiavelo fue uno de los pocos -y sin
duda residía en eso el esc ndalo de su "cinismo"-
en pensar el poder del príncipe en t‚rminos de
relaciones de fuerza, quizá haya que dar un paso
más, dejar de lado el personaje del Príncipe y des-
cifrar los mecanismos del poder a partir de una
relaciones de fuerza.
estrategia inmanente en las
Para volver al sexo y a los discursos verdaderos
que lo tomaron a su cargo, el problema a resolver
no debe pues consistir en lo siguiente: habida
cuenta de determinada estructura estatal, ¨cómo y
por qu‚ "el" poder necesita instituir un saber so-
bre el sexo? No ser tampoco: ¨a qu‚ dominación
de conjunto sirvió el cuidado puesto (desde el
siglo XVIIIA) en producir sobre el sexo discursos
verdaderos? Ni tampoco: ¨qu‚ ley presidió, al mis-
mo tiempo, a la regularidad del comportamiento
sexual y a la conformidad de lo que se decía sobre
el mismo? Sino, en cambio: en tal tipo de discurso
sobre el sexo, en tal forma de extorsión de la ver-
dad que aparece históricamente y en lugares de-
terminados (en torno al cuerpo del niño, a pro-
pósito del sexo femenino, en la oportunidad de
pr cticas de restricciones de nacimientos, etc.)
¨cu les son las relaciones de poder, las más inme-
diatas, las más locales, que est n actuando? ¨Cómo
tornan posibles esas especies de discursos, e, inver-
samente, cómo esos discursos les sirven de soporte?
¨Cómo se ve modificado el juego de esas relaciones
de poder en virtud de su ejercicio mismo -re-
fuerzo de ciertos t‚rminos, debilitamiento de otros,


MTODO
119
efectos de resistencia, contracargas (contre-inves-
lissements), de tal suerte otie no ha habido, dado
de una vez por todas, un ti@po estable de sujeción?
¨Cómo se entrelazan unas con otras las relaciones
de poder, según la lógica de una estrategia global
que retrospectivamente adquiere el aspecto de una
política unitaria y voluntarista del sexo? Grosso
modo: en lugar de referir a la forma única del
gran Poder todas las violencias infinitesimales que
se ejercen sobre el sexo, todas las miradas turbias
que se le dirigen y todos los sellos con que se obli-
tera su conocimiento posible, se trata de inmergir
la abundosa producción de discursos sobre el sexo
en el campo de las -relaciones de poder múltiples
y móviles.

Lo que conduce a plantear previamente cuatro
reglas. Pero no constituyen imperativos metodol@
gicos; cuanto más, prescripciones de prudencia.

1] Regla de inmanencia
No considerar que existe determinado dominio
de la sexualidad que depende por derecho de un
conocimiento científico desinteresado y libre, pero
sobre el cual las exigencias del poder -económi-
cas o ideológicas hicieron pesar mecanismos de
prohibición. Si la sexualidad se constituyó como
dominio por conocer, tal cosa sucedió a partir de
relaciones de poder que la instituyeron como ob-
jeto posible; y si el poder pudo considerarla un
blanco, eso ocurrió porque t‚cnicas de saber y
procedimientos discursivos fueron capaces de si-
tiarla e inmovilizarla. Entre t‚cnicas de saber y
estrategias de poder no existe exterioridad algu-


120 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
na, incluso si poseen su propio papel específico y
se articulan una con otra, a partir de su diferen-
cia. Se partir pues de lo que podría denominarse
"focos locales" de poder-saber: por ejemplo, las
relaciones que se anudan entre penitente y con-
fesor o fiel y director de conciencia: en ellas, y
bajo el signo de la "carne" que se debe dominar,
diferentes formas de discursos -examen de sí mis-
mo, interrogatorios, confesiones, interpretaciones,
conversaciones portan en una especie de vaiv‚n
incesante formas de sujeción y esquemas de co-
nocimiento. Asimismo, el cuerpo del niño vigi-
lado, rodeado en su cuna, lecho o cuarto por toda
una ronda de padres, nodrizas, dom‚sticos, peda-
gogos, m‚dicos, todos atentos a las menores mani-
festaciones de su sexo, constituyó, sobre todo a
partir del siglo XVIII, otro "foco local" de poder-
saber.

ontinuas
.2] Reglas de las variaciones c
No buscar qui‚n posee el poder en el orden de la
:sexualidad (los hombres, los adultos, los padres,
los m‚dicos) y a qui‚n le falta (las mujeres, los
adolescentes, los niños, los enfermos ... ) ; ni qui‚n
tiene el derecho de saber y qui‚n est mantenido
por la fuerza en la ignorancia. Sino buscar, más
bien, el esquema de las modificaciones que las
relaciones de fuerza, por su propio juego, impli-
can. Las "distribuciones de poder" o las "apropia-
ciones de saber" nunca representan otra cosa que
cortes instant neos de ciertos procesos, ya de re-
fuerzo acumulado del elemento más fuerte, ya de
inversión de la relación, ya de crecimiento simul-


MTODO 121
t neo de ambos t‚rminos. Las relaciones de poder-
saber no son formas establecidas de repartición
sino "matrices de trasformaciones". El conjunto
constituido en el siglo XIX alrededor del niño y su
sexo por el padre, la madre, el educador y el m‚-
dico, atravesó modificaciones incesantes, desplaza-
mientos continuos, uno de cuyos resultados más
espectaculares fue una extraña inversión: mien-
tras que, al principio, la sexualidad del niño fue
problematizada en una relación directamente es-
tablecida entre el m‚dico y los padres (en forma
de consejos, de opinión sobre vigilancia, de ame-
nazas para el futuro), finalmente fue en la rela-
ción del psiquiatra con el niño como la sexualidad
de los adultos se vio puesta en entredicho.


3] Regla del doble condicionamiento
Ninformación" podría funcionar sin inscribirse al fin
y al cabo, por una serie de encadenamientos su-
cesivos, en una estrategia de conjunto. Inversa-
mente, ninguna estrategia podría asegurar efectos
globales si no se apoyara en relaciones precisas y
tenues que le sirven, si no de aplicación y conse-
cuencia, sí de soporte y punto de anclaje. De unas
a otras, ninguna discontinuidad como en dos ni-
veles diferentes (uno microscópico y el otro ma-
croscópico), pero tampoco homogeneidad (como
si uno fuese la proyección aumentada o la minia-
ttirización del otro) ; más bien hay que pensar en
el doble condicionamiento de una estrategia por la
especificidad de las tácticas posibles y de las tác-
ticas por la envoltura estrat‚gica que las hace


122 EL DISIPOSITIVO DE SEXUALIDAD
funcionar. Así, en la familia el padre no es el
"representante" del soberano o del Estado; y ‚stos
no son proyecciones del padre en otra escala. "
familia no reproduce a la sociedad; y ‚sta, a su
vez, no la imita. Pero el dispositivo familiar, pre-
cisamente en lo que tenía de insular y de hetero-
morfo respecto de los demás mecanismos de po-
der, sirvió de soporte a las grandes "maniobras"
para el control malthusiano de la natalidad, para
las incitaciones poblacionistas, para la medicali-
zación del sexo y la psiquiatrización de sus formas
no genitales.


41 Regla de la polivalencia táctica de los discursos
Lo que se dice sobre el sexo no debe ser analizado
como simple superficie de proyección de los me-
canismos de poder. Poder y saber se articulan por
cierto en el discurso. Y por esa misma razón, es
preciso concebir el discurso como una serie de
segmentos discontinuos cuya función táctica no
es uniforme ni estable. M s precisamente, no hay
que imaginar un universo del discurso dividido
entre el discurso aceptado y el discurso excluido
o entre el discurso dominante y el dominado, sino
como una multiplicidad de elementos discursivos
que pueden actuar en estrategias diferentes. Tal
distribución es lo que hay que restituir, con lo
.que acarrea de cosas dichas y cosas ocultas, de
enunciaciones requeridas y prohibidas; con lo que
supone de variantes y efectos diferentes según
qui‚n hable, su posición de poder, el contexto
institucional en que se halle colocado; con lo que
trae, tambi‚n, de desplazamientos y reutilizaciones


M@TODO 123
de fórmulas id‚nticas para objetivos opuestos. Los
discursos, al igual que los silencios, no est n de
una vez por todas sometidos al poder o levantados
contra ‚l. Hay que admitir un juego complejo e
inestable donde el discurso puede, a la vez, ser
instrumento y efecto de poder, pero tambi‚n obs-
táculo, tope, punto de resistencia y de partida
para una estrategia opuesta. El discurso trasporta
y produce poder; lo refuerza pero tambi‚n lo
mina, lo expone, lo torna fr gil y permite dete-
nerlo. Del mismo modo, el silencio Y el secreto
abrigan el poder, anclan sus prohibiciones; pero
tambi‚n aflojan sus apresamientos y negocian
tolerancias más o menos oscuras. Pi‚nsese por
ejemplo en la historia de lo que fue, por excelen-
cia, "el" gran pecado contra natura. La extrema
discreción de los textos sobre la sodomía -esa
categoría tan confusa-, la reticencia casi general
al hablar de ella permitió durante mucho tiempo
un doble funcionamiento: por una parte, una ex-
trema severidad (condena a la hoguera aplicada
aún en el siglo XVIII sin que ninguna protesta
importante fuera expresada antes de la mitad del
siglo), y, por otra, una tolerancia seguramente
muy amplia (que se deduce indirectamente de la
rareza de las condenas judiciales, y que se advierte
más directamente a trav‚s de ciertos testimonios
sobre las sociedades masculinas que podían existir
en los ej‚rcitos o las cortes) . Ahora bien, en el
siglo XIX, la aparición en la psiquiatría, la juris-
prudencia y tambi‚n la literatura de toda una
serie de discursos sobre las especies y subespecies
de homosexualidad, inversión, pederastia y "lier-
mafroditismo psíquico", con seguridad permitió
un empuje muy pronunciado de los controles so-


124 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
ciales en esta región de la "perversidad", pero per-
mitió tambi‚n la constitución de un discurso "de
rechazo": la homosexualidad se puso a hablar de sí
misma, a reivindicar su legitimidad o su "naturali-
dad" incorporando frecuentemente al vocabulario
las categorías con que era m‚dicamente descalifica-
da. No existe el discurso del poder por un lado y,
enfrente, otro que se le oponga. Los discursos son
elementos o bloques tácticos en el campo de las
relaciones de fuerza; puede haberlos diferentes e
incluso contradictorios en el interior de la misma
estrategia; pueden por el contrario circular sin
cambiar de forma entre estrategias opuestas. A los
discursos sobre el sexo no hay que preguntarles
ante todo de cu l teoría implícita derivan o qu‚
divisiones morales acompañan o qu‚ ideología
dominante o dominada- representan, sino que
hay que interrogarlos en dos niveles: su produc-
tividad táctica (qu‚ efectos recíprocos de poder y
saber aseguran) y su integración estrat‚gica (cu l
coyuntura y cu l relación de fuerzas vuelve nece-
saria su utilización en tal o cual episodio de los
diversos enfrentamientos que se producen).
Se trata, en suma, de orientarse hacia una con-
cepción del poder que remplaza el privilegio de
la ley por el punto de vista del objetivo, el pri-
vilegio de lo prohibido por el punto de vista de
la eficacia táctica, el privilegio de la soberanía
por el análisis de un campo múltiple y móvil de
relaciones de fuerza donde se producen efectos
globales, pero nunca totalmente estables, de do-
minación. El modelo estrat‚gico y-no el modelo
del derecho. Y ello no por opción especulativa o
preferencia teórica, sino porque uno de los rasgos
fundamentales de las sociedades occidentales con-


MTODO 125
siste, en efecto, en que las relaciones de fuerza
@ue durante mucho tiempo habían encontrado
en la guerra, en todas las formas de guerra, su
expresión principal- se habilitaron poco a poco
en el orden del poder político.

3. DOMINIO




No hay que describir la sexualidad como un im-
pulso reacio, extraiío por naturaleza e indócil por
necesidad a un poder que, por su lado, se encar-
niza en someterla y a menudo fracasa en su in-
tento de dominarla por completo. Aparece ella
más bien como un punto de pasaje para las rela-
ciones de poder, particularmente denso: entre
hombres y mujeres, jóvenes y viejos, padres y pro-
genitura, educadores y alumnos, padres y laicos,
gobierno y población. En las relaciones de poder
la sexualidad no es el elemento más sordo, sino,
más bien, uno de los que est n dotados de la ma-
yor instrumentalidad: utilizable para el mayor
número de maniobras y capaz de servir de apoyo,
de bisagra, a las más variadas estrategias.
No hay una estrategia única, global, v lida para
toda la sociedad y enfocada de manera uniforme
sobre todas las manifestaciones del sexo: por ejem-
plo, la idea de que a menudo se ha buscado por
diferentes medios reducir todo el sexo a su fun-
ción reproductora, a su forma heterosexual y adul-
ta y a su legitimidad matrimonial, no da razón, sin
duda, de los múltiples objetivos buscados, de los
múltiples medios empleados en las políticas sexua-
les que concernieran a ambos sexos, a las dife-
rentes edades y las diversas clases sociales.
En una primera aproximación, parece posible
distinguir, a partir del siglo XVIII, cuatro grandes
conjuntos estrat‚gicos que despliegan a propósito
[1261

DOMINIO 127
del sexo dispositivos específicos de saber y de
poder. No nacieron de golpe en ese momento,
pero adquirieron entonces una coherencia, alcan-
zaron en el orden del poder una eficacia y en el
del saber una productividad que permite descri-
birlos en su relativa autonomía.
Histerización del cuerpo de la mujer: triple
proceso según el cual el cuerpo de la mujer fue
analizado -calificado y descalificado- como cuer-
po integralmente saturado de sexualidad; según
el cual ese cuerpo fue integrado, bajo el efecto de
una patología que le sería intrínseca, al campo
de las pr cticas m‚dicas; según el cual, por último,
fue puesto en comunicación org nica con el cuer-
po social (cuya feculididad regulada debe asegu-
rar), el espacio familiar (del que debe ser un
elemento sustancial y funcional) y la vida de los
niños (que produce y debe garantizar, por una
responsabilidad biológico-moral que dura todo el
tiempo de la educación) : la lladre, con su ima-
gen negativa que es la "mujer nerviosa", consti-
tuye la forma más visible de esta histerización.
Pedagogización del sexo del niño: doble afir-
mación de que casi todos los niños se entregan o
son susceptibles de entregarse a una actividad se-
xual, y de que siendo esa actividad indebida, a la
vez "natural" y '1contra natura", trae consigo pe-
ligros físicos y morales, colectivos e individuales;
los niños son definidos como seres sexuales "limi-
nares", más ac del sexo y ya en ‚l, a caballo en
una peligrosa línea divisoria; los padres, las fami-
lias, los educadores, los m‚dicos, y más tarde los
psicólogos, deben tomar a su cargo, de manera con-
tinua, ese germen sexual precioso y peligroso, pe-
ligroso y en peligro; tal pedagogización se mani-


128 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
fiesta sobre todo en una guerra contra el onanismo
que en Occidente duró cerca de dos siglos.
Socialización de las conductas procreadoras: so-
cialización económica por el sesgo de todas las
incitaciones o frenos aportados, por medidas "so-
ciales" o fiscales, a la fecundidad de las parejas;
socialización política por la responsabilización de
las parejas respecto del cuerpo social entero (que
hay que limitar o, por el contrario, reforzar), so-
cialización m‚dica, en virtud del valor patógeno,
para el individuo y la especie, prestado a las pr c-
ticas de control de los nacimientos.
Finalmente, psiquiatrización del placer perver-
so: el instinto sexual fue aislado como instinto
biológico y psíquico autónomo; se hizo el análisis
clínico de todas las formas de anomalías que pue-
den afectarlo; se le prestó un papel de normali-
zación y patologización de la conducta entera; por
último, se buscó una tecnología correctivo de di-
chas anomalías.
En la preocupación por el sexo @ue asciende
todo a lo largo del siglo XIX- se dibujan cuatro
figuras, objetos privilegiados de saber, blancos y
fijaciones para las empresas del saber: la mujer
hist‚rica, el niño masturbador, la pareja malthu-
siana, el adulto perverso; cada uno es el correla-
tivo de una de esas estrategias que, cada una a su
manera, atravesaron y utilizaron el sexo de los
niños, de las mujeres y de los hombres.


¨De qu‚ se trata en tales estrategias? ¨De una lu-
cha contra la sexualidad? ¨O de un esfuerzo por
controlarla? ¨De una tentativa para regirla mejor
y enmascarar lo que pueda tener de indiscreto, de


I>OMINIO 129
chillón, de indócil? ¨De una manera de formular
esa parte de saber que sería aceptable o útil? En
realidad, se trata más bien de la producción mis-
ma de la sexualidad, a la que no hay que concebir
como una especie dada de naturaleza que el poder
intentaría reducir, o como un dominio oscuro
que el saber intentaría, poco a poco, descubrir. Es
el nombre que se puede dar a un dispositivo his-
tórico: no una realidad por debajo en la que se
ejercerían difíciles apresamientos, sino una gran
red superficial donde la estimulación de los cuer-
pos, la intensificación de los placeres, la incitación
al discurso, la formación de conocimientos, el re-
fuerzo de los controles y las resistencias se enca-
denan unos con otros según grandes estrategias de
saber y de poder.
Sin duda puede admitirse que las relaciones de
sexo dieron lugar, en toda sociedad, a un disposi-
tivo de alianza: sistema de matrimonio, de fijación
y de desarrollo del parentesco, de trasmisión de
nombres y bienes. El dispositivo de alianza, con
los mecanismos coercitivos que lo aseguran, con el
saber que exige, a menudo complejo, perdió im-
pomncia a medida que los procesos económicos
y las estructuras políticas dejaron de hallar en ‚l
un instrumento adecuado o un soporte suficiente.
Las sociedades occidentales modernas inventaron
y erigieron, sobre todo a partir del siglo XVIII, un
nuevo dispositivo que se le superpone y que
contribuyó, aunque sin excluirlo, a reducir su
importancia. ste es el dispositivo de sexualidad:
como el de alianza, est empalmado a los com-
paíleros sexuales, pero de muy otra manera. Se
podría oponerlos t‚rmino a t‚rmino. El dispositi-
vo de alianza se edifica en tomo de un sistema de


130 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
reglas que definen lo permitido y lo prohibido, lo
prescrito y lo ­lícito; el de sexualidad funciona
según t‚cnicas móviles, polimorfas y coyunturales
de poder. El clispositivo de alianza tiene entre sus
principales ol)jetivos el de reproducir el juego de
las relaciones y mantener la ley que las rige; el
de sexualidad engendra en cambio una extensión
permanente de los dominios y las formas de con-
trol. Para el primero, lo pertinente es el lazo
.entre dos personas de estatuto definido; para el
secrundo, lo pertinente son las sensaciones del cuer-
po, la calidad de los placeres, la naturaleza de
las impresiones, por tenues o imperceptibles que
sean. Finalmente, si el dispositivo de alianza est
fuertemente articulado con la economía a causa
del papel que puede desempeñar en la trasmisión
o circulación de -riquezas, el dispositivo de sexua-
lidad est vinculado a la economía a trav‚s de
mediaciones numerosas y sutiles, pero la principal
es el cuerpo -cuerpo que produce y que consu-
me. En una palabra, el dispositivo de alianza sin
duda est orientado a una homeostasis del cuerpo
social, que es su función mantener; de ahí su
vínculo privilegiado con el derecho'; de ahí tam-
bi‚n que, para ‚l, el tiempo fuerte sea el de la
.,reproducción". El dispositivo de sexualidad no
tiene como razón de ser el hecho de reproducir,
sino el de proliferar, innovar, anexar, inventar,
penetrar los cuerpos de manera cada vez más de-
tallada y controlar las poblaciones de manera cada
vez más global. Es necesario, pues, admitir tres o
cuatro tesis contrarias a la que supone el tema de
una sexualidad reprimida por las formas moder-
nas de la sociedad: la sexualidad est ligada a dis-
positivos de poder recientes; ha estado en expan-


I>OMINIO 131
sión creciente desde el siglo XVII; la disposición
o arreglo que desde entonces la sostuvo no se di-
rige a la reproducción; se ligó desde el origen a
una intensificación del cuerpo; a su valoración
como objeto de saber y como elemento en las
relaciones de poder.
No sería exacto decir que el dispositivo de se-
xualidad sustituyó al dispositivo de alianza. Es
posible imaginar que quizá s un día lo remplace.
Pero hoy, de hecho, si bien tiende a recubrirlo,
no lo ha borrado ni tornado inútil. Históricamen-
te, por lo demás, fue alrededor y a partir del
dispositivo de alianza donde se erigió el de sexua-
­­dad. La pr ctica de la penitencia, luego la del
examen de conciencia y la de la dirección espiri-
tual fue el núcleo formador: ahora bien, como vi-
mos,' lo que en primer t‚rmino estuvo en juego
en el tribunal de la penitencia fue el sexo en
tanto que soporte de relaciones; la cues 'tión plan-
teada era la del comercio permitido o prohibido
(adulterio, relaciones extramatrimoniales, o con
una persona interdicto por la sangre o por su con-
dición, car cter legítimo o no del acto de cópula) ;
luego, poco a poco, con la nueva pastoral -y su
aplicación en seminarios, colegios y conventos-
se pasó de una problem tica de la relación a una
problem tica de la "carne", es decir: del cuerpo,
de la sensación, de la naturaleza del placer, de los
movimientos más secretos de la concupiscencia,
de las formas sutiles de la delectación y del con-
sentimiento. La "sexualidad" estaba naciendo, na-
ciendo de una t‚cnica de poder que en el origen
estuvo centrada en la alianza. Desde entonces no

1 Cf., supra, p. 49

132 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
dejó de funcionar en relación con un sistema de
alianza y apoy ndose en ‚l. " c‚lula familiar, tal
como fue valorada en el curso del siglo XVIII, per-
mitió que en sus dos dimensiones principales (el
eje marido-mujer y el eje padres-hijos) se desarro-
llaran los elementos principales del dispositivo de
sexualidad (el cuerpo femenino, la precocidad
infantil, la regulación de-los nacimientos y, sin
duda en menor medida, la especificación de los 1
perversos). No hay que entender la familia en su
forma contempor nea como una estructura social,
económica y política de alianza que excluye la se-
xualidad o al menos la refrena, la atenúa tanto
como es posible y sólo se queda con sus funciones
útiles. El papel de la familia es anclarla y consti-
tuir su soporte permanente. Asegura la produc-
ción de una sexualidad que no es homog‚nea',
respecto de los privilegios de alianza, permitiendo
al mismo tiempo que los sistemas de alianza sean
atravesados por toda una nueva táctica de poder
que hasta entonces ignoraban. La familia es ef
cambiador de la sexualidad y de la alianza: tras-
porta la ley y la dimensión de lo jurídico hasta el
dispositivo de seXXialidad; y trasporta la economía
del placer y la intensidad de las sensaciones hasta
el r‚gimen de la alianza.
Esa acción de prender con alfileres el disposi.
tivo de alianza y el de sexualidad en la forma d(
la familia permite comprender un cierto númer(
de hechos: que a partir del siglo XVIII la famili:
haya llegado a ser un lugar obligatorio de afecto
de sentimientos, de amor; que la sexualidad tenl
como punto privilegiado la eclosión de la famili
que, por la misma razón, la familia nazca ya "i
cestuosa". Es posible que en las sociedades don


I>OMINIQ 133
predominan los dispositivos de alianza la prohibi-
ción del incesto sea una regla funcionalmente in-
dispensable. Pero en una sociedad como la nues-
tra, donde la familia es el más activo foco de se-
xualidad, y donde sin duda son las exigencias de
‚sta las que mantienen y prolongan la existencia
de aqu‚lla, el incesto -por muy otras razones y de
otra manera- ocupa un lugar central; sin cesar
es solicitado y rechazado, objeto de obsesión y re-
querimiento, secreto temido y unión indispensa-
ble. Aparece como lo prohibidísimo en la familia
mientras ‚sta actúe como dispositivo de alianza;
pero tambi‚n como lo continuamente requerido
para que la familia sea un foco de incitación per-
manente de la sexualidad. Si durante más de un
siglo el Occidente se interesó tanto en la prohibi-
ción del incesto, si con acuerdo más o menos co-
mún se vio en ‚l un universal social y uno de los
puntos de pasaje a la cultura obligatorios, quizá
fue porque se encontraba allí un medio de defen-
derse, no contra un deseo incestuoso, sino contra
la extensión y las ­aplicaciones de ese dispositivo
de sexualidad que se había erigido y cuyo incon-
veniente, entre muchos beneficios, consistía en
ignorar las leyes y las formas jurídicas de la alian-
za. La afirmación de que toda sociedad, sea la que
fuere, y por consiguiente la nuestra, est some-
tida a esa regla de reglas, garantizaba que el dis-
positivo de sexualidad, cuyos efectos extraiíos co-
menzaban a manipularse -entre ellos la intensi-
ficación afectiva del espacio familiar-, no podría
escapar al viejo gran sistema de la alianza. Así el
derecho estaría a salvo, inclusive en la nueva me-
c nica de poder. Pues tal es la paradoja de esta
sociedad que inventó desde el siglo XVIII tantas


134 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
tecnologías de poder extrañas al derecho: teme sus
efectos y proliferaciones y trata de recodificarlos
en las formas del derecho. Si se admite que la
prohibición del incesto es el umbral de toda cul-
tura, entonces la sexualidad se encuentra desde el
fondo de los tiempos colocada bajo el signo de
la ley y el derecho. La etnología, al Teelaborar sin
cesar durante tanto tiempo la teoría trascultural
de la prohibición del incesto, se ha hecho digna de
todo el dispositivo moderno de sexualidad y de los
discursos teóricos que produce.
Lo que ha ocurrido desde el siglo XVII puede
descifrarse así: el dispositivo de sexualidad, que
se había desarrollado primero en los m rgenes de
las instituciones familiares (en la dirección de con-
ciencias, en la pedagogía), poco a poco volver a
centrarse en la familia: lo que podía incluir de
extraño, de irreducible, quizá de peligroso para
el dispositivo de alianza -la consciencia de tal
peligro se manifiesta en las críticas frecuentemen-
te dirigidas contra la indiscreción de los directo-
res, y en todo el debate, algo más tardío, sobre la
educación de los niiíos: privada o pública, insti-
tucional o familiar- @2 fue vuelto a tomar en cuen-
ta por la familia, una familia reorganizada, más
cerrada sin duda, intensificada seguramente en
relación con las antiouas funciones que ejercía en
el dispositivo de alianza. Los padres y los cónyu-
ges llegaron a ser en la familia los principales
agentes de un dispositivo de sexualidad que, en el

2 Tartufo, de molitre, y El preceptor, de Lenz, representan,
con un siglo de distancia entre ellas, la interferencia del dis-
positivo de sexualidad en el dispositivo de familia: Tartufo
en el caso de la dirección espiritual y El preceptor en el de
la educación.


DOMINIO 135
exterior, se apoya en los m‚dicos, los pedagogos,
más tarde los psiquiatras, y que en el interior
llega a acompañar y pronto a "psicologizar" 0
"psiquiatrizar" los vínculos de alianza. Entonces
aparecen estos nuevos personajes: la mujer ner-
viosa, la esposa frígida, la madre indiferente 0
asaltada por obsesiones criminales, el marido im-
potente, s dico, perverso, la hija hist‚rica o neu-
rast‚nica, el niiío precoz y ya agotado, el joven
homosexual que rechaza el matrimonio o descuida
a su mujer. Constituyen las figuras mixtas de la
alianza descarriada y de la sexualidad anormal;
llevan el trastorno o perturbación de ‚sta al or-
den de la primera; y para el sistema de alianza
son la ocasión de hacer valer sus derechos en el
orden de la sexualidad. Una demanda incesante
nace entonces de la familia: pide que se la ayude
a resolver esos juegos desdichados de la sexuali-
dad y de la alianza, y, atrapada por el dispositivo
de sexualidad que la invadió desde el exterior,
que contribuyó a solidificarla en su forma moder-
na, profiere hacia los m‚dicos, los pedagogos, los
psiquiatras, los curas y tambi‚n los pastores, hacia
todos los "expertos" posibles, la larga queja de su
sufrimiento sexual. Todo sucede como si de pron-
to descubriese el temible secreto de lo que se le
inculcó y que no se dejaba de sugerirle: ella, arca
fundamental de la alianza, era el germen de todos
los infortunios del sexo. Y hela ahí, desde media-
dos del siglo XIX cuando menos, persiguiendo en
sí misma las menores huellas de sexualidad, arran-
c ndose a sí misma las más difíciles confesiones,
solicitando ser oída por todos los que pueden sa-
ber mucho sobre el tema, abri‚ndose de parte a
parte a la infinitud del examen. En el dispositivo


136 EL DISPOSITIVO DE SIEXUALIDAD
de sexualidad la familia es el cristal: parece di-
fundir una sexualidad que en realidad refleja y
difracta. Por su penetrabilidad y por ese juego
de remisiones al exterior, es para el dispositivo de
marras uno de los elementos tácticos más valiosos.
Pero nada de ello sucedió sin tensión ni pro-
blemas. Tambi‚n en esto Charcotáconstituye, sin
duda, una figura central. Durante años fue el más
notable entre aquellos a quienes las familias, in-
comodadas por la sexualidad que las saturaba, so-
licitaban arbitraje y atención. Y ‚l, que del mun-
do entero recibía padres que conducían a sus
hi'os, esposos con sus mujeres, mujeres con sus
maridos, se preocupaba en primer lugar -y a me-
nudo dio este consejo a sus alumnos- por separar
al "enfermo" de su familia y, para observarlo me-
jor, la escuchaba lo menos posible.3 Buscaba se-
parar el dominio de la sexualidad del sistema de
la alianza, a fin de tratarlo directamente con una
pr ctica m‚dica cuya tecnicidad y autonomía es-
taban garantizadas por el modelo neurológico. La
medicina retomaba así por su propia cuenta, y
según las reglas de un saber específico, una sexua-
lidad acerca de la cual la medicina misma había
incitado a las familias a preocuparse como de una
tarea esencial y un peligro mayor. Y Cha-rcot, va-

3 Charcot, LeCons du mardi, 7 de enero de 1888: "Para tratar
bien a una joven hist¨Tica, no hay que dejarla con su padre
y su madre, hay que llevarla a una casa de salud... ¨Saben
ustedes cu nto tiempo lloran a sus madres, cuando las aban.
donan, las jóvenes bien educadas? Consideremos el t‚rmino
medio, si ustedes quieren: una media hora. No es mucho."
21 de febrero de 1888: "En los casos de histeria de jóvenes
varones, lo que hay que hacer es separarlos de sus madres.
Mientras est‚n con ellas, no hay nada que hacer... A veces
el padre es tan insoportable como la madre; lo mejor, pues, es
suprimir a ambos."


DOMINIO 137
rias veces, notó con qu‚ dificultad las familias
"cedían" al m‚dico el paciente que sin embargo
venían a traerle, cómo ponían sitio a las casas de
salud en que el sujeto era mantenido aparte y con
qu‚ interferencias perturbaban sin cesar el tra-
bajo del m‚dico. No tenían, sin embargo, por qu‚
inquietarse: era para devolverles individuos se-
xualmente integrables al sistema de la familia por
lo que el terapeuta intervenía; y esta interven-
ción, aunque manipulara el cuerpo sexual, no lo
autorizaba a formular un discurso explícito. No
hay que hablar de esas "causas genitales": tal fue,
pronunciada a media voz, la frase que el oído más
famoso de nuestra ‚poca sorprendió, un día de
1886, en boca de Charcot.
En ese espacio se alojó el psicoanálisis, pero
modificando considerablemente el r‚gimen de las
inquietudes y las seguridades. Al principio tenía
que suscitar desconfianza y hostilidad puesto que
se proponía, llevando al límite la lección de Char-
cot, recorrer fuera del control familiar la sexuali-
dad de los individuos; sacaba a luz esa sexualidad
misma sin recubrirla con el modelo neurológico;
más aún, ponía en entredicho las relaciones fami-
liares con el análisis que de ellas hacía. Pero he
aquí que el psicoanálisis, que en sus modalidades
t‚cnicas parecía colocar la confesión de la sexua-
lidad fuera de la soberanía familiar, en el co-ra-
zón mismo de esa sexualidad rencontraba como
principio de su formación y cifra de su inteligi-
bilidad la ley de la alianza, los juegos mezclados
de los esponsales y el parentesco, el incesto. La
garantía de que en el fondo de la sexualidad de
cada cual iba a reaparecer la relación padres-hijos,
permitía mantener la sujeción con alfileres del


138 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
dispositivo de sexualidad sobre el sistema de la
alianza en el momento en que todo parecía indi-
car el proceso inverso. No había ningún riesgo de
que la sexualidad apareciese, por naturaleza, ex-
traña a la ley: no se constituía sino gracias a ‚sta.
Padres, no tem is llevar a vuestros hijos al an li-
sis: en ‚l aprender n que, de todos modos, es a
vosotros a quienes aman. Hijos, no os quej‚is de-
masiado por no ser hu‚rfanos y siempre redescu-
brir en el fondo de vosotros mismos a la Madre-
Objeto o al signo soberano del Padre: es gracias
a ellos como acced‚is al deseo. De ahí, despu‚s de
tantas reticencias, el inmenso consumo de análisis
en las sociedades donde el dispositivo de alianza
y el sistema de la familia tenían necesidad de ser
reforzados. Pues en ello reside uno de los puntos
fundamentales en toda esta historia del dispositivo
de sexualidad: con la tecnología de la "carne" en
el cristianismo cl sico, nació apoy ndose en los sis-
temas de alianza y las leyes que los rigen; pero
hoy desempeña un papel inverso: tiende a soste-
ner el viejo dispositivo de alianza. Desde la direc-
ción de conciencias hasta el psicoanálisis, los dis-
positivos de alianza y de sexualidad, girando uno
con relación al otro según un lento proceso que
ahora tiene más de tres siglos, invirtieron sus res-
pectivas posiciones; en la pastoral cristiana, la ley
de la alianza codificaba esa carne que se estaba
descubriendo y le imponía desde un principio unz
armazón aún jurídica; con el psicoanálisis, la se
xualidad da cuerpo y vida a las reglas de la alianzp
satur ndolas de deseo.
El dominio que se tratar de analizar en los di
ferentes estudios que seguir n al presente volumei
consiste, pues, en ese dispositivo de sexualidad: si


I>OMINIO 139
formación a partir de la carne cristiana; su des-
arrollo a trav‚s de las cuatro grandes estrategias
desplegadas en el siglo XIX: sexualización del niño,
histerización de la mujer, especificación de los
perversos, regulación de las poblaciones -estrate-
gias todas que pasan por una familia que fue (hay
que verlo bien) no una potencia de prohibición
sino factor capital de sexualización.
El primer momento correspondería a la necesi-
dad de constituir una "fuerza de trabajo" (por
lo tanto nada de "gasto" inútil, nada de energía
dilapidada: todas las fuerzas volcadas al solo tra-
bajo) y de asegurar su reproducción (conyugal­-
dad, fabricación regulada de hijos). El segundo
momento correspondería a la ‚poca del Spdtkapi-
talismus donde la explotación del trabajo asalaria-
do no exige las mismas coacciones violentas y fí-
sicas que en el siglo XIX y donde la política del
cuerpo no requiere ya la elisión del sexo o su
limitación al solo papel reproductor; pasa más
bien por su canalización múltiple en los circuitos
controlados de la economía: una desublimación
sobrerrepresiva, como se dice.
Ahora bien, si la política del sexo no hace ac-
tuar en lo esencial la ley de la prohibición sino
todo un aparato t‚cnico, si se trata más bien de
la producción de la "sexualidad" que de la re-
presión del sexo, es preciso abandonar semejante
división y distanciar el análisis respecto del pro-
blema de la "fuerza de trabajo" y, sin duda, aban-
donar el energetismo difuso que sustenta el tema
de una sexualidad reprimida por razones econó-
micas.


4. PERIODIZACIàN




La historia de la sexualidad -si se quiere cen-
trarla en los mecanismos de represión- supone
dos rupturas. Una, durante el siglo XVIII naci-
miento de las grandes prohibiciones, valoración de
la sexualidad adulta y matrimonial únicamente,
imperativos de decencia, evitación obligatoria del
cuerpo, silencios y pudores imperativos del len-
guaje; la otra, en el siglo XX: no tanto ruptura,
por lo demás, como inflexión de la curva: en tal
momento los mecanismos de la represión habrían
comenzado a aflojarse; se habría pasado de las
prohibiciones sexuales apremiantes a una toleran-
cia relativa respecto de las relaciones prenupciales
o extramatrimoniales; la descalificación de los
..perversos" se habría atenuado, y borrado en par-
te su condena por la ley; se habrían levantado en
buena medida los tabúes que pesaban sobre la
sexualidad infantil.
Hay que intentar seguir la cronología de esos
procedimientos: las invenciones, las mutaciones
instrumentales, las remanencias. Pero existe tam-
bi‚n el calendario de su utilización, la cronología
de su difusión y de los defectos que inducen (de
sujeción o resistencia). Esos fechados múltiples
indudablemente no coinciden con el gran ciclo
represivo que de ordinario se sitúa entre los si-
glos XVII y XX.
11 U cronología de las t‚cnicas mismas se re-
monta muy atr s. Hay que buscar su punto de
[140]

PERIODIZACIàN 141
formación en las pr cticas penitenciales del cris-
tianismo medieval o, mejor, en la doble serie cons-
tituida por la confesión obligatoria, exhaustiva y
periódica impuesta a todos los ficles en el conci-
lio de Letr n, y por los m‚todos del ascetismo, del
ejercicio espiritual y del misticismo desarrollados
con particular intensidad desde el siglo XIV. Pri-
mero la Reforma, luego el catolicismo tridentino
marcaron una mutación importante y una escision
en lo que se podría llamar la "tecnología tradi-
cional de la carne". Escisión cuya profundidad no
debe ser ignorada; ello no excluye sin embargo
cierto paralelismo entre los m‚todos católicos y
protestantes del examen de conciencia y de la
dirección pastoral: aquí y all se fijan, con diver-
sas sutilezas, procedimientos de análisis y de for-
mulación discursiva de la "concupiscencia". T‚c-
nica rica, refinada, que se desarrolló a partir del
siglo XVI a trav‚s de largas elaboraciones teóricas
y se fijó a fines del XVIII en fórmulas que pueden
simbolizar, por un lado, el rigorismo mitigado
de Alfonso de Liguori, y, por otro, la pedago-
gía de Wesley.
Ahora bien, en esas postrimerías del siglo XVIII,
ypor razones que habr que determinar, nació
una tecnología del sexo enteramente nueva; nue-
va, pues sin ser de veras independiente de la te-
m tica del pecado, escapaba en lo esencial a la
institución eclesi stica. Por mediación de la medi-
cina, la pedagogía y la economía, hizo del sexo no
sólo un asunto laico, sino un asunto de Estado;
aún más: un asunto en el cual todo el cuerpo
social, y casi cada uno de sus individuos, era ins-
tado a vigilarse. Y nueva, tambi‚n, pues se des-
arrollaba según tres ejes: el de la pedagogía, cuyo


142 EL DISPOSINVO DE SEXUALIDAD
objetivo era la sexualidad específica del niño; el
de la medicina, cuyo objetivo era la fisiología
sexual de las mujeres; y el de la demografía fi-
nalmente, cuyo objetivo era la regulación espon-
t nea o controlada de los nacimientos. El "pecado
de juventud", las "enfermedades de los nervios"
y los "fraudes a la procreación" (como más tarde
se llamó a esos "funestos secretos") señalaron así
los tres dominios privilegiados de aquella nueva
tecnología. Sin duda, en cada uno de esos puntos
retomó, no sin simplificarlos, m‚todos ya forma-
dos por el cristianismo: la sexualidad infantil ya
estaba problematizada en la pedagogía espiritual
del cristianismo (no es indiferente que el primer,
tratado consagrado al pecado De mollities haya
sido escrito en el siglo XV por Gerson, educador
y místico; y que la colección Onania, redactada
por Dekker en el siglo XVIII vuelva palabra por
palabra a ejemplos establecidos por la pastoral
anglicana) ; la medicina de los nervios y los vapo--
res, en el siglo XVIII, retomó a su vez el dominio
de análisis descubierto ya en el momento en que
los fenómenos de posesión abrieron una crisis
rave en las pr cticas tan "indiscretas" de la di-
rección de conciencia y del examen espiritual (la
enfermedad nerviosa no es, por cierto, la verdad
de la posesión; pero la medicina de la histeria nc
carece de relación con la antigua dirección de lo.
,,obsesos") ; y las campañas a propósito de la nata
lidad desplazan bajo otra forma y en otro nive
el control de las relaciones conyugales, cuyo exa
men la penitencia cristiana había perseguido coi
tanta obstinación. Continuidad visible, pero qu
no impide una trasformación capital: la tecn(
loaía del sexo, a partir de ese momento, empez


PERIOD"ClóN 143
a responder a la institución m‚dica, a la exigencia
de normalidad, y más que al problema de la muer-
te y el castigo eterno, al problema de la vida y la
enfermedad. La "carne" es proyectada sobre el
organismo.
Tal mutación se sitúa en el tr nsito del siglo
XVIII al XIX; abrió el camino a muchas otras tras-
formaciones derivadas de ella. Una, en primer lu-
gar, separó la medicina del sexo de la medicina
general del cuerpo; aisló un "instinto" sexual sus-
ceptible -incluso sin alteración org nica- de
presentar anomalías constitutivas, desviaciones ad-
quiridas, dolencias o procesos patológicos. La
Psychopathia sexualis de Heinrich Kaan, en 1846,
puede servir como indicador: de entonces data la
relativa autonomización del sexo respecto del
cuerpo, la aparición correlativa de una medicina,
de una "ortopedia" específica, la apertura, en una
palabra, de ese gran dominio m‚dico-psicolóyico
de las "perversiones", que relevó a las viejas cate-
gorías morales del libertinaje o el exceso. En la
misma ‚poca, el análisis de la herencia otorgaba
al sexo (relaciones sexuales, enfermedades ven‚-
reas, alianzas matrimoniales, perversiones) una
posición de "responsabilidad biológica" en lo to-
cante a la especie: el sexo no sólo podía verse
afectado por sus propias enfermedades, sino tam-
bi‚n, en el caso de no controlarse, trasmitir en-
fermedades o bien cre‚rselas a las generaciones
futuras: así aparecía en el principio de todo un
capital patológico de la especie. De ahí el proyecto
m‚dico y tambi‚n político de organizar una ad-
ministración estatal de los matrimonios, nacimien-
tos y sobrevivencias; el sexo y su fecundidad re-
quieren una gerencia. La medicina de las perver-


144 EL DISPOSINVO DE SEXUALIDAD
siones y los programas de eugenesia fueron en la
tecnología del sexo las dos grandes innovaciones
de la segunda mitad del siglo XIX.
Innovaciones que se articularon fáclmente,
pues la teoría de la "degeneración" les permitía
referirse perpetuamente la una a la otra; expli-
caba cómo una herencia cargada de diversas enfer-
medades -org nicas, funcionales o psíquicas, poco
importa- producía en definitiva un perverso se-
xual (buscad en la genealogía de un exhibicionis-
ta o de un homosexual: encontrar‚is un antepa-
sado hemipl‚jico, un padre tísico o un tío con
demencia senil) ; pero tambi‚n explicaba cómo
una perversión sexual inducía un agotamiento de
la descendencia -raquitismo infantil, esterilidad
de las generaciones futuras. El conjunto perver-
sión-herencia-degeneración constituyó el sólido nú-
cleo de nuevas tecnologías del sexo. Y no hay que
imaginar que se trataba sólo de una teoría m‚-
dica científicamente insuficiente y abusivamente
moralizadora. Su superficie de dispersión fue am-
plia, y profunda su implantación. Psiquiatría, ju-
risprudencia tambi‚n, y medicina legal, instancias
de control social, vigilancia de niiíos peligrosos o
en peligro, funcionaron mucho tiempo con arre-
glo a la teoría de la degeneración, al sistema he-
rencia-perversión. Toda una pr ctica social, cuya
forma exasperada y a la vez coherente fue el ra-
cismo de Estado, dio a la tecnología del sexo un
poder temible y efectos remotos.
Y se comprendería mal la posición del psico-
análisis, a fines del siglo XIX, si no se viera la rup-
tura que operó respecto al gran sistema de la de-
generación: volvió al proyecto de una tecnología
m‚dica propia del instinto sexual, pero buscó


PEMODIZACI¨>N 145
emanciparía de sus correlaciones con la herencia
y, por consiguiente, con todos los racismos y todos
los eugenismos. Podemos ahora volver sobre lo
que podía haber de voluntad normalizadora en
Freud; tambi‚n se puede denunciar el papel des-
empeííado desde hace años por la institución psi-
coanalítica; en la gran familia de las tecnologías
del sexo, que se remonta tan lejos en la histo-
ria del Occidente cristiano, y entre las que en el
siglo XIX emprendieron la medicalización del sexo,
el psicoanálisis fue hasta la d‚cada de 1940 la que
se opuso, rigurosamente, a los efectos políticos e
institucionales del sistema perversión-herencia-de-
generación.
Ya se ve: la genealogía de todas esas t‚cnicas,
con sus mutaciones, desplazamientos, continuida-
des y rupturas, no coincide con la hipótesis de una
gran fase represiva inaugurada durante la edad
clásica y en vías de concluir lentamente en el
siglo XIX. M s bien hubo una inventiva perpe-
tua, una constante abundancia de m‚todos y pro-
cedimientos, con dos momentos particularmente
fecundos en esta proliferante historia: hacia me-
diados del siglo XVI, el desarrollo de los procedi-
mientos de dirección y examen de conciencia; a
comienzos del siglo XIX, la aparición de las tecno-
logías m‚dicas del sexo.
2] Pero todo eso no consistiría todavía sino en
un fechado de las t‚cnicas mismas. Fue otra la
historia de su difusión y su punto de aplicación.
Si se escribe la historia de la sexualidad en t‚rini-
nos de represión y si se refiere esa represión a la
utilización de la fuerza de trabajo, es preciso su-
poner que los controles sexuales fueron más inten-
sos y cuidadosos cuando se refirieron a las clases


146 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
pobres; se debe inia‚lnar que siguieron las líneas
de la mayor dominación y la explotación más
sistem tica: el hombre adulto, joven, que no po-
seía sino su fuerza para vivir, debería ser el pri-
mer blanco de una sujeción destinada a desplaza:.
las energías disponibles desde el placer inútil hz
cia el trabajo obligatorio. Pero no parece que Iz
cosas hayan sucedido así. Al contrario, las t‚cnic,
más rigurosas se formaron y@ sobre todo, se ap
caron en primer lugar y con más intensidad en 1
clases económicamente privilegiadas y polítif
mente dirigentes. La dirección de las concienci
el examen de sí, toda la larga elaboración de
pecados de la carne, la localización escrupul
de la concupiscencia, fueron otros tantos proc,
mientos sutiles que no podían ser accesibles
a grupos restringidos. El m‚todo penitencial
Alfonso de Liguori, las reglas propuestas a los
todistas por Wesley, les aseguraron, es cierto,
difusión más amplia; pero al precio de una
siderable simplificación. Lo mismo podría di
de la familia como instancia de control y pun
saturación sexual: fue en primer t‚rmino
familia "burguesa" o "aristocr tica" don,
problematizó la sexualidad de los niños y 2
centes; donde se medicalizó la sexualidad
nina; y donde se alertó sobre la posible pa
del sexo, la urgente necesidad de vigilar (
inventar una tecnología racional de cori
Fue allí el primer lugar de la psiquiatrizac
sexo. Fue la primera que entró en cretismo
provoc ndose miedos, inventando recetas,
do al socorro de t‚cnicas científicas, su
innumerables discursos para repetírselos
ina. La burguesía comenzó por considera


P.ERIODIZACIàN 147
pio sexo como cosa importante, fr gil tesoro, se-
creto que era indispensable conocer. El personaje
invadido en primer lugar por el dispositivo de se-
xualidad, uno de los primeros en verse "sexual­-
zado", fue, no hay que olvidarlo, la mujer "ocio-
sa", en los límites de lo 44 mundano", donde debía
figurar siempre como un valor, y de la familia,
donde se le asignaba un nuevo lote de obligacio-
nes conyugales y maternales: así apareció la mujer
11 nerviosa", la mujer que sufría de "vapores"; allí
encontró su ancoraje la histerización de la mujer.
En cuanto al adolescente que dilapidaba en ' la-
p
ceres secretos su futura sustancia, el niño onanista
que preocupó tanto a m‚dicos y educadores desde
fines del siglo XVIII hasta fines del XIX, no era el
niño del pueblo, el futuro obrero, a quien habría
sido necesario inculcarle las disciplinas del cuer-
po; era el colegial, el jovencito rodeado de sir-
vientes, preceptores y gobernantes, y que corría el
riesgo de comprometer menos una fuerza física
que capacidades intelectuales, un deber moral y
la obligación de conservar para su familia y su
clase una descendencia sana.
Frente a ello, las capas populares escaparon
durante mucho tiempo al dispositivo de "sexuali-
dad". Ciertamente, estaban sometidas según mo-
dalidades particulares al dispositivo de las "alian-
zas": valoración del matrimonio legítimo y la
fecundidad, exclusión de las uniones consanguí-
neas, prescripciones de endogamia social y local. Es
poco probable, en cambio, que la tecnología cris-
tiana de la carne haya tenido nunca gran impor-
tancia para ellas. Los mecanismos de sexualización
penetraron lentamente en esas capas, y sin duda
en tres etapas sucesivas. Primero a propósito de


ALIDAD
El, Dlsp<:>Slrlvo DF SFXXJ
148 e natalidad cuando a fines del si-
,., pTobjernas d 1 arte de engañar a la
glo'XVlll se descubrió que @ egio de citadinos Y li-
Ta u', PTiv" .cado por
naturaleza lo e -. 0 y ptact,
que era cOrlOcid deberían sent"r
bertinos, slno nos a la naturalezas
cerca eni s. Lue-
quienes, ­a que los @. .1
r tal arte In s repugna,,c de la fanl"la canóni-
n
eció un insttuniento de
ión económica indispen-
1 p oletatiado urbano:

la I,UIOTalización de la .s

an carnpañ en cuando a fines del.sl-
1. Fir troj @udicial v in‚dico
saTTO de una p@otecció"
siones, en no puede decirse que
sociedad y 1' ­dad' elaborad(

en ispositivo de ni s intensas PO

en su forrnas rn s conil se difundió en 11
y para las clases privile adquirió en tod2
cuerpo social entero- P S ni utilizó los inisnl(
partes las rnismas fOTIr de la in
(los pax)eles Tespectivos
instrumentos . judicial no fuerc
tancia rn‚dica Y la instan a ariera
y all ; ni @o
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aquí tarnp ­dad)
los raisinos lló'la medicina de la seyual
que funcio
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F,STOS TecordatoTi0s cron . 1 calendario de
la invención de las t‚cnicas 0 del. -Fornan rl
,poseen su inipottancia ivo, con un
clifusión- ea de u,, ciclo Tepres
dudosa la i .aido 1,1 nienos una c,
,iierizo 'Y un fin, dibul exión: probablemente
con sus puntos de infl sexual; y tarn]
hubo un@ edad de la TCStTiCC'órl del PTOCCS(
hacen dudat de la h en todas las
todos los niveles de 1

PMODIZACIàN
149
ses; no existió una política sexual unitaria. Pero
sobre todo vuelven problem tico el sentido del
proceso y sus razones de ser: al parecer, el dispo-
sitivo de sexualidad no fue erigido como princi-
pio de limitación del placer de los demás por
parte de lo que era tradicional denominar las
"clases dirigentes". Parece más bien que lo ensa-
yaron primero en sí mismas. ¨Nuevo avatar de ese
ascetismo burgu‚s tantas veces descrito a propósito
de la Reforma, de la nueva ‚tica del trabajo y de
la expansión del capitalismo? Precisamente, pare-
ciera no tratarse de un ascetismo o, en todo caso,
de una renuncia al lacer, de una descalifica-
p
ción de la carne, sino, por el contrario, de una
intensificación del cuerpo, una problematización
de la salud y sus condiciones de funcionamien-
to; de nuevas t‚cnicas para "maximizar" la vida.
M s que de una represión del sexo de las clases
explotables, se trató del cuerpo, del vigor, de la
longevidad, de la progenitura y de la descendencia
de las clases "dominantes". Allí fue establecido,
en primera instancia, el dispositivo de sexuali-
dad en tanto que distribución nueva de los pla-
ceres, los discursos, las verdades y los poderes. Hay
que sospechar en ello la autoafirmación de una
clase más que el avasallamiento de otra: una de-
fensa, una protección, un refuerzo y una exalta-
ción que luego fueron -al precio de diferentes
trasformaciones- extendidos a las demás como
medio de control económico y sujeción política.
En esta invasión de su propio sexo por una tecno-
loaía de poder que ella misma inventaba, la bur-
guesía hizo valer el alto precio político de su
ctierpo, sus sensaciones, sus placeres, su salud y
su supervivencia. No aislemos en todos esos pro-


150 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
cedimientos lo que tengan en materia de restric-
ciones, pudores, esquivamientos o silencio, a fin
de referirlos a alguna prohibición constitutiva o
represión * o instinto de muerte. Fue un arreglo
político de la vida, y se constituyó en una afirma-
ción de sí, no en el sometimiento de otro. Y lejos
de que la clase que se volvía hegemónico en el
siglo XVIII haya creído deber amputar a su cuerpo
un sexo inútil, gastador y peligroso no bien no
estaba limitado a la reproducción, se puede decir
por el contrario que se otorgó un cuerpo al que
había que cuidar, proteger, cultivar y preservar
de todos los peligros y todos los contactos, y ais-
lar de los demás para que conservase su valor
diferencial; y dot ndose para ello, entre otros me-
dios, de una tecnología del sexo.
El sexo no fue una parte del cuerpo que la
burguesía tuvo que descalificar o anular para in-
ducir al trabajo a los que dominaba. Fue el ele-
mento de sí misma que la inquietó más que cual-
quier otro, que la preocupó, exigió y obtuvo sus
cuidados, y que ella cultivó con una mezcla de
espanto, curiosidad, delectación y fiebre. Con ‚l
identificó su cuerpo, o al menos se lo sometió,
adjudic ndole un poder misterioso e indefinido;
bajo su f‚rula puso su vida y su muerte, volvi‚n-
dolo responsable de su salud futura; en ‚l invirtió
su futuro, suponiendo que tenía efectos inclucta-
bles sobre la descendencia; le subordinó su alma,
pretendiendo que ‚l constituía su elemento más
secreto y determinante. No imaginemos a la bur-
guesía castr ndose simbólicamente para rehusar
mejor a los demás el derecho de tener un sexo y
usarlo libremente. M s bien, a partir de mediados
Refoulement. Represión en su acepción psicoanalítico. [T.]
PMODIZACIàN 151
del siglo XVIII, hay q .ue verla empezada en pro-
veerse de una sexualidad y constituirse a partir de
ella un cuerpo específico, un cuerpo "de clase",
dotado de una salud, una higiene, una descenden-
cia, una raza: autosexualización de su cuerpo, en-
carnación del sexo en su propio cuerpo, endoga-
mia del sexo y el cuerpo. Diversas razones, sin
duda, había para ello.
En primer lugar, una trasposición, en otras for-
mas, de los procedimientos utilizados por la no-
bleza para seííalar y mantener su distinción de
casta; pues la aristocracia nobiliario tambi‚n ha-
bía afirmado la especificidad de su cuerpo, pero>
por medio de la sangre, es decir, por la antigedad
de las ascendencias y el valor de las alianzas; la
burguesía, para darse un cuerpo, miró en cambio
hacia la descendencia y la salud de su organismo.
El sexo fue la "sangre" de la burguesía. No es un
juego de palabras: muchos de los temas propios
de las maneras de casta de la nobleza reaparecen
en la burguesía del siglo XIX, pero en forma
de preceptos biológicos, m‚dicos, eugen‚sicos; la
preocupación genealógica se volvió preocupación
por la herencia; en los matrimonios se tomaron
en cuenta no sólo imperativos económicos y re-
glas de homogeneidad social, no sólo las promesas
de la herencia económica sino las amenazas de la
herencia biológica; las familias llevaban y escon-
dían una especie de blasón invertido y sombrío
cuyos cuartos infamantes eran las enfermedades o
taras de la parentela -la par lisis general del
abuelo, la neurastenia de la madre, la tisis de la
hermana menor, las tías hist‚ricas o erotómanas,
los primos de malas costumbres. Pero en ese en­-
dado del cuerpo sexual había algo más que la tras-


152 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
posición burguesa de los temas de la nobleza con
propósitos de afirmación de sí. Tambi‚n se tra-
taba de otro proyecto: el de una expansión inde-
finida de la fuerza, del vigor, de la salud, de la
vida. La valoración del cuerpo debe ser enlazada
con el proceso de crecimiento y establecimiento
de la hegemonía burguesa: nc> a causa, sin embar-
go, del valor mercantil adquirido por la fuerza de
trabajo, sino en virtud de lo que la "cultura"
de su propio cuerpo podía representar política-
mente, económicamente e históricamente tanto
para el presente como para el porvenir de la bur-
guesía. En parte, su dominación dependía de aqu‚-
lla; no se trataba sólo de un asunto económico o
ideológico, sino tambi‚n "físico". Lo atestiguan
las obras tan numerosas publicadas a fines del si-
glo XVIII sobre la higiene del cuerpo, el arte de
la longevidad, los m‚todos para tener hijos salu-
dables y conservarlos vivos el mayor tiempo posi-
ble, los procedimientos para mejorar la descen-
dencia humana; así atestiguan la correlación de
ese cuidado del cuerpo y el sexo con un "racis-
mo", pero muy diferente del manifestado por la
nobleza, orientado a fines esencialmente conser- rc
vadores. Se trataba de un racismo din mico, de p¨
un racismo de la expansión, incluso si aún se en- na
contraba en estado embrionario y si tuvo que au
esperar hasta la segunda mitad del siglo XIX para roi
dar los frutos que nosotros hemos saboreado. de
Que me perdonen aquellos para quienes bur- ma
guesía significa elisión del cuerpo y represión de
li,efoulementl de la sexualidad, aquellos para gul
quienes lucha de clases implica combate para anu-
lar esa represión. La "filosofía espont nea" de la
bu
burguesía quizá no es tan idealista ni castradora

PMODIZACIàN 153
como se dice; en todo caso, una de sus primeras
preocupaciones fue darse un cuerpo y una sexua-
lidad -asegurarse la fuerza, la perennidad, la pro-
liferación secular de ese cuerpo mediante la or-
ganización de un dispositivo de sexualidad. Y tal
proceso estuvo ligado al movimiento con el que
afirmaba su diferencia y su hegemonía. Sin duda
hay que admitir que una de las formas primor-
diales de la conciencia de clase es la afirmación
del cuerpo; al menos ‚se fue el caso de la burgue-
sía durante el siglo XVIII convirtió la sangre azul
de los nobles en un organismo con buena salud
y una sexualidad sana; se comprende por qu‚ em-
pleó tanto tiempo y opuso tantas reticencias para
reconocer un cuerpo y un sexo a las demás clases,
precisamente a las que explotaba. Las condiciones
de vida del proletariado, sobre todo en la primera
mitad del siglo XIX, muestran que se estaba lejos
de tomar en cuenta su cuerpo y su sexo: 1 poco
importaba que aquella gente viviera o muriera;
de todos modos se reproducían. Para que el pro-
letariado apareciera dotado de un cuerpo y una
sexualidad, para que su salud, su sexo y su repro-
ducción se convirtiesen en problema, se necesita-
ron conflictos (en particular a propósito del es-
pacio urbano: cohabitación, proximidad, contami-
nación, epidemias -como el cólera en 1832- o
aun prostitución y enfermedades ven‚reas) ; fue-
ron necesarias urgencias económicas (desarrollo
de la industria pesada con la necesidad de una
mano de obra estable y competente, obligación
de controlar el flujo de población y de lograr re-
gulaciones demoat ficas) ; fue finalmente necesa-

1 Cf. K. Marx, El capital, libro i, cap. viii, 2, 'La ham-
bruna de plustrabajo". Siglo XXI Editores, 1975.

154 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
ria la erección de toda una tecnología de control
que permitiese mantener bajo vigilancia ese cuer-
po y esa sexualidad que al fin se le reconocía (la
escuela, la política habitacional, la higiene públi-
ca, las instituciones de socorro y seguro, la medi-
calización general de las poblaciones -en suma,
todo un aparato administrativo y t‚cnico permitió
llevar a la clase explotada, sin peligro, el dispo-
sitivo de sexualidad; ya no se corría el riesgo de
que el mismo desempeñara un papel de afirma-
ción de clase frente a la burguesía; seguía siendo
el instrumento de la hegemonía de esta última).
De allí, sin duda, las reticencias del proletariado
a aceptar ese dispositivo; de allí su tendencia a
decir que toda esa sexualidad es un asunto bur-
gu‚s que no le concierne.
Hay quienes creen poder denunciar a la vez dos
hipocresías sim‚tricas: una, dominante, de la bur-
guesía que negaría su propia sexualidad; otra, in-
ducida, del proletariado que por aceptación de la
ideología de enfrente rechaza la propia. Esto es
no comprender el proceso por el cual la burgue-
sía, al contrario, se dotó, en una afirmación polí-
tica arrogante, de una sexualidad parlanchina que
el proletariado por mucho tiempo no quiso acep-
tar, ya que le era impuesta con fines de sujeción. e

Si es verdad que la "sexualidad" es el conjunto ti

de los efectos producidos en los cuerpos, los com- ti

portamientos y las relaciones sociales por cierto t:

dispositivo dependiente de una tecnología política F
compleja, hay que reconocer que ese dispositivo ¨

no actúa de manera sim‚trica aquí y all , que por
lo tanto no produce los mismos efectos. Hay pues
que volver a formulaciones desacreditadas desde
hace mucho; hay que decir que existe una sexua-


PtXíODlZAC16N 155
lidad burguesa, que existen sexualidades de cla-
se. 0 más bien que la sexualidad es originaria e
históricamente burguesa y que induce, en sus des-
plazamientos sucesivos y sus trasp'osiciones, efectos
de clase de car cter específico.


Una palabra más. kn el curso del siglo XIX hubo,
pues, una generalización del dispositivo de sexua-
lidad a partir de un foco hegemónico. En última
instancia, aunque de un modo y con instrumentos
diferentes, el cuerpo social entero fue dotado de
un "cuerpo sexual". ¨Universalidad de la sexua-
lidad? Allí vemos que se introduce un nuevo ele-
mento diferenciador. Un poco como la burguesía,
a fines del siglo XVIII, había opuesto a la sangre
valiosa de los nobles su propio cuerpo y su sexua-
lidad preciosa, así, a fines del siglo XIX, buscó re-
definir la especificidad de la suya frente a la de
los otros, trazar una línea divisoria que singula-
rizara y protegiera su cuerpo. Esta línea ya no ser
la que instaura la sexualidad, sino una línea que,
por el contrario, la intercepta; la diferencia pro-
viene de la prohibición o, por lo menos, del modo
en que se ejerce y del rigor con que se impone. La
teoría de la represión, que poco a poco recubrir
todo el dispositivo de sexualidad y le dar el sen-
tido de una prohibición generalizada, tiene allí su
punto de origen. Est históricamente ligada a la
difusión del dispositivo de sexualidad. Por un
lado, va a justificar su extensión autoritaria y
coercitiva formulando el principio de que toda
sexualidad debe estar sometida a la ley o, mejor
aún, que no es sexualidad sino por el efecto de
la ley: no sólo debe uno someter su sexualidad


156 ]EL DISPWITIVO DE SEXUALIDAD
a la ley, sino que únicamente tendr una sexua-
lidad si se sujeta a la ley. Pero, por otro lado, la
teoría de la represión compensar esa difusión ge-
neral del dispositivo de sexualidad por el análisis
del juego diferencial de las prohibiciones según
las clases sociales. Del discurso que, a fines del
siglo XVIII, decía: "hay en nosotros un elemento
de alto precio al que conviene temer y tratar con
tino, al que corresponde aportar todos nuestros
cuidados si no queremos que engendre males in-
finitos", se pas‚ a un discurso que dice: "nuestra
sexualidad, a diferencia de la de los otros, est
sometida a un r‚gimen de represión tan intenso
que desde ahora reside allí el peligro; el sexo no
sólo es un secreto temible, como no dejaban de
decirlo a las generaciones anteriores los directores
de conciencia, los moralistas, los pedagogos y los
m‚dicos, no sólo hay que desenmascararlo en su
verdad, sino que si trae consigo tantos peligros,
se debe a que durante demasiado tiempo -escrú
pulo, sentido excesivamente agudo del pecado, hi@
pocresía, lo que se prefiera- lo hemos reducidc
al silencio". A partir de allí la diferenciación so
cial se afirmar no por la calidad "sexual" de
cuerpo sino por la intensidad de su represión.
El psicoanálisis se inserta en este punto: teorí
de la relación esencial entre la ley y el deseo y,
la vez, t‚cnica para eliminar los efectos de lo pr,
hibido allí donde su rigor lo torna patógeno. 1
su emergencia histórica, el psicoanálisis no pue
disociarse de la generalización del dispositivo
sexualidad y de los mecanismos secundarios de
ferenciación que en ‚l se produjeron. Tamt
desde este punto de vista el problema del inc
es significativo. Por una parte, como se ha vist<


'PMIODIZACIàN 157
prohibición es planteada como principio absolu-
tamente universal que permite pensar a un tiem-
po ¨I sistema de alianza y el r‚gimen de sexua-
lidad; esa prohibición, en una u otra forma, es
v lida pues para toda sociedad y todo individuo.
Pero en la pr ctica, el psicoanálisis asume como
tarea eliminar, en quienes est n en posición de
utilizarlo, los efectos de represión [refoulement]
que puede inducir; les permite articular en dis-
curso su deseo incestuoso. Ahora bien, en la mis-
ma ‚poca se organizaba una caza sistem tica de las
pr cticas incestuosas, tal como existían en el cam-
po o en ciertos medios urbanos a los que no te-
nía acceso el psicoanálisis: una apretada división
en zonas administrativas y judiciales fue montada
para ponerles un t‚rmino; toda una política de
protección de la infancia o de puesta bajo tutela
de los menores "en peligro" tenía como objetivo,
en parte, su retirada de las familias sospechosas oie
practicar el incesto -por falta de lugar, proximi-
dad dudosa, h bito del libertinaje,
primitivismo"
salvaje o degeneración. Mientras que el dispositivo
de sexualidad, desde el siglo XVIII, había intensi-
ficado las relaciones efectivas, las proximidades
corporales entre padres e hijos, y hubo una per-
petua incitación al incesto en la familia burgue-
sa, el r‚gimen de sexualidad aplicado a las clases
populares implica en cambio la exclusión de las
pr cticas incestuosas o al menos su desplazamiento
hacia otra forma. En la ‚poca en que el incesto,
por un lado, es perseguido en tanto que conducta,
el psicoanálisis, por el otro, se empeña en sacarlo
a la luz en tanto que deseo y eliminar el rigor
que lo reprime. No hay que olvidar que el descu-
brimiento del Edipo fue contempor neo de la


158 EL DISPOSITIVO DE SEXUALIDAD
organización jurídica de la inhabilitación paternal
(en Francia, por las leyes de 1889 y 1898). En el
momento en que Freud descubría cu l era el de-
.seo de Dora y le permitía ser formulado, la so-
ciedad se armaba para impedir en otras capas
sociales todas esas proximidades censurables; el
padre, por una parte, era convertido en objeto de
obligado amor; pero, por la otra, si era amante
resultaba disminuido por la ley. Así el psicoan -
lisis, como pr ctica terap‚utica reservada, desem-
peñaba un papel diferenciador respecto de otros
procedimientos dentro de un dispositivo de sexua-
lidad ahora generalizado. Los que perdieron el
privilegio exclusivo de preocuparse por su sexua-
lidad gozaron a partir de entonces del privilegio
de experimentar más que los demás lo que la
prohibe y de poseer el m‚todo que permite ven-
ccr la represión [refoulement].
La historia del dispositivo de sexualidad, tal
como se desarrolló desde la edad clásica, puede
valer como arqueología del psicoanálisis. En efec-
to, ya lo vimos: ‚ste desempeña en tal dispositivo
varios papeles simult neos: es mecanismo de unión
de la sexualidad con el sistema de alianza; se esta-
blece en posición adversa a la teoría de la dege-
neración; funciona como elemento diferenciador
en la tecnología general del sexo. La gran exigen-
cia de confesión formada muchísimo antes adquie-
re en ‚l el sentido nuevo de una conminación a
levantar la represión. La tarea de la verdad se
halla ahora ligada a la puesta en entredicho de lo
prohibido.
Pero eso mismo abría la posibilidad de un
desplazamiento táctico considerable: reinterpretar
todo el dispositivo de sexualidad en t‚rminos de


PMODIZACIàN 159
represión [r‚pression] generalizada; vincularla con
mecanismos generales de dominación y explota-
ción; y ligar unos con otros los procesos que per-
miten liberarse de unas y otras. Así se formó al-
rededor de Reich, entre las guerras mundiales, la
crítica histórico-política de la represión sexual. El
valor de esa crítica y sus efectos sobre la realidad
fueron considerables. Pero la posibilidad misma
de su ‚xito estaba vinculada al hecho de que se
desplegaba siempre dentro del dispositivo de sexua-
lidad, y no fuera de ‚l o contra ‚l. El hecho de
que tantas cosas hayan podido cambiar en el com-
portamiento sexual de las sociedades occidentales
sin que se haya realizado ninguna de las prome-
sas,o condiciones políticas que Reich consideraba
necesarias, basta para probar que toda la "revo-
lución" del sexo, toda la lucha "antirrepresiva
no representaba nada más, ni tampoco nada menos
lo que ya era importantísimo-, que un despla-
zamiento y un giro tácticos en el gran dispositivo
de sexualidad. Pero tambi‚n se comprende por
qu‚ no se podía pedir a esa crítica que fuera el
enrejado para una historia de ese mismo dispo-
sitivo. Ni el principio de un movimiento para
desmantelarlo.


1

9
V. DERECHO DE MUERTE Y PODER
SOBRE LA VIDA


Duralle mucho tiempo, uno de los privilegios
característicos del poder soberano fue el derecho
de vida y muerte. Sin duda derivaba formal-
mente de la vieja Patria Potestas que daba al pa-
dre de familia romano el derecho de "disponerpr
de la vida de sus hijos como de la de sus escla-
vos; la había "dado", podía quitarla. El derecho
de vida y muerte tal como se formula en los teó-
ricos clásicos ya es una fohna considerablemente
atenuada. Desde el soberano hasta sus súbditos, ya
no se concibe que tal privil -
egio se ejerza en lo
absoluto e inco¨dicionainiente, sino en' los únicos
casos en que el soberano se encuentra expuesto
en su existencia misma: una especie de derecho de
r‚plica. ¨Est amenazado por sus enemigos exte-
riores, que quieren derribarlo o discutir sus dere-
chos? Puede entonces hacer la erra legítimamen-
te y pedir a sus s tOMCn- Parte en la
defensa del Estadc erse directamente
su muerte", es líci er sus vidas":
en este sentido eierce sobre ellos un derecho "in-
directo" de vida '
y muerte." Pero si es uno de sus
súbditos el que se levanta contra ‚l, entonces el
soberano puede e 'jercer sobre su vida un poder di-
recto: a título de castigo, lo matar . Así entendido,
el derecho de vida y muerte va 0 es un privilegio
.,- n
absoluto: est condicionado por la defensa del so-
berano Y su Propia supervivencia. ¨llay que con-
siderar]O, COIno Hobbes, una trasposición al prín-

1 S. Pufendorf, Le drit d, ¨O nature (trad.
p. 445. [1631 frane de i734),

164 I)ERECIIO DE MUM@ y PODER SOBRE LA VIDA
cipc del derecho de cada cual a defender su vida
al precio de la muerte de otros? ¨O hay que ver
ahí un derecho específico que aparece con la for-

mación de ese nuevo ser jurídico: el soberano? '

De todos modos, el derecho de vida y muerte,
tanto en esa forma moderna, relativa y iiiiiitada,
como en su antigua forma absoluta, es un derecho
ejerce su derecho so,
disim‚trico. El soberano no ,
bTe la vida sino poniendc, en acción su derecho

de matar, o Teteni‚ndolo; no indica su poder sobre
la vida sino en virtud de la muerte que puede
exigir. El derecho que se forrnula coinc> "dfj vida
" es en realidad el derecho de hacer me-
y muerte . he-
rir o de dejar vivir. Despu‚s de todo, era Sin'
lizado por 'la espada. Y_ quizá haya que referir
esa forma jurídica a un tipo histórico de sociedad
en donde el poder se ejercía esencialmente como
instancia de deducción, mecanismo de sustrac-
ción, derecho de apropiarse de una parte de las
riquezas, extorsión de productos, de bienes, de
servicios, de trabajo y de sangre, impuesto a los
súbditos. El poder era ante todo derecho de cap-
y fi-
tación: de las cosas, del tiempo, los cuerpos
nalmente la vida; caminaba en el privilegio de

apoderarse de ‚sta para suprimirla.
Ahora bien, el occidente conoció desde la edad
clásica una profundísima trasforrnación de esos
mecanismos de poder. Las "deducciones" ya no

son la forma mayor, sino sólo una pieza entre

2 "As p '0 puede :;,r @c llidadm
,.m, iin cuerpo coro u@ los C.@ i::
d@ ples de
que no ‚n un cuerpo moral puede
la mez< m d, las PetsOnas Que lo
tener. e nc "ti,n frmaime.te a
compol cuyo ejercicio sólo corT,Sponde
ningun loc. lit., p. 452.
a los

DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 165
otras que poseen funciones de incitación, de re-
forzamiento, de control, de vigilancia, de aumento
y organización de las fuerzas que somete: un poder
destinado a producir fuerzas, a hacerlas crecer y
ordenarlas más que a obstaculizarlas, doblegarlas o
destruirlas. A partir de entonces el derecho de
muerte tendió a desplazarse o al menos a apoyarse
en las exigencias de un poder que administra la
vida, y a conformarse a lo que reclaman dichas
exigencias. Esa muerte, que se fundaba en el de-
recho del soberano a defenderse o a exigir ser
defendido, apareció como el simple env‚s del de-
recho que posee el cuerpo social de asegurar su
vida, mantenerla y desarrollarla. Sin embargo,
nunca las guerras fueron tan sangrientas como a
partir del siglo XIX e, incluso salvando las distan-
cias, nunca hasta entonces los regímenes habían
practicado sobre sus propias poblaciones holo-
caustos semejantes. Pero ese formidable poder de
muerte -y esto quizá sea lo que le da una parte
de su fuerza y del cinismo con que ha llevado tan
lejos sus propios límites- parece ahora como el
complemento de un poder que se ejerce positiva-
mente sobre la vida, que procura administrarla,
aumentarla, multiplicarla, ejercer sobre ella con-
troles precisos y regulaciones generales. Las gue-
rras ya no se hacen en nombre del soberano al
que hay que defender; se hacen en nombre de la
existencia de todos; se educa a poblaciones enteras
para que se maten mutuamente en nombre de la
necesidad que tienen de vivir. Las matanzas han
llegado a ser vitales. Fue en tanto que gerentes de
la vida y la supervivencia, de los cuerpos y la
raza, como tantos regímenes pudieron hacer tan-
tas guerras, haciendo matar a tantos hombres. Y


166 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
por un giro que permite cerrar el círculo, mientras
más ha llevado a las guerras a la destrucción ex-
haustiva su tecnología, tanto más, en efecto, la
decisión que las abre y la que viene a concluirlas
responden a la cuestión desnuda de la superviven-
cia. Hoy la situación atómica se encuentra en la
desembocadura de ese proceso: el poder de expc>-
ner a una población a una muerte general es el
env‚s del poder de garantizar a otra su existencia.
El principio de poder matar para poder vivir, que
sostenía la táctica de los combates, se ha vuelto
principio de estrategia entre Estados; pero la exis-
tencia de marras ya no es aquella, jurídica, de la
soberanía, sino la puramente biológica de una
población. Si el genocidio es por cierto el sueiío
de los poderes modernos, ello no se debe a un
retorno, hoy, del viejo derecho de matar; se debe
a que el poder reside y ejerce en el nivel de la
vida, de la especie, de la raza y de los fenómenos
masivos de población.
En otro nivel, yo habría podido tomar el ejem-
plo de la pena de muerte. junto con la guerra, fue
mucho tiempo la otra forma del derecho de espa-
da; constituía la respuesta del soberano a quien
atacaba su voluntad, su ley, su persona. Los que
mueren en el cadalso escasean cada vez más, a la
inversa de los que mueren en las guerras. Pero es
por las mismas razones por lo que ‚stos son más
numerosos y aqu‚llos más escasos. Desde que el
poder asumió como función administrar la vida,
no fue el nacimiento de sentimientos humanita-
rios lo que hizo cada vez más difícil la aplicación
de la pena de muerte, sino la razón de ser del
poder y la lógica de su ejercicio. ¨Cómo puede
un poder ejercer en el acto de matar sus más altas


DEUCHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 167

prerrogativas, si su papel mayor es asegurar, re-
forzar, sostener, multiplicar la vida y ponerla en
orden? Para semejante poder la e .ecución capital
es a la vez el límite, el esc ndalo y la contradic-
ción. De ahí el hecho de que no se pudo man-
tenerla sino invocando menos la enormidad del
crimen que la monstruosidad del criminal, su in-
corregibilidad, y la salvaguarda de la sociedad. Se
mata legítimamente a quienes significan para los
demás una especie de peligro biológico.
Podría decirse que el viejo derecho de hacer
morir o dejar vivir fue remplazado por el poder
de hacer vivir o de rechazar hacia la muerte. Q u­-
z se explique así esa descalificación de la muerte
señalada por la reciente caída en desuso de los
rituales que la acompañaban. El cuidado puesto
en esquivar la muerte est ligado menos a una
nueva angustia que la tornaría insoportable para
nuestras sociedades, q'ue al hecho de que los pro-
cedimientos de poder no han dejado de apartarse
de ella. En el paso de un mundo a otro, la muerte
era el relevo de una soberanía terrestre por otra,
singularmente más poderosa; el fasto que la ro-
deaba era signo del car cter político de la cere-
monia. Ahora es en la vida y a lo largo de su
desarrollo donde el poder establece su fuerza; la
muerte es su límite, el momento que no puede
apresar; se torna el punto más secreto de la exis-
tencia, el más "privado". No hay que asombrarse
si el suicidio -antaño un crimen, puesto que era
una manera de usurpar el derecho de muerte que
sólo el soberano, el de aquí abajo o el del más
all , podía ejercer- llegó a ser durante el siglo XIX
una de las primeras conductas que entraron en el
campo del análisis sociológico; hacía aparecer en


168 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
las fronteras y los intersticios del poder que se
ejerce sobre la vida, el derecho individual y pri-
vado de morir. Esa obstinación en morir, tan ex-
trafía y sin embargo tan regular, tan constante
en sus manifestaciones, por lo mismo tan poco
explicable por particularidades o accidentes indi-
viduales, fue una de las primeras perplejidades
de una sociedad en la cual el poder político aca-
baba de proponerse como tarea la administración
de la vida.
Concretamente, ese poder sobre la vida se des-
arrolló desde el siglo XVII en dos formas principa-
les; no son antit‚ticas; más bien constituyen dos
polos de desarrollo enlazados por todo un haz in-
termedio de relaciones. Uno de los polos, al pa-
recer el primero en formarse, fue centrado en el
cuerpo como m quina: su educación, el aumento
de sus aptitudes, el arrancamiento de sus fuerzas,
el crecimiento paralelo de su utilidad y su doci-
lidad, su integración en sistemas de control efica-
ces y económicos, todo ello quedó asegurado por
procedimientos de poder característicos de las dis-
ciplinas: anatomopolítica del cuerpo humano. El
segundo, formado algo más tarde, hacia mediados
del siglo XVIII, fue centrado en el cuerpo-especie,
en el cuerpo transido por la mec nica de lo vivien-
te y que sirve de soporte a los procesos biológicos:
la proliferación, los nacimientos y la mortalidad, e
nivel de salud, la duración de la vida y la longe
vidad, con todas las condiciones que pueden hz
cerlos variar; todos esos problemas los toma a s
cargo una serie de intervenciones y controles r
guladores: una biopolítica de la población. 1
disciplinas del cuerpo y las regulaciones de la 1
blación constituyen los dos polos alrededor de


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 169
cuales se desarrolló la organización del poder so-
bre la vida. El establecimiento, durante la edad
clásica, de esa gran tecnología de doble faz -ana-
tómica y biológica, individualizante y especifican-
te, vuelta hacia las realizaciones del cuerpo y
atenta a los procesos de la vida- caracteriza un
poder cuya más alta función no es ya matar sino
invadir la vida enteramente.
La vieja potencia de la muerte, en la cual se
simbolizaba el poder soberano, se halla ahora cui-
dadosamente recubierto por la administración de
los cuerpos y la gestión calculadora de la vida.
Desarrollo r pido durante la edad clásica de diver-
sas disciplinas -escuelas ' colegios, cuarteles, talle-
res; aparición tambi‚n, en el campo de las pr c-
ticas políticas y las observaciones económicas, de
los problemas de natalidad, longevidad, salud pú-
blica, vivienda, migración; explosión, pues, de
t‚cnicas diversas y numerosas para obtener la su-
jeción de los cuerpos y el control de las pobla-
ciones. Se inicia así la era de un "bio-poder". Las
dos direcciones en las cuales se desarrolla todavía
aparecían netamente separadas en el siglo XVIII.
En la vertiente de la disciplina figuraban institu-
ciones como el ej‚rcito y la escuela; reflexiones
sobre la táctica, el aprendizaje, la educación, el or-
den de las sociedades; van desde los análisis pro-
piamente militares del mariscal de Saxe hasta los
sueiíos políticos de Guibert o de Servan. En la
vertiente de las regulaciones de población, figura
la demografía, la estimación de la relación entre
recursos y habitantes, los cuadros de las riquezas
y su circulación, de las vidas y su probable dura-
ción: los trabajos de Quesnay, Moheau, Sssmilch.
La filosofía de los "ideólogos" -como teoría de la

7

170 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
idea, del signo, de la g‚nesis individual de las sen-
saciones, pero tambi‚n de la composición social
de los intereses, la Ideología como doctrina del
aprendizaje, pero tambi‚n del contrato y la for-
mación regulada del cuerpo social- constituye sin
duda el discurso abstracto en el que se buscó
coordinar ambas t‚cnicas de poder para construir
su teoría general. En realidad, su articulación
no se realizar en el nivel de un discurso especu-
lativo sino en la forma de arreglos concretos que
constituir n la gran tecnología del poder en el
siglo XIX: el dispositivo de sexualidad es uno de
ellos, y de los más importantes.
Ese bio-poder fue, a no dudarlo, un elemento
indispensable en el desarrollo del capitalismo; ‚ste
no pudo afirmarse sino al precio de la inserción
controlada de los cuerpos en el aparato de pro-
ducción y mediante un ajuste de los fenómenos de
población a los procesos económicos. Pero exigió
más; necesitó el crecimiento de unos y otros, su
reforzamiento al mismo tiempo que su utilizabi-
lidad y docilidad; requirió m‚todos de poder ca-
paces de aumentar las fuerzas, las aptitudes y la
vida en general, sin por ello tornarlas más difíciles
de dominar; si el desarrollo de los grandes apa-
ratos de Estado, como instituciones de poder, ase-
guraron el mantenimiento de las relaciones de
producción, los rudimentos de anatomo y biopo-
lítica, inventados en el siglo XVIII como t¨cnicas
de poder presentes en todos los niveles del cuerpo
social y utilizadas por instituciones muy diversas
(la familia, el ej‚rcito, la escuela, la policía, la
medicina individual o la administración de colec-
tividades), actuaron en el terreno de los procesos
económicos, de su desarrollo, de las fuerzas invo-


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 171
lucradas en ellos y que los sostienen; operaron
tambi‚n como factores de segregación y jerarqui-
zación sociales, incidiendo en las fuerzas respec-
tivas de unos y otros, garantizando relaciones de
1 dominación y efectos de hegemonía; el ajuste en-
5 tre la acumulación de los hombres y la del capital,
r la articulación entre el crecimiento de los grupos
humanos y la expansión de las fuerzas productivas
y la repartición diferencial de la ganancia, en par-
te fueron posibles gracias al ejercicio del bio-po-
der en sus formas y procedimientos múltiples. La
invasión del cuerpo viviente, su valorización y
la gestión distributivo de sus fuerzas fueron en ese
momento indispensables.
Es sabido que muchas veces se planteó el pro-
blema del papel que pudo tener, en la primerísi-
ma formación del capitalismo, una moral asc‚tica;
pero lo que sucedió en el siglo XVIII en ciertos
países occidentales y que fue ligado por el desarro-
llo del capitalismo, fue otro fenómeno y quizá de
mayor amplitud que esa nueva moral que parecía
descalificar el cuerpo; fue nada menos que la en-
trada de la vida en la historia @uiero decir la
entrada de los fenómenos propios de la vida de
la especie humana en el orden del saber y del
poder-, en el campo de las t‚cnicas políticas. No
se trata de pretender que en ese momento se pro-
dujo el primer contacto de la vida con la historia.
Al contrario, la presión de lo biológico sobre lo
histórico, durante milenios, fue extremadamente
fuerte; la epidemia y el hambre constituían las
dos grandes formas dram ticas de esa relación que
permanecía así colocada bajo el signo de la muer-
te; por un proceso circular, el desarrollo econó-
mico y principalmente agrícola del siglo XVIII, el


172 DERECHO DE MUMTE Y PODER SOBRE LA VIDA
aumento de la productividad y los recursos más
r pido aún que el crecimiento demogr fico al que
favorecía, permitieron que se aflojaran un poco
esas amenazas profundas: la era de los grandes
estragos del hambre y la peste -salvo algunas
resurgencias- se cerró antes de la Revolución
francesa; la muerte dejó, o comenzó a dejar, de
hostigar directamente a la vida. Pero al mismo
tiempo, el desarrollo de los conocimientos relati-
vos a la vida en general, el mejoramiento de las
t‚cnicas agrícolas, las observaciones y las medidas
dirigidas a la vida y supervivencia de los hombres,
contribuían a ese aflojamiento: un relativo domi-
nio sobre la vida apartaba algunas inminencias de
muerte. En el espacio de juego así adquirido, los
procedimientos de poder y saber, organiz ndolo
y ampliándolo, toman en cuenta los procesos de
la vida y emprenden la tarea de controlarlos y
modificarlos. El hombre occidental aprende poco
a poco en qu‚ consiste ser una especie viviente
en un mundo viviente, tener un cuerpo, condi-
ciones de existencia, probabilidades de vida, sa-
lud individual o colectiva, fuerzas que es posible
modificar y un espacio donde repartirlas de ma-
nera óptima. Por primera vez en la historia, sin
duda lo biológico se refleja en lo político; el
hecho de vivir ya no es un basamento inaccesi-
ble que sólo emerge de tiempo en tiempo, en el
azar de la muerte y su fatalidad; pasa en parte
al campo de control del saber y de intervención
del poder. ste ya no tiene que v‚rselas sólo
con sujetos de derecho, sobre los cuales el último
poder del poder es la muerte, sino con seres vivos,
y el dominio que pueda ejercer sobre ellos deber
colocarse en el nivel de la vida misma; haber to-


DEMCHO DE MUERTE Y PODM SOBRE LA VIDA 173
mado a su cargo a la vida, más que la amenaza de
asesinato, dio al poder su acceso al cuerpo. Si se
puede denominar "biohistoria" a las presiones
mediante las cuales los movimientos de la vida y
los procesos de la historia se interfieren mutua-
mente, habría que hablar de "biopolítica" para
designar lo que hace entrar a la vida y sus meca-
nismos en el dominio de los c lculos explícitos y
convierte al poder-saber en un agente de trasfor-
mación de la vida humana; esto no significa que
la vida haya sido exhaustivamente integrada a t‚c-
nicas que la dominen o administren; escapa de
ellas sin cesar. Fuera del mundo occidental, el
hambre existe, y en una escala más importante
que nunca; y los riesgos biológicos corridos por
la especie son quizá más grandes, en todo caso más
graves, que antes del nacimiento de la microbio-
logía. Pero lo que se podría llamar "umbral de
modernidad biológica" de una sociedad se sitúa en
el momento en que la especie entra como apuesta
del juego en sus propias estrategias políticas. Du-
rante milenios, el hombre siguió siendo lo que
era para Aristóteles: un animal viviente y además
capaz de una existencia política; el hombre mo-
derno es un animal en cuya política est puesta
en entredicho su vida de ser viviente.
Tal trasformación tuvo consecuencias conside-
rables. Es inútil insistir aquí en la ruptura que
se produjo entonces en el r‚gimen del discurso
científico y sobre la manera en que la doble pro-
blem tica de la vida y del hombre vino a atrave-
sar y redistribuir el orden de la episteme clásica'
Si la cuestión del hombre fue planteada -en su
especificidad de ser viviente y en su especificidad
en relación con los seres vivientes-, debe buscar-


174 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
se la razón en el nuevo modo de relación entre la
historia y la vida: en esa doble posición de la vida
que la pone en el exterior de la historia como su
entorno biológico y, a la vez, en el interior de la
historicidad humana, penetrada por sus t‚cnicas
de saber y de poder. Es igualmente inútil insistir
sobre la proliferación de las tecnologías políticas,
que a partir de allí van a invadir el cuerpo, la
salud, las maneras de alimentarse y alojarse, las
condiciones de vida, el espacio entero de la exis-
tencia.
Otra consecuencia del desarrollo del bio-poder
es la creciente importancia adquirida por el juego
de la norma a expensas del sistema jurídico de la
ley. La ley no puede no estar armada, y su arma
por excelencia es la muerte; a quienes la trasgre-
den responde, al menos a título de último recur-
so, con esa amenaza absoluta. " ley se refiere
siempre a la espada. Pero un poder que tiene como
tarea tomar la vida a su cargo necesita mecanis-
mos continuos, reguladores y correctivos. Ya no
se trata de hacer jugar la muerte en el campo de
la soberanía, sino de distribuir lo viviente en un
dominio de valor y de utilidad. Un poder seme-
jante debe calificar, medir, apreciar y jerarquizar,
más que manifestarse en su brillo asesino; no tie-
ne que trazar la línea que separa a los súbditos
obedientes de los enemigos del soberano; realiza
distribuciones en torno a la norma. No quiero
decir que la ley se borre ni que las instituciones
de justicia tiendan a desaparecer; sino que la ley
funciona siempre más como una norma, y que la
institución judicial se integra cada vez más en un
continuum de aparatos (m‚dicos, administrativos,
etc.) cuyas funciones son sobre todo reguladores.


DMECHO DE MUERTE Y WDER SOIBRE LA VIDA 175
Una sociedad normalizadora fue el efecto histó-
rico de una tecnología de poder centrada en la
vida. En relación con las sociedades que hemos
conocido hasta el siglo XVIII, hemos entrado en una
fase de regresión de lo jurídico; las constituciones
escritas en el mundo entero a partir de la Revo-
lución francesa, los códigos redactados y modifi-
cados, toda una actividad legislativa permanente y
ruidosa no deben engañarnos son las formas que
tornan aceptable un poder esencialmente norma-
lizador.
Y contra este poder aún nuevo en el siglo XIX,
las fuerzas que resisten se apoyaron en lo mismo
que aqu‚l invadía -es decir, en la vida del hom-
bre en tanto que ser viviente. Desde el siglo pa-
sado, las grandes luchas que ponen en tela de jui-
cio el sistema general de poder ya no se hacen en
nombre de un retorno a los antiguos derechos ni
en función del sueño milenario de un ciclo de los
tiempos y una edad de oro. Ya no se espera más
al emperador de los pobres, ni el reino de los
últimos días, ni siquiera el restablecimiento de
justicias imaginadas como ancestrales; lo que se
reivindica y sirve de objetivo, es la vida, entendi-
da como necesidades fundamentales, esencia con-
creta del hombre, cumplimiento de sus virtuali-
dades, plenitud de lo posible. Poco importa si se
trata o no de utopía; tenemos ahí un proceso de
lucha muy real; la vida como objeto político fue
en cierto modo tomada al pie de la letra y vuelta
contra el sistema que pretendía controlarla. U
vida, pues, mucho más que el derecho, se volvió
entonces la apuesta de las luchas políticas, incluso
si ‚stas se formularon a trav‚s de afirmaciones de
derecho. El "derecho" a la vida, al cuerpo, a la


176 D@CHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
salud, a la felicidad, a la satisfacción de las nece-
sidades; el "derecho", más all de todas las opre-
siones o "alienaciones", a encontrar lo que uno
es y todo lo que uno puede ser, este "derecho" tan
incomprensible para el sistema jurídico cl sico,
fue la r‚plica política a todos los nuevos procedi-
mientos de poder que, por su parte, tampoco de-
penden del derecho tradicional de la soberanía.


Sobre ese fondo puede compr .enderse la importan-
cia adquirida por el sexo como el "pozo" del jue-
go político. Est en el cruce de dos ejes, a lo largo
de los cuales se desarrolló toda la tecnología po-
lítica de la vida. Por un lado, depende de las
disciplinas del cuerpo: adiestramiento, intensifi-
cación y distribución de las fuerzas, ajuste y eco-
nomía de las energías. Por el otro, participa de
la regulación de las poblaciones, por todos los
efectos globales que induce. Se inserta simult nea-
mente en ambos registros; da lugar a vigilancias
infinitesimales, a controles de todos los instantes,
a arreglos espaciales de una meticulosidad extre-
ma, a ex menes m‚dicos o psicológicos indefini-
dos, a todo un micropoder sobre el cuerpo; pero
tambi‚n da lugar a medidas masivas, a estimacio-
nes estadísticas, a intervenciones que apuntan al
cuerpo social entero o a grupos tomados en con-
junto. El sexo es, a un tiempo, acceso a la vida
del cuerpo y a la vida de la especie. Es utilizado
como matriz de las disciplinas y principio de las
regulaciones. Por ello, en el siglo XIX, la sexua-
lidad es perseguida hasta en el más ínfimo detalle
de las existencias; es acorralada en las conductas,
perseguida en los sueiíos; se la sospecha en las


177
DERECITO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
menores locuras, se la persigue hasta los primeros
años de la infancia; pasa a ser la cifra de la indi-
vidualidad, a la vez lo que permite analizarla y
torna posible amaestrarla. Pero tambi‚n se con-
vierte en tema de operaciones políticas, de inter-
venciones económicas (mediante incitaciones o
frenos a la procreación) , de campañas ideológicas
de moralización o de -re'sponsabilización: se la hace
valer como índice de fuerza de una sociedad, reve-
lando así tanto su energía política como su vigor
biológico. De uno a otro polo de esta tecnología
del sexo se escalona toda una serie de tácticas di-
versas que en proporciones variadas combinan el
objetivo de las disciplinas del cuerpo y el de la
regulación de las poblaciones.
De ahí la importancia de las cuatro grandes
líneas de ataque a lo largo de las cuales avanzó la
política del sexo desde hace dos siglos. Cada una
fue una manera de componer las t‚cnicas discipli-
natias con los procedimientos reguladores. Las dos
primeras se apoyaron en exigencias de regulación
en toda una tem tica de la especie, de la descen-

dencia, de la salud colectiva- para obtener efec-
tos en el campo de la disciplina; la sexualización
del niño se llevó a cabo con la forma de una cam-
paíía por la salud de la raza (la sexualidad precoz,
desde el siglo XVIII hasta fines del XIX, fue presen-
tada como una amenaza epid‚mica capaz de com-
prometer no sólo la futura salud de los adultos
sino tambi‚n el porvenir de la sociedad y de la es-
pecie entera) ; la histerízación de las mujeres, que
exigió una medicalización minuciosa de su cuerpo
y su sexo, se llevó a cabo en nombre de la Tespon-
sabilidad que les cabría respecto de la salud de
sus hijos, de la solidez de la institución familiar y

178 DERECHO DE MUERTE Y PODER soBRE LA VIDA
de la salvación de la sociedad. En cuanto al con-
trol de los nacimientos y la psiquiatrización de las
perversiones, actuó la relación inversa: aquí la in-
tervención era de naturaleza regularizadora, pero
debía apoyarse en la exigencia de disciplinas y
adiestramientos individuales. De una manera ge-
neral, en la unión del "cuerpo" y la "población",
el sexo se convirtió en blanco central para un
poder organizado alrededor de la administración
de la vida y no de la amenaza de muerte.
Durante mucho tiempo la sangre continuó sien-
do un elemento importante en los mecanismos
del poder, en sus manifestaciones y sus rituales.
Para una sociedad en que eran preponderantes los
sistemas de alianza, la forma política del sobera-
no, la diferenciación en órdenes y castas, el valor
de los linajes, para una sociedad donde el ham-
bre, las epidemias y las violencias hacían inminen-
te la muerte, la sangre constituía uno de los va-
lores esenciales: su precio provenía a la vez de su
papel instrumental (poder derramar la sangre),
de su funcionamiento en el orden de los signos
(poseer determinada sangre, ser de la misma san-
gre, aceptar arriesgar la sangre), y tambi‚n de su
precariedad (fácil de difundir, sujeta a agotarse,
demasiado pronta para mezclarse, r pidamente
susceptible de corromperse). Sociedad de sangre
iba a decir de "sanguinidad": honor de la guerra
y miedo de las hombrunas, triunfo de la muerte,
soberano con espada, verdugos y suplicios, el po-
der habla a trav‚s de la sangre; ‚sta es una realidad
con función simbólica. Nosotros, en cambio, esta-
mos en una sociedad del "sexo" o, mejor, de "se-
xualidad": los mecanismos del poder se dirigen al
cuerpo, a la vida, a lo que la hace proliferar, a


D@CHO DE MUMTE Y PODER SOBRE LA VIDA 179
lo que refuerza la especie, su vigor, su capacidad
de dominar o su aptitud para ser utilizada. Salud,
proaenitura, raza, porvenir de la especie, vitalidad
del cuerpo social, el poder habla de la sexualidad
y a la sexualidad; no es marca o símbolo, es ob-
jeto y blanco. Y lo que determina su importancia
es menos su rareza o sik precariedad que su insis-
tencia, su presencia insidiosa, el hecho de que en
todas partes sea a la vez encendida y temida. El
poder la dibuja, la suscita y utiliza como el sentido
proliferante que siempre hay que mantener bajo
control para que no escape; es un efecto con valor
de sentido. No quiero decir que la sustitución de
la sangre por el sexo resuma por sí sola las tras-
formaciones que marcan el umbral de nuestra
modernidad. No es el alma de dos civilizaciones
o el principio organizador de dos formas cultura-
les lo que intento expresar; busco las razones por
las cuales la sexualidad, lejos de haber sido repri-
mida en la sociedad contempor nea, es en cambio
permanentemente suscitada. Los nuevos procedi-
mientos de poder elaborados durante la edad cl -
sica y puestos en acción en el siglo XIX hicieron
pasar a nuestras sociedades de una simbólica de la
sangre a una analítica de la sexualidad. Como se
ve, si hay algo que est‚ del lado de la ley, de la
muerte, de la trasgresión, de lo simbólico y de
la soberanía, ese algo es la sangre; la sexualidad
est del lado de la norma, del saber, de la vida,
del sentido, de las disciplinas y las regulaciones.
Sade y los primeros eugenistas son contempor -
neos de ese tr nsito de la "sanguinidad" a la "se-
xualidad". Pero mientras los primeros sueños de
perfeccionamiento de la especie llevan todo el
problema de la sangre a una gestión del sexo muy


180 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
coercitiva (arte de determinar los buenos matri-
monios, de provocar las fecundidades deseadas, de
asegurar la salud y la longevidad de los niños),
mientras la nueva idea de raza tiende a borrar las
particularidades aristocr ticas de la sangre para
no retener sino los efectos controlables del sexo,
Sade sitúa el análisis exhaustivo del sexo en los
mecanismos exasperados del antiguo poder de so-
beranía y bajo los viejos prestigios de la sangr 'e,
enteramente mantenidos; la sangre corre a todo
lo largo del placer -sangre del suplicio y del po-
der absoluto, sangre de la casta que uno -respeta
en sí y que no obstante hace correr en los rituales
mayores del parricidio y el incesto, sangre del pue-
blo que se derrama a voluntad puesto que la que
corre en esas venas ni siquiera es digna de ser
nombrada. En Sade el sexo carece de norma, de
regla intrínseca que podría formularse a partir
de su propia naturaleza; pero est sometido a la
ley ­limitada de un poder que no conoce sino
la suya propia; si le ocurre imponerse por juego el
orden de las progresiones cuidadosamente disci-
plinadas en jornadas sucesivas, tal ejercicio lo con-
duce a no ser más que el punto puro de una sobe-
ranía única y desnuda: derecho ­limitado de la
monstruosidad todopoderosa. La sangre ha reab-
sorbido al sexo.
En realidad, la analítica de la sexualidad y la
simbólica de la sangre bien pueden depender en
su principio de dos regímenes de poder muy dis-
tintos, de todos modos no se sucedieron (como
tampoco esos poderes) sin encabalgamientos, in-
teracciones o ecos. De diferentes maneras, la preo-
cupación por la sangre y la ley obsesionó durante
casi dos siglos la gestión d‚ la sexualidad. Dos de


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 181
esas interferencias son notables, una a causa de su
importancia histórica, la otra a causa de los pro-
blemas teóricos que plantea. Desde la segunda
mitad del siglo XIX, sucedió que la tem tica de la
sangre fue llamada a vivificar y sostener con todo
un espesor histórico el tipo de poder político que
se ejer e a trav‚s de los dispositivos de sexualidad.
El racismo se forma en este punto (el racismo en
su forma moderna, estatal, biologizante) : toda
una política de población, de la familia, del ma-
trimonio, de la educación, de la jerarquización
social y de la propiedad, y una larga serie de in-
tervenciones permanentes a nivel del cuerpo, las
conductas, la salud y la vida cotidiana recibieron
entonces su color y su justificación de la preocu-
pación mítica de proteger la pureza de la sangre
y llevar la raza al triunfo. El nazismo fue sin duda
la combinación más ingenua y más astuta -y esto
por aquello- de las fantasías de la sangre con los
paroxismos de un poder disciplinario. Una orde-
nación eugen‚sica de la sociedad, con lo que po-
día llevar consigo de extensión e intensificación de
los micropoderes, so capa de una estatización ­li-
mitada, iba acompañada por la exaltación onírica
de una sangre superior; ‚sta implicaba el genoci-
dio sistem tico de los otros y el riesgo de expo-
nerse a sí misma a un sacrificio total. Y la historia
quiso que la política hitleriana del sexo no haya
pasado de una pr ctica irrisoria mientras que el
mito de la sangre se trasformaba en la mayor
matanza que los hombres puedan recordar por
ahora.
En el extremo opuesto, se puede seguir (tambi‚n
a partir de fines del siglo XIX) el esfuerzo teórico
para reinscribir la tem tica de la sexualidad en el


182 DERECHO DE MUERTE Y PODER soBRE LA VIDA
sistema de la ley, del orden simbólico y de la sobe-
Tanía. Es el honor 3olítico del psicoanálisis -o al
úubo en ‚l de más cohetente-
menos de lo que (y esto desde su nacimiento, es
haber sospechado
decir, desde su línea de ruptura con la neutopsi-
lo que podía haber
quiattía de la d aeneración)
e, e en esos mecanis-
de irrepatablernente ptoliferant admi-
mos de poder que pretendían controlar Y
nisttar lo cotidiano de la sexualidad: de ahí el
esfuerzo freudiano (poT reacción sin duda contra
el gran ascenso contempor neo del Tacisrno) para
. . . de la sexualidad -la
poner la ley como principio guinidad prohibida,
ley de la alianza, de la consan
Soberano, en SUMA paTa convocar en
del Padre o orden del poder. A
torno al deseo todo el antigu osición
eso debe el psicoanálisis haber estado en op
teórica y pr ctica con el fascismo, en cuanto a lo
esencial y salvo algunas excepciones. Pero esa po-
sición del psicoanálisis estuvo ligada a una coyun-
tura h4stórica precisa. Y nada podría impedir que
pensar el orden de lo sexual según la instancia de
la ley, la muerte, la sangre y la soberanía -sean
cuales fueren las referencias a Sade y a Bataille,
sean cuales fueren las prendas de "subversión"
que se les pida- no sea en definitiva una "Tetro-
versión" histórica. Hay que pensar el dispositivo
de sexualidad a partir de las t‚cnicas de poder
que le son contempor neas.


Se me dir : eso es caer en un histoticismo más
apresurado que radical; es esquivar, en provecho
de fenómenos quizá variables @ero fr giles, secun-
darios y en suma superficiales, la existencia bioló-
gicamente sólida de las funciones sexuales; es ha-


DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA 183
blar de la sexualidad como si el sexo no existiese.
Y se tendría el derecho de objetarme: "Usted
pretende analizar en detalle los procesos merced
a los cuales han sido sexualizados el cuerpo de
la mujer, la vida de los niños, los vínculos fami-
liares y toda una amplia red de relaciones socia-
les. Usted quiere describir ese gran ascenso de la
preocupación sexual desde el siglo XVIII y el cre-
ciente encarnizamiento que pusimos en sospechar
la presencia del sexo en todas partes. Adn-út -
moslo; y supongamos que, en efecto, los meca-
nismos del poder fueron más empleados en susci-
tar e 'irritar' la sexualidad que en reprimirla.
Pero asi@permanece muy cercano a aquello de lo
que pensaba, sin duda, haberse separado; en el
fondo usted muestra fenómenos de difusión, de
anclaje, de fijación de la sexualidad, usted intenta
mostrar lo que podría denominarse la organiza-
ción de 'zonas erógenas' en el cuerpo social; bien
podría resultar que usted no haya hecho más que
trasponer, a la escala de procesos difusos, meca-
nismos que el psicoanálisis ha localizado con pre-
cisión al nivel del individuo. Pero usted elide
aquello a partir de lo cual la sexualización pudo
realizarse, y que el psicoanálisis, a su vez, no ig-
nora, o sea el sexo. Antes de Freud, buscaban
localizar la sexualidad del modo más estricto y
apretado: en el sexo, sus funciones de reproduc-
ción, sus localizaciones anatómicas inmediatas; se
volvían hacia un mínimo biológico -órgano, ins-
tinto, finalidad. Pero usted est en una posición
sim‚trica e inversa: para usted sólo quedan efectos
sin soporte, ramificaciones privadas de raíz, una
sexualidad sin sexo. Tambi‚n aquí, entonces: cas-
tración."


184 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
En este punto hay que distinguir dos pregun-
tas. Por un lado: ¨el análisis de la sexualidad como
"dispositivo político" implica necesariamente la
elisión del cuerpo, de lo anatómico, de lo bioló-
gico, de lo funcional? Creo que a esta primera
pregunta se puede responder negativamente. En
todo caso, el objftivo de la presente investigación
es mostrar cómo los dispositivos de poder se ar-
ticulan directamente en el cuerpo -en cuerpos,
funciones, procesos fisiológicos, sensaciones, place-
res; lejos de que el cuerpo haya sido borrado, se
trata de hacerlo aparecer en un análisis donde lo
biológico y lo histórico no se sucederían (como en
el evolucionismo de los antiguos sociólogos), sino
que se ligarían con arreglo a una complejidad cre-
ciente conformada al desarrollo de las tecnologías
modernas de poder que toman como blanco suyo
la vida. Nada, pues, de una "historia de las men-
talidades" que sólo tendría en cuenta los cuerpos
según el modo de percibirlos y de darles sentido
y valor, sino, en cambio, una "historia de los cuer-
pos" y de la manera en que se invadió lo que
tienen de más material y viviente.
Otra pregunta, distinta de la primera: esa ma-
terialidad a la que se alude ¨no es acaso la del
sexo, y no constituye una paradoja querer hacer
una historia de la sexualidad a nivel de los cuer-
pos sin tratar para nada del sexo? Despu‚s de todo,
el poder que se ejerce a trav‚s de la sexualidad
¨no se dirige acaso, específicamente, a ese elemen-
to de lo real que es el "sexo" -el sexo en gene-
ral? Puede admitirse que la sexualidad no sea, res-
pecto del poder, un dominio exterior en el que
‚ste se impondría, sino, por el contrario, efecto e
instrumento de sus arreglos o maniobras. Pero ¨el


DERECHO DE MUEPTE Y PODEP, SO]3RE LA VIDA 185
11 11
sexo no es acaso, respecto del poder, lo otro ,
mientras que es para la sexualidad el foco en
torno al cual distribuye ‚sta sus efectos? Pero, jus-
tamente, es esa idea del sexo la que no se puede
admitir sin examen. ¨El "sexo", en la realidad, es
el ancoraie ut e soporta las manifestaciones de la
Ll
sexualidad", 0 bien una id@a compleja, histórica-
mente formada en el interior del dispositivo de
sexualidad? Se podría mostrar, en todo caso, cómo
esa idea "del sexo" se formó a trav‚s de las dife-
rentes estrategias de'poder y qu‚ papel definido
deseinpeiíó en ellas.

A lo largo de las líneas en que se desarrolló el
dispositivo de sexualidad desde el siglo XIX, ve-
mos elaborarse la idea de que existe al más que
los cuerpos, los órganos, las localizaci@oones som -
ticas, las funciones, los sistemas anatomofisiológi-
cos, las sensaciones, los placeres; algo más y algo
diferente, algo dotado de Propiedades intrínsecas y
leyes propias: el "sexo". µsí'en el proceso de his-
terización de la mujer, el "sexo" fue definido de
tres maneras: corno lo que es común al hombre y
la mujer; o como lo que pertenece por excelencia
al hombre y falta por lo tanto a la mujer; pero
tambi‚n como lo que constituye por sí solo el
cuerpo de la mujer, orient ndolo por entero a las
funciones de reproducción y perturb ndole sin
cesar en virtud de los efectos de esas mismas fun-
ciones; en esta estrategia, la historia es interpre-
1t1ada corno el juego del sexc> en tanto que es lo
uno" y lo "otro", todo y parte, princip' y ca-
'0
rencia. En la sexualización e la infancia se ela-
bora la idea de un sexo presente (anatórnic rnente)
y ausente (fisiológicamente) , presente tambi‚n si
se considera su actividad y deficiente si se atiende


186 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
a su finalidad reproductora; o asimismo actual en
sus manifestaciones pero escondido en sus efectos,
que sólo más tarde aparecer n en su gravedad pa-
tológica; y en el adulto, si el sexo del niiío sigue
presente, lo hace en la forma de una causalidad
secreta que tiende a anular el sexo del adulto (fue
uno de los dogmas de la medicina de los siglos
XVIII y XIX suponer que la precocidad del sexo
provoca luego esterilidad, impotencia, frigidez,
incapacidad de experimentar placer, anestesia de
los sentidos) ; al sexualizar la infancia se constitu-
yó la idea de un sexo marcado por el juego esen-
cial de la presencia y la ausencia, de lo oculto y
lo manifiesto; la masturbación, con los efectos que
se le prestaban, revelaría de modo privilegiado ese
juego de la presencia y la ausencia, de lo mani-
fiesto y lo oculto. En la psiquiatrización de las
perversiones, el sexo fue referido a funciones bio-
lógicas y a un aparato anatomofisiológico que le
da su sentido", es decir, su finalidad; pero tam-
bi‚n fue referido a un instinto que, a trav‚s de
su propio desarrollo y según los objetos a los que
puede apegarse, torna posible la aparición de con-
ductas perversas e inteligible su g‚nesis; así el
4 osexo" es definido mediante un entrelazamiento
de función e instinto, de finalidad y significación;
y en esta forma, en parte alguna se manifiesta
mejor que en la perversión-modelo, ese "fetichis-
mo" que, al menos desde 1877, sirvió de hilo con-
ductor para el análisis de todas las demás desvia-
ciones, pues en ‚l se leía claramente la fijación del
instinto a un objeto con arreglo a la manera de la
adherencia histórica y de la inadecuación bioló-
gica. Por último, en la socialización de las con-
ductas procreadoras, el "sexo" es descrito como


DERECHO DE MUERTE Y POIYER SOBRE LA VIDA 187
atrapado entre una ley de realidad (cuya forma
más inmediata y más abrupta es la necesidad eco-
nómica) y una economía de placer que siempre
trata de esquivarla, cuando no la ignora; el más
c‚lebre de los "fraudes", el coitus interruptus, re-
presenta el punto donde la instancia de lo real
obliga a poner un t‚rmino al placer y donde el
placer logra realizarse a pesar de la economía pres-
crita por lo real. Como se ve, en esas diferentes
estrategias la idea "del sexo" es erigida por el dis-
positivo de sexualidad; y en las cuatro grandes
formas: la histeria, el onanismo, el fetichismo y el
coito interrumpido, hace aparecer al sexo como
sometido al juego del todo y la parte, del prin-
cipio y la carencia, de la ausencia y la presencia,
del exceso y la deficiencia, de la función y el ins-
tinto, de la finalidad y el sentido, de la realidad
y el placer. Así se formó poco a poco el armazón
de una teoría general del sexo.
Ahora bien, la teoría así engendrada ejerció en
el dispositivo de sexualidad cierto número de fun-
ciones que la tornaron indispensable. Sobre todo
tres fueron importantes. En primer lugar, la no-
ción de "sexo" permitió agrupar en una unidad
artificial elementos anatómicos, funciones bioló-
gicas, conductas, sensaciones, placeres, y permitió
el funcionamiento como principio causal de esa
misma unidad ficticia; como principio causal, pero
tambi‚n como sentido omnipresente, secreto a des-
cubrir en todas partes: el sexo, pues, pudo funcio-
na como significante único y como significado
universal. Además, al darse unitariamente como
anatomía y como carencia, como función y como
latencia, como instinto y como sentido, pudo tra-
zar la linea de contacto entre un saber de la sexua-


188 DERECHO DE MUERTE Y PODM SOBRE LA VIDA
lidad humana y las ciencias biológicas de la repro-
ducción; así el primero, sin tomar realmente nada
de las segundas -salvo algunas analogías inciertas
y algunos conceptos trasplantados-, recibió por
privilegio de vecindad una garantía de cuasi-cien-
tificidad; pero, por esa misma vecindad, ciertos
contenidos de la biología y la fisiología pudieron
servir de principio de normalidad para la sexuali-
dad humana. Finalmente, la noción de sexo ase-
guró un vuelco esencial; permitió invertir la re-
presentación de las relaciones del poder con la
sexualidad, y hacer que ‚sta aparezca no en su
relación esencial y positiva con el poder, sino como
anclada en una instancia específica e irreducible
que el poder intenta dominar como puede; así,
la idea "del sexo" permite esquivar lo que hace el
"poder" del poder; permite no pensarlo sino como
ley y prohibición. El sexo, esa instancia que pa-
rece dominarnos y ese secreto que nos parece sub-
yacente en todo lo que somos, ese punto que nos
fascina por el poder que manifiesta y el sentido
que esconde, al que pedimos que nos revele lo que
somos y nos libere de lo que nos define, el sexo,
fuera de duda, no es sino un punto ideal vuelto
necesario por el dispositivo de sexualidad y su fun-
cionamiento. No hay que imaginar una instancia
autónoma del sexo que produjese secundariamente
los múltiples efectos de la sexualidad a lo largo
de su superficie de contacto con el poder. El sexo,
por el contrario, es el elemento más especulativo,
más ideal y tambi‚n más interior en un dispositivo
de sexualidad que el poder organiza en su apode-
ramiento de los cuerpos, su maternidad, sus fuer-
zas, sus energías, sus sensaciones y sus placeres.
Se podría añadir que "el sexo" desempeña otra


DERECRO DE lfyj@TE
Y POD@ SOBRE LA VIDA 189
función aún, que atraviesa a las pri r
sostiene. Papel ine as y las
El' efecto, es Po'.n s Pr ctico que teórico esta vez.
r el sexo, punto inaginari<:> fijado
por el dispositivo de sexualidad, por lo que cada
cual debe pasar para acceder a su Propia inteligi-
bilidad (puesto @ue es a la vez el elemento encu-
bierto y el p,inci.Pio roductor de sentido), a la
p
totalidad de su cuerpo (puesto que es una parte
real Y amenazada de-esescuerpo Y constituye sin-
bólicarnente el todo), a u identidad (Puesto que
une a la fuerza de una pulsión la singularidad
de una historia) - Merced a una inversión que sin
duda co,,nenzó subreptic-ariiente hace mucho tiern-
Po -Ya en la ‚póca'de la pastoral cristiana de la
carne- hemos llegado ahora a pedir nuestra inte-
ligibilidad a lo que
siderado locura@ durante tantos siglos fue con-
la Plenitud de nuestro cuerpo a
lo que mucho
tlen'Po fue su estigma Y su herida,
nuestra identidad a lo que se percibía
einpuje sin nombre. D CO"NO oscuro
e ahí la importancia que le
Prestarnos, el reverencia] temor con que lo rodea-
nernos en conocerlo. De
,la de ]Os siglos, haya
nte que nuestra alma.,
vida; y de ahí que
geros co lo, parezcan tan ]­-
M.parados con ese secreto, minúsculo en
cacla uno de nosotros, pero cuya densidad lo torna
rnls grave que cualesquiera otros. El pacto f usti
cO cuya tentación inscribió en nosotros el dispo-
sitivo de sexualidad es, de ahora en adelante, ‚ste:
intercam .
jar la vida toda entera contra el sexo
mismo, contra la verdad Y soberanía del se
sexo bien vale la muerte. Es en este sentido, xeso' El
tric-
tarnente histórico, como hoy el sexo es t atrave-

sado por el instinto de muerte. Cuando Occiden-
te, hace ya mucho, descubrió el amor, le acordó
suficiente precio como para tornar aceptable la
muerte; hoy, el sexo pretende esa equivalencia,
la más elevada de todas. Y mientras que el dispo-
sitivo de sexualidad permite a las t‚cnicas de po-
der la invasión de la vida, el punto ficticio del
sexo, establecido por el mismo dispositivo, ejerce
sobre todos bastante fascinación como para que
aceptemos oír cómo gruñe allí la muerte.
Al crear ese elemento imaginario que es "el
sexo", el dispositivo de sexualidad suscitó uno de
sus más esenciales principios internos de funcio-
namiento: el deseo del sexo @eseo de tenerlo,
deseo de acceder a ‚l, de descubrirlo, de libe-
rarlo, de articularlo como discurso, de formularlo
como verdad. Constituyó al "sexo" mismo como
deseable. Y esa deseabilidad del sexo nos fija a
cada uno de nosotros al imperio de conocerlo, de
sacar a la luz su ley y su poder; esa deseabilidad
nos hace creer que afirmamos contra todo poder
los derechos de nuestro sexo, mientras en rea-
lidad nos ata al dispositivo de sexualidad que ha
hecho subir desde el fondo de nosotros mismos,
como un espejismo en el que creemos reconocer-
nos, el brillo negro del sexo.
"Todo es sexo -decía Kate, en La serpiente
emplum@-, todo es sexo. Qu‚ bello puede ser
el sexo cuando el hombre lo conserva poderoso y
sagrado, cuando llena el mundo. Es como el sol
que te inunda, te penetra con su luz."
Por lo tanto, no hay que referir a la instancia
del sexo una historia de la sexualidad, sino que
mostrar cómo el "sexo" se encuentra bajo la de-
pendencia histórica de la sexualidad. No hay que


DMMCHO DE MUERTE Y ]PODER SOBRE LA VIDA 191
poner el sexo del lado de lo real, y la sexualidad
del lado de las ideas confusas y las ilusiones; la
sexualidad es una figura histórica muy real, y ella
misma suscitó, como elemento especulativo reque-
rido por su funcionamiento, la noción de sexo. No
hay que creer que diciendo que sí al sexo se diga
que no al poder; se sigue, por el contrario, el
hilo del dispositivo general de sexualidad. Si me-
diante una inversión táctica de los diversos meca-
nismos de la sexualidad se quiere hacer valer, con-
tra el poder, los cuerpos, los placeres, los saberes
en su multiplicidad y posibilidad de resistencia,
conviene liberarse primero de la instancia del sexo.
Contra el dispositivo de sexualidad, el punto de
apoyo del contrataque no debe ser el sexo-deseo,
sino los cuerpos y los placeres.


"Tanta acción hubo en el pasado @ecía D. H.
Lawyence-, particularmente acción sexual, una
tan monótona y cansadora repetición sin ningún
desarrollo paralelo en el pensamiento y la com-
prensión. Actualmente nuestra tarea es compren-
der la sexualidad. Hoy, la comprensión plenamen-
te consciente del instinto sexual importa más que
el acto sexual."
Quizá algún día la gente se asombrar . No se
comprender que una civilización tan dedicada a
desarrollar inmensos aparatos de producción y de
destrucción haya encontrado el tiempo y la infi-
nita paciencia para interrogarse con tanta ansiedad
respecto al sexo; quizá se sonreir , recordando
que esos hombres que nosotros habremos sido
creían que en el dominio sexual residía una ver-
dad al menos tan valiosa como la que ya habían


192 DERECHO DE MUERTE Y PODM SOBRE LA VIDA
pedido a la tierra, a las estrellas y a las formas
puras de su pensamiento; la gente se sorprender
del encarnizamiento que pusimos en fingir arran-
car de su noche una sexualidad que todo -nues-
tros discursos, nuestros h bitos, nuestras institu-
ciones, nuestros reglamentos, nuestros saberes-
producía a plena luz y reactivaba con estr‚pito. Y
el ftituro se preguntar por qu‚ quisimos tanto
derogar la ley del silencio en lo que era la más
ruidosa de nuestras preocupaciones. Retrospectiva-
mente, el ruido podr parecer desmesurado, pero
aún más extraiía nuestra obstinación en no desci-
frar en ‚l más que la negativa a hablar y la con-
signa de callar. Se interrogar sobre lo que pudo
volvernos tan presuntuosos; se buscar por qu‚
nos atribuimos el m‚rito de haber sido los pri-
meros en acordar al sexo, contra toda una moral
milenario, esa importancia que decimos le corres-
ponde y cómo pudimos glorificamos de habernos
liberado a fines del siglo XX de un tiempo de
larga y dura represión -el de un ascetismo cris-
tiano prolongado, modificado, avaricioso y minu-
ciosainente utilizado por los imperativos de la eco-
nomía burguesa. Y allí donde nosotros vemos hoy
la historia de una censura difícilmente vencida, se
reconocer más bien el largo ascenso, a trav‚s de
los siglos, de un dispositivo complejo para hacer
hablar del sexo, para afincar en ‚l nuestra atención
y cuidado, para hacernos creer en la soberanía de
su ley cuando en realidad estamos trabajados por
los mecanismos de poder de la sexualidad.
La gente se burlar del reproche de pansexua-
lismo que en cierto momento se objetó a Freud
y al psicoanálisis. Pero los que parecer n ciegos
ser n quizá menos quienes lo formularon que


DERECHO DE MUERTE Y ]PODER SOBRE LA VIDA 193
aquellos que lo apartaron de un rev‚s, como si
tradujera únicamente los terrores de una vieja
pudibundez. Pues los primeros, despu‚s de todo,
sólo se vieron sorprendidos por un proceso muy
antiguo del cual no vieron que los rodeaba ya por
todas partes; atribuyeron nada más al genio malo
de Freud lo que había sido preparado desde an-
taflo; se equivocaron de fecha en cuanto al esta-
blecimiento, en nuestra sociedad, de un disposi-
tivo general de sexualidad. Pero los segundos, por
su parte, se equivocaron sobre la naturaleza del
proceso; creyeron que Freud restituía por fin al
sexo, gracias a un vuelco súbito, la parte que se
le debía y durante tanto tiempo había estado im-
pugnada; no vieron que el genio bueno de Freud
lo colocó en uno de los puntos decisivos señalados
desde el siglo XVIII por las estrategias de saber y
de poder; que así ‚l reactivaba, con admirable
eficacia, digna de los más grandes religiosos y di-
rectores de conciencia de la ‚poca clásica, la con-
minación secular a conocer el sexo y conformarlo
como discurso. Con frecuencia se evocan los innu-
merables procedimientos con los cuales el cristia-
nismo antiguo nos habría hecho detestar el cuer-
po; pero pensemos un poco en todas esas astucias
con las cuales, desde hace varios siglos, se nos ha
hecho amar el sexo, con las cuales se nos tornó
deseable conocerlo y valioso todo lo que de ‚l se
dice; con las cuales, tambi‚n, se nos incitó a des-
plegar todas nuestras habilidades para sorpren-
derlo, y se nos impuso el deber de extraer la ver-
dad; con las cuales se nos culpabilizó por haberío
ignorado tanto tiempo. Ellas son las que hoy me-
recerían causar asombro. Y debemos pensar que
quizá s un día, en otra economía de los cuerpos


194 DERECHO DE MUERTE Y PODER SOBRE LA VIDA
y los placeres, ya no se comprender cómo las as-
tucias de la sexualidad, y del poder que sostiene
su dispositivo, lograron someternos a esta austera
monarquía del sexo, hasta el punto de destinarnos
a la tarea indefinida de forzar su secreto y arran-
car a esa sombra las confesiones más verdaderas.
Ironía del dispositivo: nos hace creer que en
ello reside nuestra "liberación".

Historia de
la
2. El uso de los placeres
Michel Foucault






siglo veintiuno de españa editores, s. a.

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD
2. El uso de los placeres

ÖNDICE
INTRODUCCIàN
1. Modificaciones; 2. Las formas de problematización;
3. Moral y pr ctica de sí.

I. LA PROBLEMATIZACIàN M@L DE LOS PLACERES
1. Aphrodisia,- 2. Chr‚sis; 3. Enkrateia; 4. Libertad y
verdad.

11. DIETTICA
1. Del r‚gimen en general; 2. La dieta de los placeres;
3. Riesgos y peligros; 4. El acto; el gasto, la muerte.

iii. ECONàMICA
1. La sabiduría del matrimonio; 2. El hogar de Iscó-
maco; 3. Tres políticas de la templanza.

IV. ERàTICA
1. Una relación problem tica; 2. El honor de un mu-
chacho; 3. El objeto del placer.

V. EL VERDADERO AMOR
CONCLUSIàN
ÖNDICE DE TEXTOS CITADOS

HISTORIA DE LA SEXUALIDAD
3. La inquietud de sí
(en preparación)
ÖNDICE
1. SO¥AR CON LOS PROPIOS PLACERES
1. El m‚todo de Artemidoro; 2. El an bsis; 3. El sue-
ño y el acto.
II. EL CULNVO DE Sí

III. UNO MISMO Y LOS DEMµS
1. El papel matrimonial; 2. El juego político.
IV. EL CUERPO
1. Galeno; 2. ¨Son buenos, son malos?; 3. El r‚gimen
de los placeres; 4. El trabajo del alma.
V. LA MUJER
1. El lazo conyugal; 2. La cuestión del monopolio;
3. Los placeres del matrimonio.

VI. LOS MUCHACHOS
1. Plutarco; 2. El seudo-Luciano; 3. Una nueva erótica.
CONCLUSIàN
I¥DICE DE OBRAS CITADAS
Autores antiguos; Autores modernos.

OBRAS DE
MICHEL FOUCAULT
EL NACIMIENTO DE LA CLÖNICA
Su inter‚s no se limita al campo de la medicina y de la his-
toria de la medicina, tambi‚n los historiadores y sociólogos
del conocimiento se sentir n atraídos por el planteamiento
original del libro: la medicina como lenguaje, como óptica
científica y como relación interhuman'a.
Traducción de Francisca Perujo
304 pp. 10,5 x 18 cm.
LAS PALABRAS Y LAS COSAS
El rigor, la originalidad y la inspiración de Michel Foucault
nos traen una mirada radicalmente nueva sobre el pasado
de la cultura occidental y una concepción más lúcida de la
confusión de su presente.
Traducción de Elsa Cecilia rost
384 pp. + 1 l mina a color. 13,5 x 21 cm.
RAYMOND ROUSSEL
Insuperado análisis del conjunto de la obra de Raymond
Roussel, encuentra en la producción del autor de Impresio-
nes de µfrica la repetición de la misma forma: el juego del
doble y el mismo, de la diferencia y la identidad, del tiem-
po que se repite y que queda abolido, de la palabra que se
desliza sobre sí misma para decir otra cosa distinta a la que
enuncia. La obra de Roussel aparece, en el agudo estudio
de Foucault, como el primer inventario, en forma de lite-
ratura, de los poderes desdqbladores del lenguaje.
Traducción de Patricio Canto
192 pp. 13,5 x 21 cm. [Agotado]

,A ARQUEOLOGIA DEL SABER
Se inscribe en ese campo en el que se manifiestan, se cru-
zan, se entrelazan y se especifican las cuestiones sobre el
ser humano, la conciencia, el origen y el sujeto.
Traducción de Aurelio Garzón del Camino
368 pp. 10,5 x 18 cm.

DIVERSIDADES: LIMITES Y OPORTUNIDADES EN DERECHOS SEXUALES Y REPRODUCTIVOS

por Ps. Leonor Núñez

(Publicación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos
Con el auspicio de la Fundación Ebert)


Brevísima historia

La actual denominación de derechos sexuales y reproductivos corresponde a una serie de aspectos y problemas que desde el comienzo de la historia de la humanidad se despliegan en el curso de la vida de toda mujer. Desde la perspectiva del género mujer autónoma expondré algunos de los temas que más frecuentemente me plantean en las consultas, tanto en la práctica de la psicología clínica como comunitaria. Es la base empírica del modelo de asesoramiento y capacitación que continúo desarrollando.

Algo más centrada en el género mujer, que la definición que Fathalla planteara para la OMS en 1992, E. Pantelides enumera dentro de la concepción de salud reproductiva a: "...la sexualidad, el embarazo, la anticoncepción, el aborto, la infertilidad, la maternidad, la lactancia, la mortalidad materna, la menopausia, las enfermedades de transmisión sexual, otras enfermedades del aparato reproductor, el (VIH)/SIDA, la mutilación genital, la supervivencia de los hijos". Sin embargo, considero que sería pertinente incluir otros aspectos de gran relevancia tales como: en primer lugar las capacidades de valoración y de defensa del género como mujeres autónomas y de la integridad física y subjetiva.
Porque, salvo excepciones prácticamente toda forma de violencia contra la mujer tambien supone alguna forma de violencia sexual y/o de género. Aludo tanto a las expresiones de violencia simbólica como física. Entre ellas, un ejemplo paradigmático es la promoción, el reclutamiento y tráfico para la prostitución de niñas y mujeres. En ésta problemática social, las manifestaciones de violencia, cubren un amplio espectro de cuestiones que van del polo físico al simbólico.
En segundo lugar la educación sexual basada en los derechos humanos con sus más recientes desarrollos específicos sobre las niñas y las mujeres.

Pero, no por antiguas todas éstas cuestiones están superadas o dejan de ser dinámicas. Por el contrario, aún hoy continúan presentando una permanente transformación en su abordaje y significación. Así al principio ha sido la medicina (entonces entroncada con la filosofía), la disciplina que se ocupó de su estudio y atención estableciendo por siglos un sesgo particular. A lo sumo con el tiempo se fueron incluyendo aspectos relacionados con políticas demográficas. Tal como señala E. Pantelides, los más recientes aportes de las ciencias sociales y particularmente el movimiento de las mujeres hicieron factible..."superar el tratamiento tradicional ... de los aspectos de salud de la reproducción humana como (si fuera) sólo un asunto de salud materno-infantil" (Fathalla, 1992).

Por otra parte, según refieren S. Correa y R. Petchesky, la denominación "derechos reproductivos" tiene un origen reciente surgiendo probablemente en los Estados Unidos en 1979. En ese entonces las activistas de la Red Nacional por los derechos reproductivos en los Estados Unidos llevaron la propuesta a la Campaña Internacional por los Derechos al aborto a principios de los ochenta. Según Berer (1993), en la Reunión Internacional sobre Mujeres y Salud en Amsterdam (1984) la campaña oficial cambió su nombre por el de Red Global de las Mujeres por los Derechos Reproductivos.
Aunque resulte un hito en la defensa de los derechos de las mujeres, el hecho de que recien en 1993 los Estados hayan aceptado considerar como una violación a los derechos humanos a toda violación de los derechos específicos de las mujeres (Conferencia de Viena), debería resultar un ejemplo harto elocuente de las dificultades para deconstruir la naturalización de la dominación sobre las mujeres.

En Argentina, Sara Torres recuerda haber participado en grupos de mujeres feministas que en los 70' planteaban la despenalización del aborto.
La importancia de todas éstas acciones estriba en haber facilitado el centramiento de la salud reproductiva en las necesidades de las mujeres.
Más recientemente aún han comenzado a considerarse las necesidades propias de los varones por ej. en estudios sobre roles de género y conducta reproductiva (G. Infesta Domínguez).

Sin embargo, los procesos no siempre representan progresos y los progresos -aunque se los considere universales- pueden ser precarios o coexistir con situaciones retrógradas. Un ejemplo son las voces de alarma sobre los derechos adquiridos en el pasado, y cuya pérdida significaría un franco retroceso. En los últimos años desde el sector de los empleadores se viene solicitando modificar el Convenio 103 de la OIT a fin de flexibilizar las normas para la protección de la maternidad. Como señala D. Barrancos, es preocupante que los estados miembros puedan, excluir total o parcialmente del campo de aplicación del Convenio a categorías limitadas de trabajadoras o de empresas, tal como figura en uno de los proyectos.

Las diversidades: oportunidades y límites

Desde mi experiencia de cuatro décadas de trabajo en salud vengo comprobando que las cuestiones abarcadas por los derechos sexuales y reproductivos configuran el área más compleja y conflictiva del campo de los derechos humanos. La tan proclamada universalidad de los derechos humanos viene sufriendo restricciones en algunas regiones, particularmente en relación a los derechos sexuales y reproductivos. Además, los mismos, son afectados por una serie de paradojas: sólo voy a centrarme en las que considero más relevantes. En primer lugar, éstos son los derechos más condicionados por una variopinta gama de objeciones muchas veces sustentadas incluso por quienes sufren las consecuencias de su violentación. Este singular obstáculo contribuye a profundizar el hiato abierto entre los cada vez más refinados desarrollos argumentales para la defensa de los DDSS y RR y el acceso efectivo a la salud sexual y reproductiva.
Por ejemplo, el mismo término empoderamiento, surgido de la Conferencia Mundial de Población y Desarrollo de El Cairo en 1994, ha resultado de gran utilidad para fundamentar legitimidad de la oposición a toda forma de control de la fecundidad contra la voluntad de la mujer, desde las esterilizaciones masivas de algunos gobiernos hasta los tabúes religiosos. Y así lo remarcaban, en éstos días, las "Radialistas Apasionadas" de Ecuador en la Red Informativa de Mujeres de Argentina.

En 2° lugar, en la actualidad simultáneamente al desentendimiento del Estado, del cuidado de la salud de los sectores de mayor vulnerabilidad por empobrecimiento, se está produciendo la mayor oferta de la tecnología biomédica más sofisticada de la historia. Por añadidura, cuando se trata de insumos de última generación , el mercado los ofrece como si fueran servicios o productos suntuarios. Ergo, su inaccesibilidad es obvia. Los ejemplos de mayor relevancia, por la masividad de la demanda, son los anticonceptivos orales y los preservativos masculinos. Tanto la efectividad e inocuidad (en el primer caso) como la calidad para garantizar la bioseguridad (en el segundo caso) siempre están en relación directa con su costo.
Los argumentos de los funcionarios públicos que gerencian el denominado achicamiento del Estado en el área salud, resultan falaces, contradictorios y particularmenrte corrosivos de los derechos de la población empobrecida. Comenzando por el derecho a la información y siguiendo por todo lo demás. Suelen alardear ahorros en la compra de insumos que deben distribuirse gratuitamente omitiendo advertir que la calidad de los mismos no siempre está garantizada. En muchos casos l@s usuari@s suponen que el hecho de ser provistos por instituciones públicas es en sí mismo una garantía de calidad. Así, la población recibe un doble mensaje: "Nosotros le suministramos ésto para que Ud. proteja su salud, pero, para reducir nuestro presupuesto hemos adquirido los más económicos. Por consiguiente, como no podemos garantizar su calidad tal vez no proteja su salud".

Esta realidad parece constituir la expresión sanitaria del hecho que viene denunciando Noam Chomsky: "al aumentar la circulación de los capitales disminuye la de los derechos humanos". Es que a diario puede comprobarse que la actual crisis por decadencia ético-político-económica ha sumido a las instituciones públicas de salud y educación en una inédita situación de miserabilidad. Su consecuencia es que, tal grado de carencias no se agota en la falta de resursos materiales y humanos, tambien afecta a la calidad del trato hacia las personas que necesitan ser asistidas. Una cuestión de fundamental importancia en el campo de los derechos sexuales y reproductivos.


Las objeciones: valores, miedos y creencias

Que los obstáculos para ejercer éstos derechos se presenten en las instituciones y ámbitos que deben garantizarlos es una realidad muy extendida y de conocimiento público. Pero que tambien aniden en algunos sectores de la población a la que se trata de proteger es una dificultad singular que es necesario atender.
Una dificultad que a mi entender, obliga a prever tanto una sucesión de crisis en los modelos de abordaje, como su consecuente ajuste.
Los datos recogidos en las actividades de capacitación que venimos realizando en distintas comunidades de nuestro país desde la Comisión La Mujer y sus derechos de la APDH (por ejemplo) son coincidentes, no obstante ser el tema de mayor demanda el abordaje de los DDSSyRR despliega un gran abanico de resistencias. En éstas interjuegan valores, miedos y creencias.

Las citadas objeciones culturales y religiosas tienen diversas implicancias.
Cuando son manifestadas por integrantes del equipo de salud (indistintamente mujeres o varones) pueden llegar a formar parte de las denominadas "objeciones de conciencia" y tener amparo jurídico. Al respecto aclaro que, lejos de abrir juicio de valor, sólo trato de incluir en éste suscinto inventario los obstáculos reales y específicos para el ejercicio de los DDSS y RR. Creo que sólo así podremos construir alternativas realistas.

Son frecuentes las objeciones culturales y religiosas a la toma de decisiones autónomas por parte de las mujeres y a la aplicación de determinadas técnicas. Por ejemplo, en los talleres con participación mixta aparecen voces masculinas (aunque tambien de algunas mujeres) reclamando la continuidad de todo embarazo sin considerar ninguna situación adversa y suponiendo que todas las mujeres que toman la decisión de la interrupción lo harían sin experimentar sufrimiento alguno. En las consultas individuales se repiten los mismos argumentos. Considero que la negación de los conflictos dolorosos que sufren las mujeres en éstas circunstancias es tambien una forma de violencia. Intentar imponer el reconocimiento de un derecho en éstas condiciones puede resultar totalmente contraproducente. Frente a las objeciones basadas en creencias la información y la comunicación, son tan indispensables como insuficientes. Toda creencia tiene un peso formidable y suele operar como dispositivo de tamizaje, distorsión y/o bloqueo de datos científicos, observables y/o experiencias.

Desde luego, no todas las creencias son erróneas, pero, por el momento me refiero sólo a éstas últimas. Pueden establecerse como representaciones sociales (opiniones públicas) o estructurarse como mitos (R. Malfé) que articulan la fantasmática individual y colectiva. Estas singulares tramas argumentales amalgaman: recuerdos gozosos y traumáticos, la historia familiar, las configuraciones vinculares, el estatus social, los miedos, las creencias, la red social de contención, la autovaloración, los proyectos y otros aspectos de la vida de cada persona.

Es necesario poder discernir entre argumentaciones que incluyen mitos y aquellas que sólo contienen planteos desestructurados. Las estrategias de abordaje del equipo de salud, debieran ser idóneas para poder adecuarse a los diferentes grados de complejidad argumental que planteen quienes consultan. Hoy por hoy todavía se supone erróneamente que basta con dar información. Planteo en cambio, que cuando podemos advertir que enfrentamos el despliegue de un "mito de riesgo de daño" debemos trabajar las implicancias de las presiones sociales representadas por prejuicios discriminatorios y/o descalificatorios. Un ejemplo es el que he denominado "el mito del profesor de tenis". El relato generalmente ubica la historia en un country y en el seno de la familia de un ejecutivo, quien al realizar análisis médicos prequirúrgicos le informan que está infectado con el virus de la inmunodeficiencia humana. A partir de entonces, se despliegan todos los argumentos que existen para justificar que, la única posibilidad de infección habría sido la transmisión por relaciones sexuales mantenidas con su conyuge. Despues de negarse, la mujer (en éste caso) admite que le realicen las pruebas de detección de anticuerpos para VIH los que resultan positivos. Posteriormente reconoce haber mantenido relaciones sexuales con el profesor de tenis del country en quien tambien se comprueba la infección a VIH. Con diversas variantes, en muchas ocasiones he recogido éste relato en localidades muy distantes entre sí, desde Misiones hasta Tierra del Fuego. Desde luego, nunca fue posible establecer mayores precisiones sobre sus protagonistas. Sí, en cambio, aparecen como constantes que: la mujer ¬a la que como siempre se le asigna un rol pasivo- es culpabilizada de infectar a un esposo que le habría sido fiel a rajatabla y por añadidura tambien se la presenta como ignorante e incapaz para mantener una relación sexual protegida. Espero que a ésta altura, los comentarios huelguen.

Con éste enfoque intento posibilitar una lectura lo más ajustada posible a la realidad concreta para lograr eficacia en la defensa de éstos derechos.
Es que en relación a la salud en general pero, más aún en torno a la sexualidad se suele optar por hacer aquello que coincide con las creencias y los valores, y aún cuando puedan contradecir a la información y a los conocimientos.
Las creencias y los valores siempre se presentan estructurados en la singularidad de la historia personal y familiar. La contradicción señalada se puede constatar más allá del nivel de información e instrucción, de la disponibilidad de los desarrollos tecnológicos y hasta del estatus social como integrante de la comunidad o como integrante del equipo de salud (EDS).
Sin embargo, en crisis económicas-sociales como la actual la situación puede complejizarse aún más, llegando en algunos casos a privilegiarse los soportes materiales por sobre otros valores. Por ej. aceptando mantener relaciones sexuales sin protección para la prevención de embarazos no deseados o ETS (enfermedades de transmisión sexual). Ocurre tanto en relaciones estables monogámicas (seriadas o únicas) como en situaciones de prostitución.
Los argumentos justificatorios de la exposición a riesgos confluyen más allá de las circunstancias apuntadas: miedo a la desconfianza de la pareja, miedo a perder la protección material, en algunos casos indispensables para la propia subsistencia o la de los hijos.
Eva Giberti realizó ¬en Seminarios que organicé y dicté en colaboración con otros profesionales en la Facultad de Psicología de la UBA de 1989 a 1994- un valioso aporte para la comprensión de ésta encerrona y para la búsqueda de alternativas realistas y éticas. Decía Eva Giberti en 1989: "El SIDA nos obliga a reflexionar en términos de paradojas". Y ejemplificaba "la permanente tensión entre nuestros deseos y nuestros saberes" con la siguiente escena:
-Mujer: "Querido, ponete el preservativo".
-Varón: "¿Cómo, desconfiás de mí?"
-Mujer: "Bueno, no te lo pongas".
La que plantea la paradoja es la mujer, el varón lo que hace es negarse a aceptarla...La paradoja no es de la pareja. La mujer lo ama y se pregunta: "¿Cómo hago para no desconfiar?". Y se contesta: "Pero sí, tengo que desconfiar." El, decía Eva Gibert